La escena recordaba el duelo corriente entre dos protagonistas de una película de cowboys que se persiguen revólver en mano.

Escondiéndose detrás de los matorrales, pegados a los muros, agazapados detrás de cajas y tablones, cada uno de los adversarios trataba, por todos los medios a su alcance, de no ser descubierto por el otro y, al mismo tiempo, tenerlo a su alcance.
De pronto, como por casualidad, ambos se deslizaron apoyados contra la misma pared y fueron a quedar cara a cara. Asustados, retrocedieron unos pasos, pero inmediatamente después, con un griterío ensordecedor, se lanzaron a una pelea cuerpo a cuerpo.
Lo más notable de esta escena real es que los dos protagonistas de este juego del escondite no eran dos hombres, sino dos jóvenes keas, esos nestóridos de Nueva Zelanda, grandes como cuervos. Junto a los monos, los delfines y los cuervos corax, estos papagayos se incluyen entre los animales que más juegan, cuando son jóvenes, y que mayor fantasía ponen en sus juegos.
Ambas cosas quedaron demostradas en la escena que acabamos de describir. En su lucha se agarraron con sus fuertes picos curvos de loro como si trataran de probar sus fuerzas, del modo como lo hacen los bávaros en su conocida competición de fuerza en los dedos. La fuerza de los keas en sus picos es tal que puede vérselos arrastrar piedras o grandes raíces secas que llegan a pesar hasta veintidós veces el peso de su cuerpo.
A diferencia de lo que ocurre en los juegos deportivos de los seres humanos, en los desafíos de los animales no hay ni vencedores ni vencidos. Si triunfa el mái fuerte, inmediatamente se pone a representar el papel de vencido y permite incluso que los más débiles abusen de él.
El combate deportivo de los dos papagayos continuó con diversas alternativas, hasta que ambos se cansaron del juego y decidieron "cambiar de deporte" y pasar a hacer ejercicios de equilibrio, manteniéndose sobre una patita mientras con la otra intentaban golpear la cabeza de su compañero de juego, como haría un luchador de karate, y hacer caer a su rival de la rama sobre la que luchaban. El que lograba hacer caer al otro, pasaba a ocupar el «fuerte», hasta que, a su vez, era obligado a caer.
Cuando los keas se ponen a jugar sobre la nieve, nos recuerdan los juegos infantiles de nuestros niños en las primeras nevadas. El etólogo ha podido observar cómo se ponen a bailar sobre la nieve siguiendo un ritmo de vals. Son capaces también de hacer bolas de nieve que empujan con la frente y las hacen rodar hasta que alcanzan unos veinte centímetros de diámetro. En esos juegos participan tres o cuatro jóvenes keas.
Con excepción del macaco de cara roja del Japón, los keas son los únicos animales a los que he visto jugar con bolas de nieve.
Al verlos retozar así, no es extraáo que a alguien se le ocurriera decir: «Sólo faltaría que se deslizaran en trineo.» Y no sería una broma, pues lo hacen realmente, aunque sea de un modo un tanto peculiar: vuelan un poco; cuando están en el aire despegan las alas y se dejan caer, como un planeador, hasta llegar a la nieve y resbalar sobre ella rozándola con las plumas del pecho.

El baño parece ejercer, igualmente, una gran atracción sobre estos inteligentes nestóridos, especialmente en el invierno, cuando el agua está muy fría. Las aves buscan una orilla de aguas poco profundas y se sumergen en ellas, despacio al principio, como si tuvieran que vencer cierto temor innato. Pero casi en seguida se introducen por completo, meten la cabeza bajo el agua varias veces, hacen una pirueta cabeza abajo, se .sacuden el agua y se vuelven a meter en el río para realizar su segunda prueba de habilidad; nadar de espaldas. Esta escena del baño es característica. Como ya hemos dicho, hay ocasiones en que parece que al pájaro le cuesta trabajo superar su temor al agua fría, pero la mayoría de las veces es como si el baño le produjera placer, y chapotea con movimientos cómicos, como los que haría un payaso que quisiera divertir a sus espectadores. Y es que esa actuación, aparentemente inútil, tiene un objetivo concreto: ganarse el respeto y la consideración de los otros jóvenes keas que lo están contemplando.
También tienen razón de ser los juegos sexuales que practica el joven kea aún no madurado sexualmente. Éste es un fenómeno que se da raramente en el reino animal. En medio de uno de sus juegos de «escondite», o de «policías y ladrones», de repente uno de los machos empieza a realizar un «baile» delante de una de las jovencitas. Se trata de una danza muy breve, pero que reproduce una de las partes más eficaces de la danza de amor ritual de los adultos . Como un pequeáo atleta sobre la lona de muelles, el kea se pone a saltar con las dos patitas juntas y sin moverse de sitio. Mientras salta no deja de mirar a la hembra que le gusta. Meses después, cuando haya alcanzado su madurez sexual, eso le servirá para aumentar sus posibilidades de agradar a las hembras con la auténtica danza nupcial. Los keas machos que de «muchachos» no practicaron ese juego amoroso, tienen muchas más dificultades para consegulr aparearse.
También en los chimpancés se da una circunstancia semejante, con consecuencias aún más trascendentales: se ha demostrado que los que de pequeños no juegan «a las peleas» con hembras de su edad, de adultos son totalmente incapaces de aparearse.
iQuién de niño no juega al amor, después no se casa! Tan graves pueden ser las consecuencias cuando no se deja jugar a los jóvenes.
Experimentos realizados con cabritas de poca edad han demostrado que para ellas el juego es una necesidad interna. Se peïsiguen unas a otras, corren como si trataran de escapar de un enemigo que sólo existe en su imaginación, hacen cabrioletas en el aire, se topean, juegan a defender sus «fuertes», como los keas –y los niños– y a muchos otros juegos. Si se ies impide jugar durante seis días seguidos y pasado ese tiempo se les vuelve a permitir hacerlo, las cabritas juegan como en una orgía frenética, durante mucho más tiempo y con mayor intensidad que antes de la suspensión.
Con esto se prueba que los animalitos tienen una necesidad «íntima» de recuperar el tiempo y los juegos perdidos. Y algo más: la compensación de un impulso interno no satisfecho, mediante una actividad exagerada cuando cesa el impedimento, prueba que ese impulso corresponde a un instinto, según afirma Konrad Lorenz.
Parece ser que, efectivamente, existe en los animales un instinto del juego. Esto no debe tomarse como una simple forma de hablar, sino con todo el rigor científico que le corresponde al concepto expresado por la palabra instinto.
El juego, en el hombre como en los animales, es la compensación del instinto de agresión o miedo.
El juego, pues, como los demás instintos, es una invención de la naturaleza (que en este caso sólo se da en los mamiferos y las aves) y, consecuentemente, pese a que, como actividad, carece de toda utilidad práctica en el momento en que se realiza y sólo sirve para «divertir» al animal que juega, tiene un significado vital para la existencia. Cuál puede ser esa «utilidad inútil» del juego?
Observemos un grupo de magotes, esos monos del norte de África que también juegan en las rocas de Gibraltar en total libertad.
En las bordas de esos traviesos micos es una costumbre frecuente el realizar pruebas de valor, en la forma de una serie de saltos peligrosísimos sobre rocas lisas situadas a una altura desde la que la caída significaría la muerte. Si se observa atentamente, uno puede darse cuenta de que el mono joven que da uno de esos saltos, antes de cada uno de ellos sonríe como un artista que va a dar su salto mortal en la cúpula del circo. Pero en el magote esa sonrisa no expresa superioridad ni alegría, sino simplemente algo más lógico: miedo.
No es extraño que, como consecuencia de uno de esos saltos, algún mono pierda la vida o resulte gravemente herido. En el hospital Militar británico de Gibraltar casi siempre hay más de uno de estos monos, escayolado. Y continúa como paciente hasta que está completamente curado. Los monos heridos no escarmientan con la caída sino que en cuanto vuelven a estar en forma repiten su prueba de valor tratando siempre de superar a sus compañeros.
Lo que con ello pretenden no es, como se creyó anteriormente, seguir un entrenamiento de destreza y agilidad, puesto que los monos de Gibraltar, cuando son adultos, jamás repiten esa audacia inútil. Los adultos, cuando saltan, siempre buscan el lugar más seguro y menos arriesgado. La seguridad es como un mandamiento para ellos. Se trata, como en el caso del baño de los keas que parecen divertirse metiéndose en agua helada, de realizar «hazañas» capaces de conquistarles respeto y consideración en el seno del grupo.
Así, mediante sus juegos, los animales establecen su rango en la jerarquía de la horda. La posición que cada individuo alcanza no la logra gracias a la violencia demostrada en peleas estúpidas, puesto que las agresiones en el seno del grupo actúan de manera destructiva y desocializadora. En vez de ello el impulso a la acción toma otro camino, que conduce al mismo objetivo de la clasificación jerárquica del individuo, pero no exige la obligatoriedad de llegar a una enemistad personal.
Éste es el sentido del juego, mediante el cual los jóvenes pasan a convertirse en miembros de una sociedad ordenada jerárquicamente.
Los chimpancés que viven en libertad pueden conseguir lo mismo de un modo algo distinto, pero también mediante el juego. En su horda es más respetado aquel que en su diario ataque de furia organiza el mayor escándalo.
En el grupo de chimpancés con el que la doctora Jane van Lawick-Goodall logró establecer amistad, en el África oriental, el chimpancé Mike pertenecía a la «baja clase media». Un buen día se coló en la tienda de campaña de la famosa zoóloga y tropezó con un bidón de gasolina vacío. Por casualidad se produjo en ese momento su ataque de furia y arrojó la lata vacía, que cayó sobre otrás que había en el suelo, produciendo un ruido infernal. Ese ruidoso espectáculo impresionó tanto a los otros chimpancés, que Mike , sin más ni más, a partir de ese momento fue reconocido como el «número uno» de la horda.
Pero no sólo mediante el «deporte» y el espectáculo pueden los monos y los antropoides conseguir un alto rango y consideración en sus respectivas comunidades, sino también mediante la realización de tareas especialmente «inteligentes». Esto lo prueba la historia de Abu Hassan, un chimpancé especialmente listo del zoológico del Bronx, en Nueva York.
Estando cerradas las ventanas del lugar donde dormían otros siete chimpancés, de modo que los antropoides no pudieran ver nada de lo que ocurría fuera, el profesor Ernest Menzel, que quería comprobar si esos animales están en condiciones de comunicar a sus compañeros novedades importantes y al mismo tiempo complicadas, tomó de la mano a Abu Hassan y se puso a pasear por el jardincito que había frente a la casa de los manos. Fue escondiendo algunos objetos: un plátano bajo una piedra, una pelota en una caja de madera, una serpiente de plástico tras unos matorrales..., en total dieciocho objetos diversos que causan alegría o temor a los chimpancés.
¿Qué haría Abu Hassan? No les diría nada a áus camaradas de juegos y se quedaría con las golosinas que más le gustaban y los juguetes y se alegraría diabólicamente cuando por casualidad alguno de los otros se tropezara con la serpiente y saltara por los aires lleno de terror?
Nada de eso. Una vez que el profesor Ernest Menze terminó su paseo, Abu Hassan expresó obstinadamente su deseo de sacar de la casa a sus compañeros y recorrer el jardín con ellos para ensenarles todas las cosas bellas y prevenirlos de dónde estaban las desagradables, como la horripilante serpiente.
El prestigio y la importancia de poderles enseáar todo aquello a sus
compaòeros le producía claramente al chimpancé mayor alegría que actuar egoístamente, guardar silencio y quedarse con todas esas delicias para él solo.
Se demostró, en primer lugar, que Abu Hassan recordaba el emplazamiento de los dieciocho escondites aún mejor que el mismo profesor. Los padres que, al llegar Pentecostés, y siguiendo la costumbre tan extendida en Alemanía, esconden los huevos de Pascua para que sus. hijos los busquen, saben lo difícil que resulta después dar con los dulces, el chocolate o el mazapán que sus hijos no hallaron. Al joven chimpancé, sin embargo, no le costó el menor trabajo. Al contrario, hizo «el más difícil todavía» y al mostrarles los escondites a sus amigos no siguió el mismo orden que había llevado
el profesor, sino uno totalmente distinto, acorde con el grado de importancia para él: primero les enseáó los escondites de los plátanos, después otros en los que había plátanos también, pero en menor cantidad; seguidamente los llevó a donde estaban escondidas las manzanas, y a continuación a las zanahorias.
Sólo después de haberles enseáado toda la comida, les tocó el turno a los juguetes. Resultó especialmente interesante el comportamiento de Abu Hassan cuando el grupo, en su búsqueda de los escondites, se aproximaba al lugar donde estaba la serpiente de plástico. De repente se quedó inmóvil, como si se hubiera convertido en una estatua, abría seguidamente los brazos y se ponía delante del grupo como si quisiera avisarles : «i Alto todo el mundo, peligro!» Después daba a su rostro una expresión preocupada, triste. De inmediato los otros chimpancés daban unos pasos hacia atrás, se abrazaban unos a otros, como suelen hacer en casos de grave necesidad, y se quedaban mirando hacia adelante con los ojos enormemente abiertos como si esperasen ver una terrible aparición.
Despacio, Abu Hassan se aproximó precavidamente al matorral, alzó con dos dedos la rama bajo la cual estaba la serpiente (ide goma!), de modo que el animal quedara visible durante un segundo, y seguidamente dio un salto hacia atrás con un grito de pánico y regresó junto a sus compaáeros. A partir de ese momento los chimpancés daban un rodeo siempre que pasaban por allí para no acercarse al arbusto. De ese modo un chimpancé puede avisar a sus compa6eros de que en algún lugar hay algo peligroso o desagradable.
En el transcurso de la «expedición» sucedió que AZ1# Hassan se entretuvo en saborear algo de lo encontrado, sin ninguna prisa, mientras los otros querían continuar la búsqueda, aunque, naturalmente, no sabían adónde dirigirse.
Lo que sucedi.6 en esos casos recuerda de manera sorprendente el juego del esconder cosas, el «frío y caliente» de nuestros juegos infantiles. Uno de los chimpancés más impacientes se adelantaba como unos diez pasos en la dirección que él creía adecuada y volvía la vista para mirar a Abu Hassan.
Cuando seguía un camino falso, Abu Hassan hacía muecas terribles,
como si le quisiera decir «frío, frío, muy frío» y dirigía la mirada hacia donde había algo escondido. El otro lo comprendía de inmediato y cambiaba de ruta y se dirigía adonde Abu le había indicado con la mirada. Pero volvía a detenerse de nuevo tan pronto como se sentía inseguro. Cuando se encontraba en la dirección buena, Abu Hassan lo animaba con ademanes o con unos leves gritos de alegría.
Casi al final de la búsqueda, cuando se habían encontrado ya quince de los objetos escondidos, cambió la cosa. Los compañeros de juego estaban hartos de comida y fueron perdiendo interés por lograr nuevos descubrimientos.
Eso fue demasiado para Aba Hassan, que no quiso soportar esa actitud.
El guardar un secreto para sí es algo que está por encima de la capacidad anímica de un chimpancé. Se adelantó unos pasos y con gestos casi humanos se volvió a sus rezagados compaáeros dándoles ánimos para que continuaran.
Cuando vio que no le hacían mucho caso, se volvió a su lado y les dio cariñosos golpecitos en la espalda como diciéndoles : «iVamos, amigos, no lo dejéis ahora que falta tan poco!»
Como esto tampoco diera resultado, cogió de la mano a uno tratando de arrastrarlo hacia donde estaban los escondites. Pero 'sus amigos no recibieron de buen grado ese trato y protestaron nuevamemente. En vista de eso, AZ1# Hassan se sintió verdaderamente ofendido y fue a refugiarse, solo, en un rincón y con un mohín de enfado en el rostro.
El mismo experimento realizado con chimpancés adultos falló por completo.
Los antropoides adultos se guardan para sí el secreto de los escondites con la comida y no lo comparten con nadie. Y lo que es más: incluso llegan a utilizar la mentira para proteger su propiedad. Pudo observarse que si un chimpancé se aproximaba, por pura casualidad, a uno de los escondites, el que sabía su existencia fingía un total desinterés, como si tratara de hacer creer a su compaáero que por allí no había nada que buscar. Algunos chimpancés especialmente sagaces se dieron cuenta del truco y, a partir de entonces, cada vez que veían que el viejo mono conocedor de los escondites daba muestras de indiferencia, se ponían a buscar por los alrededores con mayor intensidad hasta que, finalmente, daban con la golosina escondida.
Sería falso deducir_de esto que los chimpancés se engañan entre sí y no puede uno fiarse del ono. Lo ocurrido en este experimento no debe ser generalizado. Ya hemos visto otros ejemplos, como el reparto de la presa entre los chimpancés de África oriental, que usan el regalo, más o menos espléndido, para ganar prestigio en la comunidad, desarmar a sus enemigos y afianzar las amistades que desean. Y el móvil de su acción es, básicamente, el mismo que hizo actuar tan desinteresadamente a Abu Hassan.
Hay otros muchos animales en los que también el juego sirve, al principio, para formar lazos sociales en el seno de la comunidad. Un ejemplo es la foca común.
Las íocas dan a luz a sus hijos en solitario, cada una por su cuenta, y se quedan con ellos en un banco de arena. Unas semanas más tarde, cuando el joven animalito ya no mama y ha aprendido de la madre el difícil arte de la pesca y es capaz por sí mismo, busca la compaáía de sus congéneres de la misma edad, con los que no había tenido trato alguno. La amistad entre ellos sólo puede llegar a sellarse mediante los juegos en común.
Las focas jóvenes toman trozos de madera, los colocan en equilibrio sobre sus hocicos y se los lanzan unas a otras. Esto, que muchos creen es un truco que las focas aprenden en el circo, es un juego natural, una disposíción que nace con ellas. Las focas se baáan juntas y, en sus juegos, llegan a arrebatarse, unas a otras, los peces de la boca cuando están hartas.
También se acercan entre sí, se rozan y se golpean con las aletas. De ese modo superan muy pronto la desconfianza y el desconocimiento ihicial frente a sus congéneres y organizan sus «clubs», dentro de los cuales cada uno de los «socios» tiene sus ventajas, como por ejemplo en la caza y la pesca colectiva y la defensa común contra sus amigos.
Todos los «juegos» en comunidad exigen la creación y el mantenimiento de reglas de juego. Los animalitos aprenden ya, de muy jóvenes, cómo funciona la ordenación social en la comunidad en que han nacido y cómo tienen que comenzar a adaptarse a la convivencia.
Éste es, precisamente, el sentido del «juego inútil».
Hay todavía más: muchos animales que viven agrupados, como los lobos, los perros y los morros, nacieron predestinados a vivir en solitario. Ciertamente existen en todos ellos las raíces instintivas para la vida en comunidad.
Pero su inexperiencia Ios lleva a comportarse, en principio, de manera asocial.
Si han de convertirse en miembros de un grupo, tienen que ser educados para ello en su niñez. Y esto lo consiguen mediante juegos con sus padres y amigos, que le ofrecen qué ejemplo seguir.
Permítasenos utilizar el ejemplo de los cachorros para aclarar esto. De continuo hemos de sorprendernos al ver con qué perfección una perra es al mismo tiempo parturienta y comadrona. En cuestión de segundos expulsa de su vientre a su primer cachorrillo, le corta el cordón umbilical de un bocado, retira el tegumento y se come la placenta. Seguidamente lame a su cachorrillo y limpia el lugar del parto y, sin más ni más, se tumba para echarun sueñecito y estar en condiciones de esperar el segundo nacimiento, que se presentará al cabo de unos veinte minutos.
Así puede traer al mundo en el espacio de unas dos horas sus cuatro o cinco cachorrillos con la destfeza que le da la práctica a un consumado ginecólogo.
Hemos de advertir que esto que contamos y lo que expondremos a continuación se refiere a los perros salvajes y a los dingos. En los llamados perros de raza, todos ellos más o menos degenerados, se dan parcialmente notables desviaciones del curso natural de los acontecimientos.
Para el cachorrillo recién nacido las primeras semanas de vida son decisivas y marcarán el resto de su vida. Muchas cosas que no aprendió en las primeras siete semanas no podrá aprenderlas posteriormente. En ese período de tiempo se formará el carácter y quedará determinado si de adulto será un fiel amigo del hombre o un perro mordedor y asustado, incluso un asesino.
Aquí está la explicación de por qué los criadores de perros sólo venden los perritos cuando éstos se desacostumbran a su madre, es decir, entre dos meses y medio y tres meses. Para entonces se ha formado ya su carácter, aunque todavía no pueda apreciarse plenamente.
El comprador podrá, a continuación, educar a su perro y adecuarlo a una serie de actividades deseadas, pero el carácter ya no puede ser alterado ni doblegado; un hecho que, extraamente, no es tomado en absoluto en consideración por muchos amigos de los perros que sólo dan importancia a un «aristocrático» árbol genealógico, que, supuestamente, debe garantizar sus buenas cualidades. iEsto no es más que una grotesca reminiscencia de tiempos pasados y ya superados en la crianza de los animales, cuando là herencia genética lo era todo y la educación no significaba nada!
Precisamente por eso quiero referirme a algunas cosas que ocurren en los primeros días de la infancia de un cachorrillo, desconocidas incluso para muchos especialistas en perros.
El peque60 Hana, un cachorrillo de pastor alemán, tenía exactamente veintiún días de edad cuando se despertó en él, y en sus cuatro hermanitos, por vez primera, el deseo de dejar el lugar donde vino al mundo y seguir a su madre un par de pasos por el mundo exterior. Las cosas que suceden en esa primera excursión en el seno de una familia completa, en la que bajo circunstancias naturales también figura el padre, pueden calificarse de altamente dramáticas.
Hasta ese momento, el padre ni siquiera ha llegado a ver bien a sus cachorrillos. Se ha limitado a montar guardia protectora delante de la guarida, a buscar comida que llevar a la madre, junto a la camada, para que ésta no se vea obligada a dejar solos a sus hijos mientras busca alimento.
A la vista de sus hijos, el padre parece volverse loco de alegría mientras que, à partir de entonces, aunque pueda parecer extrao, la madre casi no se ocupa en absoluto de los cachorfi11os que siguen sus pasos.El famoso investigador de la conducta de los perros Eberhard Trumler lo ha descrito así: «El padre se pone a dar saltos expresando así su gran alegría y trata de jugar con los cachorros. Y lo hace sin poner demasiado cuidado en no hacerles daño. Empuja con el hocico a las pobres criaturas que todavía apenas si pueden valerse, las golpea con las patas e incluso las coge con los dientes por el morrillo y las arroja a casi un metro de distancia. Cuando se observa esa conducta por vez primera, se tiene la impresión de que el perro está haciendo todo lo posible por acabar con sus hijos.
Ésa es la razón por la que muchos criadores de perros, la mayoría, mantengan al padre alejado de sus hijos. iDesgraciadamente! Sin él, falta ese juego furioso, que al mismo tiempo es un test para cada uno de los cachorrillos: el examen de si su disposición hereditaria para el comportamiento social está en orden o no, si el perrito será en el futuro un miembro fiel de la manada o un mordedor agresivo, degenerado, asocial y peligroso. Esto sería igualmente interesante para el hombre que va a recibir al perro en su familia, sustituta de la «manada».
¿En qué consiste realmente ese test? Cuando un cachorrillo de veintiím días, anímicamente sano, es sometido a ese duro juego por parte de su padre reacciona correctamente quejándose con un au11ido de dolor y tumbándose en el suelo con las patas para arriba. Si empujamos con relativa fuerza, con la mano, a un cachorrillo, podremos observar perfectamente ese ademán. Entre los perros ésa es la señal normal de sumisión que convierte a su agresivo vencedor en un ángel de paz. Como d disco rojo en un semáforo hace que los automovilistas se detengan, ese gesto de sumisión de los perros impide cualquier nuevo ataque del vencedor, con la absoluta garantía que da una creación que no expone a sus hijos a una muerte carente de sentido. Si otra cosa ocurre, es que el agresor está degenerado y es un auténtico mutilado en sus instintos.
El padre, cuando ve que su cachorrillo se echa de espaldas y agita sus cuatro patitas, detiene su juego. Lo deja y se vuelve para hacer lo mismo con otro de los cachorros. o, cuando ya no quedan más, porque los otros han corrido a esconderse en la camada, donde el padre los deja totalmente en paz, ocurre algo maravilloso: el padre empieza a lamer cariáosamente a su hijito y le masajea el vientre con la lengua.
Digamos que cuando el cachorrillo, tan rudamente tratado por su padre, no se echa de espaldas, es decir si ese ademán social no ha nacido con él, no supera el examen necesario para ser aceptado en la vida comunal, y el castigo es la muerte. El padre continúa jugando con su cachorro sin cesar hasta que la pobrecita indefensa criatura queda agotada, sin fuerzas y acaba muriendo.
Ni siquiera la madre interviene para tratar de ayudar a su hijo.
¿Un método bárbaro? quizá. Pero no debemos juzgar ese acontecimiento con la medida que empleamos para la moral humana. Los perros, y eso es exactamente igual para los dingos, los galgos, los mastines, los perros de aguas o los dogos, actúan de modo totalmente instintivo por un impulso heredado. iUna forma de comportamiento instintivo que impulsa al padre a comprobar la existencia de reacciones sociales instintivas en sus cachorros!
Como es lógico, los perros no conocen el sentido biológico de esa conducta.
Un perro en el que el instinto innato de los ademanes de sumisión y satisfacción al vencedor está limitado, o es inexistente, constituirá un peligro más tarde, cuando se vuelva un animal grande, fuerte y agresivo, pues tampoco reconocerá los ademanes de sumisión de sus compaáeros y no se podrá confiar en él. Se conveïtirá en un asesino imprevisible y, por lo tanto, un estorbo de todo punto insoportable para la comunidad.
Y exactamente igual de insoportable resultará como animal de compañía para el hombre. Sobre todo si se trata de un perro de raza grande. No se puede meter en la propia casa un terrible peligro potencial.
Sólo en Estados Unidos, a comienzo de los aáos setenta, se registraban anualmente un millón de casos de seres humanos mordidos por perros. La cifra real desde luego será bastante más alta. Un gran número de esos casos hay que atribuiïlos a esos chuchos «criados en la perrera», degenerados y que no fueron sometidos por sus padres .al natural proceso de selección al cumplir
sus veintiúir días de existencia.
También después de ese dramático veintiún día de vida, se precisitan sobre los cachorrillos muchas otras vivencias infantiles que influirán decisivamente en toda su vida futura. Entre la cuarta y la séptima semana, en la fase de impronta del carácter, el criador no debe 1imitarse a ponerle la escudilla con comida. Si lo hace así, ese perro jamás llegará a ser amigo del hombre.
El verdadero amor de un animal hacia los seres humanos no pasa solamente por el estómago.
El hombre debe jugar con las manos varias veces al día con los cachorrillos.
Al hacerlo así hay que procurar que el animal aspire intensamente el olor del hombre. Un cachoïro que hasta haber cumplido las siete semanas de edad no jugó nunca ni con sus padres naturales ni con sus cuidadores humanos, será toda su vida, según las palabras de Eberhard Trurnler, un «chucho malhumorado y poco amistoso con el que no hay nada que hacer».
Puede parecer grotesco, pero si se empieza a jugar con un cachorrillo después que éste cumplió ya las siete semanas de edad, uno puede pasarse meses y meses jugando varias horas cada día... iNe servirá de nada! Tendrá el mismo sentido que tratar de convertir a una alfombrilla en compañero de juegos.
Si el perro cumple las siete semanas sin haber olfateado y husrneado al ser humano de manera suficiente, sucede lo que es lógico esperar: será tímidoy retraído con el hombre durante toda su vida, por mucho que después se intente hacerlo cambiar con la educación.
Estas experiencias ofrecen también matices más delicados: si entre las cuatro y siete semanas el cachorro sólo tiene contacto olfativo con un único ser humano, de mayor se sentirá muy unido a esa persona, pero se mostrará inseguro y desconfiado en sus relaciones con las demás personas. Si, por el contrario, el perrito se ha relacionado con muchas personas, quando sea mayor su actitud será amistosa con todo el mundo, incluso con los extraños que no conoció de pequeño.
Vemos, pues, que la impronta del carácter del perro, «su personalidad», depende de un buen número de factores. En su infancia están ya las raíces de su futuro, que determinarán si llega a ser un buen perro guardián o, por lo contrario, demasiado cariáoso con todos, lo cual, por otra parte, hará de él un excelente camarada de juego para los niños, que tendrán grandes alegrías jugando con él.
La rebeldía o la «solidaridad» son, en los perros, cualidades que no se les pueden enseáat de adultos con medidas educativas. La semilla determinante de su comportamiento se planta en la fase de desarrollo, que va de las cuatro a las siete semanas de edad, en la que el carácter recibirá su impronta de modo inalterable. Lo que un perro no aprende de cachorro, no lo aprenderá jamás.
Lo que sucede con el trato con el hombre puede aplicarse también con otros seres, por ejemplo, con los gatos. El etólogo inglés profesor M. W. Fox colocó a unos cachorrillos, en la fase de impronta del carácter, en la camada de una gata, y los perritos fueron criados por Zsta conjuntamente con sus
propios hijos. Después aquellos cachorrillos sólo jugaban con los gatitos y nunca con congéneres de su misma edad.
A esa fase de impronta o formación del carácter le sigue la de socialización, que se extiende desde las siete a las doce semanas de vida del cachono.
En ese período comienza el adiestramiento para la caza, la persecución de la presa en el bosque y el prado, pero esos interesantes acontecimientos tenemos que observarlos en las manadas de lobos en las reservas norteamericanas
.
Romlas era un lobezno muy despabilado en una manada de diecinueve individuos, que vivía en el Parque Nacional de Saskatchewan, en Canadá.
Tenía ocho semanas de edad y sabía ya con toda certeza que no debía aproximarse a su padre, el .todopoderoso jefe de la manada, Nero, salvo con la más devota y sumisa de las actitudes. Excepcionalmente en ese día intentó probar algo realmente original: se arrastró sumiso hasta llegar al lado de su padre, què estaba tumbado tomando el sol, levantó un poquitito su pata derecha como en saludo y, como señal de sumisión complementaria, lanzó un débil aullido agudo. Nero alzó un momento la vista y, satisfecho, volvió a cerrar los ojos casi de inmediato. En ese mismo instante, Romlas saltó hacia adelante, mordió a su padre en el hocico y desapareció corriendo como alma que lleva el diablo.
La traviesa criatura había prescindido, por su cuenta, del significado de los ademanes de sumisión y respeto, a sabiendas, mintió con ellos. En ese caso la osadía y la hipocresía fueron señal de una actividad síquica especial, combinada con un deseo impulsivo de probar, por una sola vez, hasta dónde podía llegar en sus relaciones con el padre.
Para Nero el tomarse en serio aquella travesura y tratar de perseguir al cachorro hubiera sido poco digno. En una manada de lobos los pequeáos tienen casi absoluta libertad para sus travesuras. Pueden hacer lo que quieran sin ser castigados. Pero, en esa ocasión, la travesura de R07?luI 16 fue demasiado para el padre, que decidió hacerle pagar por ella.
Una hora ïnás tarde, Nero regresaba de una pequeña expedición de caza y traía una rata en la boca. Entre los lobos en libertad es ley inexorable que sean los lobeznos pequeuños los primeros en recibir su ración de alimentos.
Ni un solo adulto de la manada tomará un bocado hasta que los pequeños no estén hartos: una notable forma de comportamiento social.
RombrLus sabía su derecho y quiso coger la presa de la boca del padre.
Nero abrió los dientes y entonces se vio que la rata seguía completamente viva. Con un gritito agudo, la rata dio un salto y faltó muy poco para que alcanzara la garganta del cachorro. Mientras el lobezno seguía petrificado por el terror, Nero mató la rata de un mordisco y, con un gesto de soberano desprècio, la dejó a los pies de su hijo, como si quisiera decirle: «iYa ves, desgraciado, lo que serías tú sin tu padre!»
Al día siguiente Nero ya no estaba tan furioso. Pero de vez en cuando traía algunas presas vivas, no ratas, pero sí ratoncillos con los que dar lecciones prácticas de caza a sus cachorros, La tendencia a la caza es innata en los lobos, pero su técnica tienen que aprenderla con trabajo. Los distintos deberes de los padres con respecto a la educación y la crianza de los lobeznos están distribuidos de manera tan especial como en pocas otras especies animales: las obligaciones de la madre son únicamente amamantar, limpiar y proteger a sus críos. En los grupos de juego con otros 1obeznos aprenden su comportamiento social, así como la ordedación jerárquica en la comunidad y el dominio de su instinto de agresividad contra los miembros de la manada.
El único maestro para la caza individual, el acoso en manada, el seguimiento
de una pista, el dar muerte a la presa cazada y los trucos para evitar peligros innecesarios, es el padre.
Y también es el padre la autoridad máxima que ejerce una estricta vigilancia sobre todo lo que pasa en la manada. En una cálida tarde de verano,
R077zuttrs y sus tres hermanos de su misma edad empezaron a jugar a las peleas con otros dos hermanastros que ya tenían un aáo, es decir, muchomayores que ellos. Con un salto propio de un tigre, uno de los pequeóos saltó sobre una de los mayores. Con rapidez del rayo, el atacado trató de esquivar el salto para hacerle caer en el vacío, pasar al contraataque y hacer que el pequeáo se pusiera de espaldas.
Tan pronto como el mayor lo ha conseguido, le toca a él el turno de ser el perdedor y se deja vencer por el pequeáo. Si no lo hace así y continúa actuando en plan de vencedor, interviene el padre y se ocupa de que los mayores respeten las reglas del juego.
De este modo los pequeüos aprenden a luchar de los mayores y éstos aprenden del padre que deben respetar las reglas del juego y no abusar de su mayor fuerza, que jamás deberán emplear desconsideradamente contra otros miembros más débiles de la manada. Su obligación es animar a los pequeáos dejándolos ganar algunas peleas a su costa.
El padre lobo no adiestra a sus lobeznos: los deja que aprendan jugando y cuida de que, al hacerlo así, lo pasen bien y disfruten, al mismo tiempo que se despiertan en ellos el espíritu y el interés por las cosas de la comunidad.
Sólo interviene para castigar cuando uno de sus hijos se muestra desconsiderado con los otros.
Esa educación al servicio de la comunidad recuerda de manera sorprendente los métodos empleados por los pigmeos de la zona semidesértica de Kalahari, en África del Sur.
Como ya nos han probado varios investigadores, esos enanos de la raza humana poseen una gran agresividad –como los lobos o los perros– y lacaza es para ellos una necesidad vital. Pero en los enfrentamientos hombre contra hombre o en las luchas tribales saben dominar tan bien su agresividad, que observadores superficiales han llegado a creer que ese pueblo salvaje carece de instintos agresivos.
El iniciar una pelea es el peor delito que puede cometerse en Kalahari, dice el antropólogo danés Jens Bjerre. Una tribu dividida por las luchas internas no podría sobrevivir en las durísimas condiciones existenciales del semidesierto. Las guerras entre tribus hubieran acabado, hace ya mucho tiempo, con la raza pigmea. Teniendo en cuenta dichas circunstancias, estos hombres, que viven como si estuvieran anclados en la edad de piedra, se comportan de manera mucho más racional que los pueblos civilizados.
Las peleas, e incluso las palabras duras y violentas, son absolutamente tabúes. Un pigmeo culpable de provocar una pelea es amonestado por los ancianos de la tribu y, en caso de reincidencia, expulsado de la comunidad.
Eso equivale, prácticamente, a una sentencia de muerte, pues en el desierto el hombre abandonado a sus propias fuerzas está irremisiblemente perdido. Incluso los niáos bronquistas son castigados duramente; tienen que realizar juntos una excursión de caza de varios días de duración, que es cualquier cosa menos un agradable entretenimiento. Debido a eso, no existen en todo elmundo seres humanos que, pese a su marcada agresividad, vivan tan pacíficamente entre sí como los pigmeos.
Las reglas de educación de los lobeznos carecerían de valor si los jefes de manada no las respetaran también. Por ejemplo, cuando los ensea y los ejercita en el acoso y la caza. En los primeros días del entrenamiento es el propio padre el que hace el papel de «presa» a la que sus hijos deben perseguir y dar caza. El lobo padre se pone en marcha con sus hijos y, al cabo de algún tiempo, acelera el paso de manera que los lobeznos no pueden seguirlo.
Entonces los pequeáos tienen que seguir su pista y darle caza.
Al principio les pone las cosas fáciles y no cesa de volver la vista atrás, con frecuencia, para ver si el grupo ha perdido su rastro. Si ve que ha sido así, se muestra por unos segundos al alcance de la vista de los lobeznos o les indica dónde se halla por medio de un aullido prolongado. A medida que el ejercicio se prolonga, el padre les va planteando mayores dificultades. Por ejemplo, camina durante algún tiempo junto a un arroyo para dificultar el seguimiento del rastro. O continúa la caza mucho tiempo para entrenar y comprobar
las condiciones físicas y la tenacidad de los lobeznos.
En una ocasión, en pleno invierno, comenzó a llevar de manera tan intensa que la nieve cubrió totalmente las huellas del padre. Agotada, la manada de los lobezno„s se detuvo junto a unos matorrales y, con aire desesperado, miraron por todas partes. No había nada al alcance de su vista. De repente los pequeáos animales sintieron que el pánico les helaba sus huesos: una fiera espantosa, rugiendo pavorosamente, saltó junto a un arbusto tras ellos.
Era el padre que con ese susto trató de hacerles ver, con claridad, que los animales perseguidos pueden volverse y atacarlos por sorpresa.
Lo más importante es el final de la cacería: el padre establece un «final feliz» y se deja cazar y dominar por sus hijos. Esto los divierte enormemente de manera que apenas ha llegado a su fin uno de esos ejercicios de rastreo y caza, los lobeznos están ya deseando con todas sus fuerzas que a su padre se le ocurra la idea de reunirse con ellos para realizar un nuevo ejercicio cinegético práctico.
Tras de todo lo que hemos descrito, no creo que pueda sorprender a
nadie el modo tan maravilloso como los lobeznos y los cachorros se convierten en miembros útiles de unas comunidades realmente armónicas. Pese a los científicos que, o bien cargan la responsabilidad de lo que llegue a ser el cachorro a la disposición hereditaria o consideran que lo más importante es la educación, lo cierto es que estos animales saben perfectamente –aunque sea de manera inconsciente– acompasar de forma ideal ambos factores.
Tan bién cuando se discuten los problemas de la agresión –un tema bas-tante siniestro se pone de manifiesto esa realidad: la eduèación «infantil» de estos animales se basa, de manera correcta, en el hecho de que en todo ser vivo existe, originalmente, un notable impulso de agresividad, pero si esa
agresividad es excesiva y puede llegar a causar daòo a la comunidad, debe ser reducida y librada de su exceso.
Como educador, «papá lobo» sabe combinar el juego, la diversión, el
placer y la alegría para motivar en sus hijos el deseo de aprender. Y completa su capacidad educativa con el uso adecuado de su autoridad.
Cuesta trabajo creer que ese animal sea capaz de encontrar, con tanta seguridad y en contraste con la unilateralidad de las teorías educativas humanas, el camino adecuado que conduce a una concordia, merecedora de toda confianza, entre los miembros que viven en comunidad. «Papá lobo» no ha estudiado. pedagogía ni ha realizado ningún curso de ciencias sociales, pero domina esas materias con su sensibilidad natural.
Ante esas circunstancias, y teniendo en cuenta que en estos momentos no tenemos ante nosotros más que un montón de ruinas en nuestras relaciones montes/interhumanàs, sería conveniente reflexionar si todas esas teorías sociopedagógicas con las que actualmente tratamos de influir sobre la juventud, no nos alejan aún más de las verdaderas fuentes del ser natural en vez de aproximarnos a ellas.
Los seres humanos nos encontramos hoy en una situación en que se nos conduce a la catástrofe por un doble camino: por una parte, nos arrastran a ella transigencias que no han sido corltroladas mentalmente, frente a los impulsos puramente sensuales y, por la otra, el distanciamiento de la inteligencia de las raíces naturales de nuestro ser. Es una cuestión de supervivencia para la humanidad encontrar el camino intermedio adecuado. En este aspecto creo que este libro podría ser una primera guía.
Dentro todavía de esa temática permítasenos dirigir una última mirada a nuestros cachorros dingos.
Cuando han llegado ya a la octava semana sin alcanzar todavía la decimosegunda es decir, cuando se hallan en la fase de socialización– aún les está permitido ser los primeros en recibir los alimentos cazados por los adultos de la manada. Pero cuando están repartiéndose la comida entre ellos se comportan de manera que no tiene nada de fraternal en absoluto. Tan pronto se aproxima un hermanito o una hermanita se erizan los pelos del lomo y surgen los gruáidos amenazadores. Es como si la guIa los convirtiera en enemigos mortales. La lucha por satisfacer el hambre y la envidia aparece en su mundo cultural.
Si se compara esta conducta con la de los dingos adultos, puede verse que éstos esperan con paciencia, sin dar muestras de guIa o de envidia, hasta que los cachouos están hartos y, después, se ponen a comer todos juntos, con las cabezas casi rozándose, sin gtuirse ni disputar entre ellos. Esta conducta justifica la frase de Eberhard Trumler cuando describe la escena como un «relamerse de satisfacción».
La cuestión de si un ser vivo nace «malo» o «bueno» puede ser contestada fácil y claramente en lo que se refiere a los dingos. Mientras son cachorros o jóvenes, todavía cuentan en ellos las emociones arcaicas de los carnívotos solitarios. Pero poco a poco, a medida que crecen, se van transformando en miembros de una-manada que, incluso, sabe dominar el instinto deI hambre
para que la comunidad pueda sobrevivir.