Mostrando entradas con la etiqueta pez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pez. Mostrar todas las entradas

08 julio 2025

El Viejo y el mar. Ernest Hemingway. Capitulo 5

El Viejo y el mar. Ernest Hemingway. Capitulo  5

Las nubes se levantaban ahora sobre la tierra como montañas y la costa era solo una larga línea verde con las lomas azulgrís detrás de ella. El agua era ahora de un azul profundo, tan oscuro que casi resultaba violado. Al bajar la vista vio el cernido color rojo del plancton en el agua oscura y la extraña luz que ahora daba el sol. Examinó sus sedales y los vio descender rectamente hacia abajo y perderse de vista; y se sintió feliz viendo tanto plancton porque eso significaba que había peces.  

La extraña luz que el sol hacía en el agua, ahora que el sol estaba más alto, significaba buen tiempo, y lo mismo la forma de las nubes sobre la tierra. Pero el ave estaba ahora casi fuera del alcance de la vista y en la superficie del agua no aparecían más que algunos parches de amarillo sargazo requemado por el sol y la violada, redondeada, iridiscente, gelatinosa y violada vejiga de una medusa flotando a corta distancia del bote. Flotaba alegremente como una burbuja con sus largos y mortíferos filamentos purpurinos a remolque por espacio de una yarda. 

–Agua mala –dijo el hombre. Puta. 

Desde donde se balanceaba suavemente contra sus remos bajó la vista hacia el agua y vio los diminutos peces que tenían el color de los largos filamentos y nadaban entre ellos y bajo la breve sombra que hacía la burbuja en su movimiento a la deriva. Eran inmunes a su veneno. Pero el hombre no, y cuando algunos de los filamentos se enredaban en el cordel y permanecían allí, viscosos y violados, mientras el viejo laboraba por levantar un pez, sufría verdugones y excoriaciones en los brazos y manos como los que producen el guao y la hiedra venenosa. Pero estos envenenamientos por el agua mala actuaban rápidamente y como latigazos. 

Las burbujas iridiscentes eran bellas. Pero eran la cosa más falsa del mar y el viejo gozaba viendo cómo se las comían las tortugas marinas. Las tortugas las veían, se les acercaban por delante, luego cerraban los ojos de modo que, con su carapacho, estaban completamente protegidas, y se las comían con filamentos y todo. El viejo gustaba de ver a las tortugas comiéndoselas y gustaba de caminar sobre ellas en la playa, después de una tormenta, y oírlas reventar cuando les ponía encima sus pies callosos. 

Le encantaban las tortugas verdes y los careyes con su elegancia y velocidad y su gran valor y sentía un amistoso desdén por las estúpidas tortugas llamadas caguamas, amarillosas en su carapacho, extrañas en sus copulaciones, y comiendo muy contentas las aguas malas con sus ojos cerrados. 

No sentía ningún misticismo acerca de las tortugas, aunque había navegado muchos años en barcos tortugueros. Les tenía lástima; lástima hasta a los grandes “baúles” que eran tan largos como el bote y pesaban una tonelada. Por lo general, la gente no tiene piedad de las tortugas porque el corazón de una tortuga sigue latiendo varias horas después que han sido muertas. Pero el viejo pensó: “También yo tengo un corazón así y mis pies y mis manos son como los suyos”. Se comía sus blancos huevos para darse fuerza. Los comía todo el mes de mayo para estar fuerte en septiembre y salir en busca de los peces verdaderamente grandes. 

También tomaba diariamente una taza de aceite de hígado de tiburón sacándolo del tanque que había en la barraca donde muchos de los pescadores guardaban su aparejo. Estaba allí, para todos los pescadores que lo quisieran. La mayoría de los pescadores detestaba su sabor. Pero no era peor que levantarse a las horas en que se levantaban y era muy bueno contra todos los catarros y gripes y era bueno para sus ojos. 

Ahora el viejo alzó la vista y vio que el ave estaba girando de nuevo en el aire. 

–Ha encontrado peces –dijo en voz alta.  

Ningún pez volador rompía la superficie y no había desparrame de peces de carnada. Pero mientras miraba el anciano, un pequeño bonito se levantó en el aire, giró y cayó de cabeza en el agua. El bonito emitió unos destellos de plata al sol y después que hubo vuelto al agua, otro y otro más se levantaron y estaban brincando en todas las direcciones, batiendo el agua y dando largos saltos detrás de sus presas, cercándolas, espantándolas. 

“Si no van demasiado rápidos los alcanzaré” pensó el viejo, y vio la mancha batiendo el agua, de modo que era blanca de espuma, y ahora el ave picaba y buceaba en busca de los peces, forzados a subir a la superficie por el pánico, 

–El ave es una gran ayuda –dijo el viejo. Justamente entonces el sedal de popa se tensó bajo su pie, en el punto donde había guardado un rollo de sedal, y soltó los remos y tanteó el sedal para ver qué fuerza tenían los tirones del pequeño bonito; y sujetando firmemente el sedal, empezó a levantarlo. El retemblor iba en aumento según tiraba y pudo ver en el agua el negro–azul del pez, y el oro de sus costados, antes de levantarlo sobre la borda y echarlo en el bote. Quedo tendido a popa, al sol, compacto y en forma de bala, sus grandes ojos sin inteligencia mirando fijamente mientras dejaba su vida contra la tablazón del bote con los rápidos y temblorosos golpes de su cola. El viejo le pegó en la cabeza para que no siguiera sufriendo y le dio una patada. El cuerpo del pez temblaba todavía a la sombra de popa. 

–Bonito –dijo en voz alta–. Hará una linda carnada. Debe de pesar diez libras. 

No recordaba cuánto tiempo hacía que había empezado a hablar solo en voz alta cuando no tenía a nadie con quien hablar. En los viejos tiempos, cuando estaba solo, cantaba; a veces, de noche, cuando hacía su guardia al timón de las chalupas y los tortugueros cantaba también. Probablemente había empezado a hablar en voz alta cuando se había ido el muchacho. Pero no recordaba. Cuando él y el muchacho pescaban juntos, generalmente hablaban únicamente cuando era necesario. Hablaban de noche o cuando los cogía el mal tiempo. Se consideraba una virtud no hablar innecesariamente en el mar y el viejo siempre lo había considerado así y lo respetaba. Pero ahora expresaba sus pensamientos en voz alta muchas veces, puesto que no había nadie a quien pudiera mortificar. 

–Si los otros me oyeran hablar en voz alta creerían que estoy loco –dijo en voz alta–. Pero, puesto que no estoy loco no me importa. Los ricos tienen radios que les hablan en sus embarcaciones y les dan las noticias del béisbol 

“Esta no es hora de pensar en el béisbol, –pensó–. Ahora hay que pensar en una sola cosa. Aquella para la que he nacido. Pudiera haber un pez grande en torno a esa mancha –pensó–. Solo he cogido un bonito extraviado de los que estaban comiendo. Pero están trabajando rápidamente y a lo lejos. Todo lo que asoma hoy a la superficie viaja muy rápidamente y hacia el nordeste. ¿Será la hora? ¿O será alguna señal del tiempo que yo no conozco?” 

Ahora no podía ver el verdor de la costa; sólo las cimas de las verdes colinas que asomaban blancas como si estuvieran coronadas de nieve y las nubes parecían altas montañas de nieve sobre ellas. El mar estaba muy oscuro y la luz hacía prismas en el agua. Y las miríadas de lunares del plancton eran anuladas ahora por el alto sol y el viejo solo veía los grandes y profundos prismas en el agua azul que tenía una milla de profundidad y en la que sus largos sedales descendían verticalmente. 

Los pescadores llamaban bonitos a todos los peces de esa especie y solo distinguían entre ellos por sus nombres propios cuando venían a cambiarlos por carnadas. Los bonitos estaban de nuevo abajo. El sol calentaba fuerte y el viejo lo sentía en la parte de atrás del cuello, y sentía el sudor que le corría por la espalda mientras remaba. 

“Pudiera dejarme ir a la deriva –pensó–, y dormir y echar un lazo al dedo gordo del pie para despertar si pican. Pero hoy hace ochenta y cinco días y tengo que aprovechar el tiempo.” 

Justamente entonces, mientras vigilaba los sedales, vio que una de las varillas verdes se sumergía vivamente. 

 –Sí –dijo–. Sí –y monto los remos sin golpear el bote. 

Cogió el sedal y lo sujetó suavemente en el índice y el pulgar de la derecha. No sintió tensión ni peso y aguanto ligeramente. Luego volvió a sentirlo. Esta vez fue un tirón de tanteo, ni sólido ni fuerte, y el viejo se dio cuenta, exactamente, de lo que era. A cien brazas más abajo una aguja estaba comiendo las sardinas que cubrían la punta y el cabo del anzuelo en el punto donde el anzuelo, forjado a mano, sobresalía de la cabeza del pequeño bonito. 

El viejo sujeto delicada y blandamente el sedal y con la mano izquierda lo soltó del palito verde. Ahora podía dejarlo correr entre sus dedos sin que el pez sintiera ninguna tensión.  

“A esta distancia de la costa, en este mes, debe de ser enorme –pensó el viejo– . Cómelas, pez. Cómelas. Por favor, cómelas, están de lo más frescas; y tu, ahí, a seiscientos pies en el agua fría y a oscuras. Da otra vuelta en la oscuridad y vuelve a comértelas.” 

Sentía el leve y delicado tirar y luego un tirón más fuerte cuando la cabeza de una sardina debía de haber sido más difícil de arrancar del anzuelo. Luego nada. 

–Vamos, ven –dijo el viejo en voz alta–. Da otra vuelta. Da otra vuelta. Ven a olerlas. ¿Verdad que son sabrosas? Cómetelas ahora, y luego tendrás un bonito. Duro y frío y sabroso. No seas tímido, pez. Cómetelas. 

Esperó con el sedal entre el índice y el pulgar, vigilándolo y vigilando los otros al mismo tiempo, pues el pez pudiera virar arriba o abajo. Luego volvió a sentir la misma y suave tracción. 

–Lo cogerá –dijo el viejo en voz alta–. Dios lo ayude a cogerlo. 

No lo cogió, sin embargo. Se fue y el viejo no sintió nada más. 

–No puede haberse ido –dijo–. ¡No se puede haber ido, maldito! Está dando una vuelta. Es posible que haya sido enganchado alguna otra vez y que recuerde algo de eso. 

Luego sintió un suave contacto en el sedal y se sintió feliz. 

   –No fue más que una vuelta –dijo–. Lo cogerá. 

Era feliz sintiendo tirar suavemente y luego tuvo sensación de algo duro e increíblemente pesado. Era el peso del pez y dejo que el sedal se deslizara abajo, abajo, abajo, llevándose los dos primeros rollos de reserva. Según descendía, deslizándose suavemente entre los dedos del viejo, todavía él podía sentir el gran peso, aunque la presión de su índice y de su pulgar era casi imperceptible. 

–¡Que pez! –dijo–. Lo lleva atravesado en la boca y se está yendo con él. 

“Luego virara y se lo tragará” pensó. No dijo esto porque sabía que cuando uno dice una buena cosa posiblemente no sucede. Sabía que éste era un pez enorme y se lo imaginó alejándose en la tiniebla con el bonito atravesado en la boca. En ese momento sintió que había dejado de moverse, pero el peso persistía todavía. Luego el peso fue en aumento, y el viejo le dio más sedal. Acentuó la presión del índice y el pulgar por un momento y el peso fue en aumento. Y el sedal descendía verticalmente. 

–Lo ha cogido –dijo–. Ahora dejaré que se lo coma a gusto. 

Dejó que el sedal se deslizara entre sus dedos mientras bajaba la mano izquierda y amarraba el extremo suelto de los dos rollos de reserva al lazo de los rollos de reserva del otro sedal. Ahora estaba listo. Tenía tres rollos de cuarenta brazas de sedal en reserva, además del que estaba usando. 

09 junio 2025

Ernest Hemingway. El Viejo y el mar. Captulo 1


Ernest Hemingway. El Viejo y el mar. Capitulo 1

Era un viejo que pescaba solo en un bote en el Gulf Stream y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez. En los primeros cuarenta días había tenido consigo a un muchacho. Pero después de cuarenta días sin haber pescado los padres del muchacho le habían dicho que el viejo estaba definitiva y rematadamente salao, lo cual era la peor forma de la mala suerte, y por orden de sus padres el muchacho había salido en otro bote que cogió tres buenos peces la primera semana. Entristecía al muchacho ver al viejo regresar todos los días con su bote vacío, y siempre bajaba a ayudarle a cargar los rollos de sedal o el bichero y el arpón y la vela arrollada al mástil. La vela estaba remendada con sacos de harina y, arrollada, parecía una bandera en permanente derrota. 
El viejo era flaco y desgarbado, con arrugas profundas en la parte posterior del cuello. Las pardas manchas del benigno cáncer de la piel que el sol produce con sus reflejos en el mar tropical estaban en sus mejillas. Esas pecas corrían por los lados de su cara hasta bastante abajo y sus manos tenían las hondas cicatrices que causa la manipulación de las cuerdas cuando sujetan los grandes peces. Pero ninguna de estas cicatrices era reciente. Eran tan viejas como las erosiones de un árido desierto. 
Todo en él era viejo, salvo sus ojos; y estos tenían el color mismo del mar y eran alegres e invictos. 
–Santiago –le dijo el muchacho trepando por la orilla desde donde quedaba varado el bote–. Yo podría volver con usted. Hemos hecho algún dinero. 
El viejo había enseñado al muchacho a pescar y el muchacho le tenía cariño. 
–No –dijo el viejo–. Tu sales en un bote que tiene buena suerte. Sigue con ellos. 
–Pero recuerde que una vez llevaba ochenta y siete días sin pescar nada y luego cogimos peces grandes todos los días durante tres semanas. 
–Lo recuerdo –dijo el viejo–. Y yo sé que no me dejaste porque hubieses perdido la esperanza. 
–Fue papá quien me obligó. Soy al fin chiquillo y tengo que obedecerle. 
–Lo sé –dijo el viejo–. Es completamente normal. 
–Papá no tiene mucha fe. 
–No. Pero nosotros, sí, ¿verdad? 
–Si –dijo el muchacho–. ¿Me permite brindarle una cerveza en la Terraza? 
Luego llevaremos las cosas a casa. 
–¿Por que no? –dijo el viejo–. Entre pescadores. 
Se sentaron en la Terraza. Muchos de los pescadores se reían del viejo, pero el no se molestaba. Otros, entre los más viejos, lo miraban y se ponían tristes. Pero no lo manifestaban y se referían cortésmente a la corriente y a las hondonadas donde se habían tendido sus sedales, al continuo buen tiempo y a lo que habían visto. Los pescadores que aquel día habían tenido éxito habían llegado y habían limpiado sus agujas y las llevaban tendidas sobre dos tablas, dos hombres tambaleándose al extremo de cada tabla, a la pescadería, donde esperaban a que el camión del hielo las llevara al mercado, a La Habana. Los que habían pescado tiburones los habían llevado a la factoría de tiburones, al otro lado de la ensenada, donde eran izados en aparejos de polea; les sacaban los hígados, les cortaban las aletas y los desollaban y cortaban su carne en trozos para salarla. 
Cuando el viento soplaba del Este el hedor se extendía a través del puerto, procedente de la fabrica de tiburones; pero hoy no se notaba más que un débil tufo porque el viento había vuelto al Norte y luego había dejado de soplar. Era agradable estar allí, al sol en la Terraza. 
–Santiago –dijo el muchacho. 
–Que –dijo el viejo–. Con el vaso en la mano pensaba en las cosas de hacía muchos años. 
–¿Puedo ir a buscarle sardinas para mañana? 
–No. Ve a jugar al béisbol. Todavía puedo remar y Rogelio tirará la atarraya. 
–Me gustaría ir. Si no puedo pescar con usted me gustaría servirlo de alguna manera. 
–Me has pagado una cerveza –dijo el viejo–. Ya eres un hombre. 
–¿Qué edad tenía cuando me llevo por primera vez en un bote? 
–Cinco años. Y por poco pierdes la vida cuando subí aquel pez demasiado vivo que estuvo a punto de destrozar el bote. ¿Te acuerdas? 
–Recuerdo cómo brincaba y pegaba coletazos, y que el banco se rompía, y el ruido de los garrotazos. Recuerdo que usted me arrojó a la proa, donde estaban los sedales mojados y enrollados. Y recuerdo que todo el bote se estremecía, y el estrépito que usted armaba dándole garrotazos, como si talara un árbol, y el pegajoso olor a sangre que me envolvía. 
–¿Lo recuerdas realmente o es que yo te lo he contado?  
–Lo recuerdo todo, desde la primera vez que salimos juntos. 
El viejo lo miró con sus amorosos y confiados ojos quemados por el sol. 
–Si fueras hijo mío me arriesgaría a llevarte, dijo. Pero tú eres de tu padre y de tu madre y trabajas en un bote que tiene suerte. 
–¿Puedo ir a buscarle las sardinas? También sé donde conseguir cuatro carnadas. 
–Tengo las mías que me han sobrado de hoy. Las puse en sal en la caja. 
–Déjeme traerle cuatro cebos frescos. 
–Uno –dijo el viejo. Su fe y su esperanzar no le habían fallado nunca. Pero ahora empezaban a revigorizarse como cuando se levanta la brisa. 
–Dos –dijo el muchacho. 
–Dos –acepto el viejo–. ¿No los has robado? 
–Lo hubiera hecho –dijo el muchacho– pero estos los compré. 
–Gracias –dijo el viejo. Era demasiado simple para preguntarse cuando había alcanzado la humildad. Pero sabía que la había alcanzado y sabía que no era vergonzoso y que no comportaba perdida del orgullo verdadero. 
–Con esta brisa ligera, mañana va a hacer buen día –dijo. 
–¿Adónde piensa ir? –Le pregunto el muchacho. 
–Saldré lejos para regresar cuando cambie el viento. Quiero estar fuera antes de que sea de día. 
–Voy a hacer que mi patrón salga lejos a trabajar –dijo el muchacho–. Si usted engancha algo realmente grande podremos ayudarle. 
–A tu patrón no le gusta salir demasiado lejos. 
–No –dijo el muchacho–; pero yo veré algo que el no podrá ver: un ave trabajando, por ejemplo. Así haré que salga siguiendo a los dorados. 
–¿Tan mala tiene la vista?  
–Está casi ciego. 
–Es extraño –dijo el viejo– Jamás ha ido a la pesca de tortugas. Eso es lo que mata los ojos. 
–Pero usted ha ido a la pesca de tortuga durante varios años, por la costa de los Mosquitos, y tiene buena vista. 
–Yo soy un viejo extraño 
–Pero ¿ahora se siente bastante fuerte como para un pez realmente grande? 
–Creo que sí. Y hay muchos trucos. 
–Vamos a llevar las cosas a casa –dijo el muchacho–. Luego cogeré la atarraya y me iré a buscar las sardinas.  
Recogieron el aparejo del bote. El viejo se echó el mástil al hombro y el muchacho cargo la caja de madera de los enrollados sedales pardos de apretada malla, el bichero y el arpón con su mango. La caja de las camadas estaba bajo la popa, junto a la porra que usaba para rematar a los peces grandes cuando los arrimaba al bote. Nadie sería capaz de robarle nada al viejo, pero era mejor llevar a casa la vela y los sedales gruesos puesto que el rocío los dañaba, y aunque estaba seguro de que ninguno de la localidad le robaría nada, el viejo pensaba que el arpón y el bichero eran tentaciones y que no había por que dejarlos en el bote. 



14 octubre 2024

Somos un pez en la pecera

Cuando yo era niño, allá por los años 1950s, a mediados del siglo pasado, en muchas casas podíamos ver, sobre una mesa, una pecera esférica de cristal transparente, casi llena de agua y, en ella, uno o varios peces. Hoy, las ideas y costumbres de las personas han evolucionado hacia una mayor sensibilidad y es posible que esté prohibido tener peces en una pecera de unos 50 cm. de diametro. Es un espacio excesivamente pequeño para los peces. Hoy se ven más los mismos peces en grandes acuarios o en estanques. 

El agua de la pecera se iba ensuciando y se hacia preciso, cada x dias, cambiar el agua sucia por una nueva agua limpia. Había algunas familias que se esmeraban en la higiene de la pecera y el agua siempr estaba limpia y transparente. En otras casas descuidaban esta operación largo tiempo. Entonces se veía el agua de la pecera turbia y los peces se veían dentro de esta turbidez. 

Los peces reflejaban el estado del agua: los peces que estaban en agua limpia se mostraban sanos y con vivos colores, mientras que los que estaban en agua sucia se mostraban enfermizos, perdian partes de la cola o las aletas, perdían escamas y, en algunos casos, incluso morían. Los peces vivian y se movían en un medio acuoso, el agua de su pecera era el medio en el que vivían y se movían los peces. 

Las personas, igual que muchos animales y muchas plantas, somos organismos vivos que vivimos sobre la tierra (litósfera), de vez en cuando nadamos en el mar (hidrósfera) y, permanentemente, respiramos aire de la atmósfera. Todo este conjunto (litósfera, hidrósfera y atmósfera), junto con todos los animales, incluidas las personas y todos los vegetales que también viven en él, constituyen nuestro medioambiente (todo lo exterior a mí mismo). Es nuestra "Pecera". Y nosotros, al igual que los peces de la pecera necesitamos vivir en un medio ambiente limpio, lo más puro posible.

Recordemos (Robert Jastrov: "El Telar Mágico"):

Hace 20.000 M de años: se produce el Big Bang, la gran explosión que origina el inicio del universo. Otros estudios dicen que no es tan antiguo, que se originaría hace entre 13.000 M de años y 16.000 M de años.

Hace 4.600 M de años: se forma el sistema solar y, consecuentemente, el Sol, la Tierra, la Luna y el resto de planetas y satélites del sistema solar. 

Hace 3.500 M de años: empiezan los tiempos geológicos: (con vida). Aparecen las primeras formas simples de vida. 

Hace 350 M de años: los crosopterigios: peces que emigran hacia la tierra. Son los antepasados comunes a todos los animales vertebrados que poblaron y pueblan la tierra. 

Hace 1,7 M años: aparece el primer hombre: Homo Erectus. Domina el fuego.

La persona es el único animal terrestre que conozco que estropea, ensucia, contamina su propio medio ambiente (el agua de su pecera): las guerras, los incendios provocados, las emisiones de gases a la atmósfera,... Y cuánto mayor es su avance tecnológico mayor es esta contaminación. Tanto que desde 1950 hasta hoy (muchos de nosotros hemos vivido el año 1950), 75 años el hombre ha contaminado su medioambiente más que en los 1,7 M de años anteriores, desde el inicio de su existencia hasta 1950. Lo que, caso de seguir así, acabará por tener un medioambiente invivible para el hombre y muchos otros animales y vegetales existentes en la acyualidad. 

Necesitamos personas y políticos (con políticas) responsables que dejen de estropear el medioambiente, lo protejan y lo mejoren. Es vital. 


peces en acuario:
https://youtu.be/O3cyaZXvbU0?si=8pqeklTv-n1rsL3J 

Juan Luis Guerra: "Quisiera ser un pez...":
https://youtu.be/sruVq3ZrmPc?si=WjvuFZ_wzbSsRMVz