12 enero 2026

El Viejo y el mar. Ernest Hemingway. Capitulo 14

El Viejo y el mar. Ernest Hemingway. Capitulo  14


Cuando el viejo lo vio venir, se dio cuenta de que era un tiburón que no tenía ningún miedo y que haría exactamente lo que quisiera. Preparó el arpón y sujetó el cabo mientras veía venir el tiburón. El cabo era corto, pues le faltaba el trozo que él había cortado para amarrar el pez. 

El viejo tenía ahora la cabeza despejada y en buen estado y estaba lleno de decisión, pero no abrigaba mucha esperanza. “Era demasiado bueno para que durara”, pensó. Echó una mirada al gran pez mientras veía acercarse el tiburón. “Tal parece un sueño –pensó–. No puedo impedir que me ataque, pero acaso pueda arponearlo. –Dentuso –pensó–. ¡Maldita sea tu madre!” 

El tiburón se acercó velozmente por la popa y cuando atacó al pez el viejo vio su boca abierta, sus extraños ojos y el tajante chasquido de los dientes al entrarle a la carne justamente sobre la cola. La cabeza del tiburón estaba fuera del agua y su lomo venía asomando y el viejo podía oír el ruido que hacía al desgarrar la piel y la carne del gran pez cuando clavó el arpón en la cabeza del tiburón en el punto donde la línea de entrecejo se cruzaba con la que corría rectamente hacia atrás partiendo del hocico. No había tales líneas: solamente la pesada y recortada cabeza azul y los grandes ojos y las mandíbulas que chasqueaban, acometían y se lo tragaban todo. Pero allí era donde estaba el cerebro y allí fue donde le pegó el viejo. Le pegó con sus manos pulposas y ensangrentadas, empujando el arpón con toda su fuerza. Le pegó sin esperanza, pero con resolución y furia. 

El tiburón se volcó y el viejo vio que no había vida en sus ojos; luego el tiburón volvió a volcarse, se envolvió en dos lazos de cuerda. El viejo se dio cuenta de que estaba muerto, pero el tiburón no quería aceptarlo. Luego, de lomo, batiendo el agua con la cola y chasqueando las mandíbulas, el tiburón surcó el agua como una lancha de motor. El agua era blanca en el punto donde batía su cola y las tres cuartas partes de su cuerpo sobresalían del agua cuando el cabo se puso en tensión, retembló y luego se rompió. El tiburón se quedó un rato tranquilamente en la superficie y el viejo se paró a mirarlo. Luego el tiburón empezó a hundirse lentamente. 

–Se llevó unas cuarenta libras –dijo el viejo en voz alta. “Se llevó también mi arpón y todo el cabo –pensó– y ahora mi pez sangra y vendrán otros tiburones.” 

No le agradaba ya mirar al pez porque había sido mutilado. Cuando el pez había sido atacado fue como si lo hubiera sido él mismo. 

“Pero he matado el tiburón que atacó a mi pez –pensó–. Y era el dentuso más grande que había visto jamás. Y bien sabe Dios que yo he visto dentusos grandes.” 

“Era demasiado bueno para durar –pensó–. Ahora pienso que ojalá hubiera sido un sueño y que jamás hubiera pescado el pez y que me hallara solo en la cama sobre los periódicos.” 

–Pero el hombre no está hecho para la derrota –dijo–. Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado. 

“Pero siento haber matado al pez –pensó–. Ahora llega el mal momento y ni siquiera tengo el arpón. El dentuso es cruel y capaz y fuerte e inteligente. Pero yo fui más inteligente que él. Quizá no –pensó–. Acaso estuviera solamente mejor armado.” 

–No pienses, viejo –dijo en voz alta–. Sigue tu rumbo y dale el pecho a la cosa cuando venga. 

“Pero tengo que pensar –pensó–. Porque es lo único que me queda. Eso y el béisbol. Me pregunto qué le habría parecido al gran Di Maggio la forma en que le di en el cerebro. No fue gran cosa –pensó–. Cualquier hombre habría podido hacerlo. Pero ¿cree usted que mis manos hayan sido un inconveniente tan grande como las espuelas de hueso? No puedo saberlo. Jamás he tenido nada malo en el talón, salvo aquella vez en que la raya me lo pinchó cuando la pise nadando y me paralizó la parte inferior de la pierna causando un dolor insoportable.” 

–Piensa en algo alegre, viejo –dijo–. Ahora cada minuto que pasa estás más cerca de la orilla. Tras haber perdido cuarenta libras navegaba más y más ligero. 

Conocía perfectamente lo que pudiera suceder cuando llegara a la parte interior de la corriente. Pero ahora no había nada que hacer. 

–Sí, cómo no –dijo en voz alta–. Puedo amarrar el cuchillo al cabo de uno de los remos. 

Lo hizo así con la caña del timón bajo el brazo y la escota de la vela bajo el pie. 

–Vaya –dijo–. Soy un viejo. Pero no estoy desarmado. 

Ahora la brisa era fresca y navegaban bien. Vigilaba sólo la parte delantera del pez y empezó a recobrar parte de su esperanza. 

“Es idiota no abrigar esperanzas –pensó–. Además, creo que es un pecado. No pienses en el pecado –pensó–. Hay bastantes problemas ahora sin el pecado. 

Además, yo no entiendo eso.” 

“No lo entiendo y no estoy seguro de creer en el pecado. Quizás haya sido un pecado matar al pez. Supongo que sí, aunque lo hice para vivir y dar de comer a mucha gente. Pero entonces todo es pecado. No pienses en el pecado. Es demasiado tarde para eso y hay gente a la que se paga por hacerlo. Deja que ellos piensen en el pecado. Tú naciste para ser pescador y el pez nació para ser pez. San Pablo era pescador, lo mismo que el padre del gran Di Maggio.” 

Pero le gustaba pensar en todas las cosas en que se hallaba envuelto, y puesto que no había nada que leer y no tenía un receptor de radio pensaba mucho y seguía pensando acerca del pecado. “No has matado el pez únicamente para vivir y vender para comer –pensó–. Lo mataste por orgullo y porque eres pescador. Lo amabas cuando estaba vivo y lo amabas después. Si lo amas, no es pecado matarlo. ¿O será más que pecado?” –Piensas demasiado, viejo –dijo en voz alta.  

“Pero te gustó matar al dentuso –pensó–. Vive de los peces vivos, como tú. No es un animal que se alimente de carroñas, ni un simple apetito ambulante, como otros tiburones. Es hermoso y noble y no conoce el miedo.” 

–Lo maté en defensa propia –dijo el viejo en voz alta–. Y lo maté bien. 

“Además –pensó–, todo mata a lo demás en cierto modo. El pescar me mata a mí exactamente igual que me da la vida. El muchacho sostiene mi vida –pensó–. No debo hacerme demasiadas ilusiones.” 

Se inclinó sobre la borda y arrancó un pedazo de la carne del pez donde lo había desgarrado el tiburón. La masticó y notó su buena calidad y su buen sabor. Era firme y jugosa como carne de res, pero no era roja. No tenía nervios y él sabía que en el mercado se pagaría al más alto precio. Pero no había manera de impedir que su aroma se extendiera por el agua y el viejo sabía que se acercaban muy malos momentos. 

La brisa era firme. Había retrocedido un poco hacia el nordeste y el viejo sabía que eso significaba que no decaería. El viejo miró adelante, pero no se veía ninguna vela ni el casco ni el humo de ningún barco. Solo los peces voladores que se levantaban de su proa abriéndose hacia los lados y los parches amarillos de los sargazos. Ni siquiera se veía un pájaro. 

Había navegado durante dos horas, descansando en la popa y a veces masticando un pedazo de carne de la aguja, tratando de reposar para estar fuerte, cuando vio el primero de los dos tiburones. 

–¡Ay! –dijo en voz alta.  

No hay equivalente para esta exclamación. Quizás sea tan sólo un ruido, como el que pueda emitir un hombre, involuntariamente, sintiendo los clavos atravesar sus manos y penetrar en la madera. 

–Galanos –dijo en voz alta.  

Había visto ahora la segunda aleta que venía detrás de la primera y los había identificado como los tiburones de hocico en forma de pala por la parda aleta triangular y los amplios movimientos de cola. Habían captado el rastro y estaban excitados y en la estupidez de su voracidad estaban perdiendo y recobrando el aroma. Pero se acercaban sin cesar. 

El viejo amarró la escota y trancó la caña. Luego cogió el remo al que había ligado el cuchillo. Lo levantó lo más suavemente posible porque sus manos se rebelaron contra el dolor. Luego las abrió y cerró suavemente para despegarlas del remo. Las cerró con firmeza para que ahora aguantaran el dolor y no cedieran y clavó la vista en los tiburones que se acercaban. Podía ver sus anchas y aplastadas cabezas de punta de pala y sus anchas aletas pectorales de blanca punta. Eran unos tiburones odiosos, malolientes, comedores de carroñas, así como asesinos, y cuando tenían hambre eran capaces de morder un remo o un timón de barco. Eran esos tiburones los que cercenaban las patas de las tortugas cuando éstas nadaban dormidas en la superficie, y atacaban a un hombre en el agua si tenían hambre aun cuando el hombre no llevara encima sangre ni mucosidad de pez. 

–¡Ay! –dijo el viejo–. Galanos. ¡Vengan, galanos! 

Vinieron. Pero no vinieron como había venido el Mako. Uno viró y se perdió de vista, abajo, y por la sacudida del bote el viejo sintió que el tiburón acometía al pez y le daba tirones. El otro miró al viejo con sus hendidos ojos amarillos y luego vino rápidamente con su medio círculo de mandíbula abierto para acometer al pez donde había sido ya mordido. Luego apareció claramente la línea en la cima de su cabeza parda y más atrás donde el cerebro se unía a la espina dorsal y el viejo clavó el cuchillo que había amarrado al remo en la articulación. Lo retiró, lo clavó de nuevo en los amarillos ojos felinos del tiburón. El tiburón soltó el pez y se deslizó hacia abajo tragando lo que había cogido mientras moría. 

El bote retemblaba todavía por los estragos que el otro tiburón estaba causando al pez y el viejo arrió la escota para que el bote virara en redondo y sacara de debajo al tiburón. Cuando vio al tiburón, se inclinó sobre la borda y le dio de cuchilladas. Sólo encontró carne y la piel estaba endurecida y apenas pudo hacer penetrar el cuchillo. El golpe lastimó no sólo sus manos, sino también su hombro. Pero el tiburón subió rápido, sacando la cabeza, y el viejo le dio en el centro mismo de aquella cabeza plana al tiempo que el hocico salía del agua y se pegaba al pez. El viejo retiró la hoja y acuchilló de nuevo al tiburón exactamente en el mismo lugar. Todavía siguió pegado al pez que había enganchado con sus mandíbulas, y el viejo lo acuchilló en el ojo izquierdo. El tiburón seguía prendido del pez. 

–¿No? –dijo el viejo, y le clavó la hoja entre las vértebras y el cerebro. Ahora fue un golpe fácil y el viejo sintió romperse el cartílago. El viejo invirtió el remo y metió la pala entre las mandíbulas del tiburón para forzarlo a soltar. Hizo girar la pala, y al soltar el tiburón, dijo: 

–Vamos, galano. Baja, déjate ir hasta una milla de profundidad. Ve a ver a tu amigo. O quizá sea tu madre. 

El viejo limpió la hoja de su cuchillo y soltó el remo. Luego cogió la escota y la vela se llenó de aire y el viejo puso el bote en su derrota. 

–Deben de haberse llevado un cuarto del pez y de la mejor carne –dijo en voz alta–. Ojalá fuera un sueño y que jamás lo hubiera pescado. Lo siento, pez. Todo se ha echado a perder. 

Se detuvo y ahora no quiso mirar al pez. Desangrando y a flor de agua parecía del color de la parte de atrás de los espejos, y todavía se veían sus franjas.  

–No debí haberme alejado tanto de la costa, pez –dijo–. Ni por ti ni por mí. Lo siento, pez. 

“Ahora –se dijo–, mira la ligadura del cuchillo a ver si ha sido cortada. Luego pon tu mano en buen estado, porque todavía no se ha acabado esto.” 

–Ojalá hubiera traído una piedra para afilar el cuchillo –dijo el viejo después de haber examinado la ligadura en el cabo del remo–. Debí haber traído una piedra. 

“Debiste haber traído muchas cosas –pensó–. Pero no las has traído, viejo. Ahora no es el momento de pensar en lo que no tienes. Piensa en lo que puedes hacer con lo que hay.” 

–Me estás dando muchos buenos consejos –dijo en voz alta–. Estoy cansado de eso. 

Sujetó la caña bajo el brazo y metió las dos manos en el agua mientras el bote seguía avanzando. 

–Dios sabe cuánto se habrá llevado ese último –dijo–. Pero ahora pesa mucho menos. 

No quería pensar en la mutilada parte inferior del pez. Sabía que cada uno de los tirones del tiburón había significado carne arrancada y que el pez dejaba ahora para todos los tiburones un rastro tan ancho como una carretera a través del océano. 

“Era un pez capaz de mantener un hombre todo el invierno –pensó–. No pienses en eso. Descansa simplemente y trata de poner tus manos en orden para defender lo que queda. El olor a sangre de mis manos no significa nada, ahora que existe todo ese rastro en el agua. Además no sangran mucho. No hay ninguna herida de cuidado. La sangría puede impedir que le dé calambre a la izquierda.” 

“¿En qué puedo pensar ahora? –pensó–. En nada. No debo pensar en nada y esperar a los siguientes. Ojalá hubiera sido realmente un sueño –pensó–. Pero ¿quién sabe? Hubiera podido salir bien.” 


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