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07 julio 2026

Robin Hood. Capítulo 9. de 21

Robin Hood. Capítulo 9

Hacia las diez de la noche, Gilbert, que esperaba con impaciencia el regreso de los viajeros, dejó al padre Eldred en el cuarto de Ritson y bajó junto a Margarita, que hacía las cosas de la casa; quería enterarse de si miss Mariana no se inquietaba por la larga ausencia de su hermano. 

—Son las diez, Maggie, las diez, y esa joven no está en la casa. 

—Se paseaba con Lance por el camino de enfrente. 

—Habrá perdido la casa de vista y se habrá perdido. Tengo que encontrarla. 

Guiado por el instinto o más bien por esa premonición que adquieren los guardabosques viviendo en su medio, Gilbert siguió exactamente el camino que había recorrido Mariana hasta el lugar en que se sentó. Llegado allí, el guardabosque creyó escuchar un sordo gemido junto a una avenida cercana hasta la que el follaje no permitía llegar los rayos de luna; escuchó atentamente y percibió los gemidos entremezclados con débiles gritos como los de un animal que sufre. La oscuridad era profunda, y Gilbert se dirigió a tientas hacia el lugar de donde partían los gemidos; a medida que se acercaba, los quejidos se hacían más claros, y pronto los pies del guarda tropezaron con una masa inerte tendida en el suelo; se inclinó, extendió el brazo, y su mano tocó los pelos de un animal por entre los que rezumaba un sudor frío. El animal, reanimado al contacto de esta mano, hizo un movimiento, y sus quejas se convirtieron en un débil ladrido de agradecimiento. 

—¡Lance, mi pobre Lance! —exclamó Gilbert. 

Lance intentó levantarse, pero fatigado por el esfuerzo volvió a caer gimiendo. 

Una espantosa desgracia le ha ocurrido a la muchacha —pensó Gilbert—, y Lance, queriendo defenderla, sucumbió en la lucha. ¡Vamos, vamos! — murmuraba el guarda acariciando con ternura al fiel animal—, ¡anda! mi pobre amigo, ¿dónde estás herido? ¿en el vientre? no. ¿En el lomo? ¿en las patas? No, no. ¡Ah! ¡en la cabeza! El bandido quiso partirte el cráneo… ¡No es nada! no nos moriremos. Mucha sangre has perdido, pero aún te queda… El corazón marcha, sí, noto cómo late, y no se bate en retirada". 

Gilbert, como todos los campesinos, conocía las virtudes medicinales de ciertas plantas; así pues, se apresuró a recoger algunas en los claros cercanos, donde la oscuridad luchaba con los primeros rayos de la luna, y, tras haberlas machacado con dos piedras, las colocó sobre la herida de Lance sujetándolas con ayuda de una compresa improvisada con un trozo de su zamarra de piel de cabra. 

—Debo dejarte, pobre viejo, pero estate tranquilo: volveré a buscarte. 

Hablando así a su perro, como hablaría a un hombre, el viejo guardabosque lo tomó entre sus brazos y lo llevó a otro sitio  

más apropiado. Hecho esto, acarició a su animal por última vez y prosiguió su camino en busca de Mariana. 

«¡Por san Pedro! —murmuraba Gilbert explorando con ojos de lince claros y montículos—, ¡por san Pedro! si el buen Dios cruza en mi camino al hijo de Satanás que ha dañado a mi pobre Lance, le voy a hacer bailar al son de mi daga como nunca bailó. ¡Bellaco! ¡bandido!». 

Gilbert seguía el sendero por donde había huido Mariana tras la caída de Lance, y llegó al claro cerca del cual Pequeño Juan había salvado a la fugitiva. Se disponía a explorar los alrededores cuando una sombra, a la que los oblicuos rayos hacían gigantesca, se agitó en el suelo; primero creyó que era la de un gran árbol y no prestó atención; pero el instinto le dijo que esta sombra tenía algo de extraño; la observó más atentamente y pronto se dio cuenta de que sólo podía pertenecer a un ser vivo, a un hombre. 

A veinte pasos del sitio donde se encontraba, Gilbert vio a un hombre de pie apoyado contra un árbol que le daba la espalda y movía los brazos en torno a la cabeza como si quisiese colocarse un turbante. 

El guardabosque puso sin dudar su vigorosa mano sobre el que creía que era un «outlaw», y acaso también el asesino de miss Mariana. 

—¿Quién eres? —preguntó al mismo tiempo con voz de trueno.  

El hombre, medio soltándose, medio fatigado, vaciló y se dejó caer a lo largo del árbol hasta los pies de Gilbert. 

—¿Encontraste esta tarde en el bosque a una joven vestida con un traje blanco? 

Una terrible sonrisa deformó los labios del bandido. 

—Comprendo, la has encontrado. Pero ¿qué veo? ¿Estás herido en la cabeza? Sí, esa herida la han hecho los dientes de un perro. ¡Miserable! ¡voy a comprobarlo! 

Y Gilbert arrancó con rapidez la venda ensangrentada que recubría la herida; el hombre, desenmascarado, dejó ver un trozo de carne que caía sobre su cuello, y, loco de dolor, gritó sin imaginar que se estaba acusando: 

—¿Cómo sabes que era un perro? ¡Estábamos solos! 

—¿Y la joven? Habla miserable, habla o te mato. 

Mientras Gilbert, con la mano en la empuñadura de su daga, esperaba una respuesta, el «outlaw» sacó disimuladamente su ballesta y le asestó un violento golpe en la cabeza. El anciano, aturdido por un instante, se rehízo pronto, se sentó firmemente sobre sus piernas y desenvainó. El proscrito recibió con el plano de su daga una serie de golpes tan furiosos en la espalda, los hombros, los brazos y los flancos, que cayó a tierra y quedó inmóvil, casi muerto. 


—No sé por qué no te mato, ¡miserable! —gritaba el guardabosque— pero puesto que no quieres decir dónde está te abandono a tu suerte. Muere como una alimaña. 

Y Gilbert se alejó para proseguir su búsqueda. 

—¡Aún no estoy muerto, vil esclavo del látigo! —murmuró el proscrito incorporándose sobre un codo. 

Y arrastrándose con manos y rodillas, fue a buscar reposo y abrigo en la espesura. 

El anciano, cada vez más inquieto, seguía recorriendo el bosque, y empezaba a perder toda esperanza de encontrar a la muchacha, al menos viva, cuando, no lejos de donde se encontraba, oyó cantar una de esas alegres baladas que antaño compuso en honor de su hijo Robín. 

El cantante invisible se dirigía hacia él por el mismo sendero; Gilbert escuchó, y su amor propio de poeta le hizo olvidar las inquietudes del momento. 

—Así la roja figura del idiota de Will, al que apodan el Escarlata con tanta razón, se balancee colgada de la rama de un roble —murmuró Gilbert con mal humor—. Canta mi balada de una forma que nada tiene que ver con la letra. 

¡Eh! maese Gamwell; ¡eh! William Gamwell, ¡no estropees así la música y la poesía! ¡Eh! ¿qué diablos haces a estas horas en el bosque? 

Reconociendo al guardabosque Will gritó:  

—¡Buenas noticias, amigo mío, buenas noticias! La joven está a salvo en el «hall»; miss Bárbara y miss Vinifred cuidan de ella; Pequeño Juan la encontró en el bosque justo en el momento en que un «outlaw» le iba a jugar una mala pasada. ¿Pero estáis solo, Gilbert? ¿y Robín? ¿dónde está mi querido Robín Hood? 

—¡Tranquilízate, tranquilízate Will! Robín partió esta mañana hacia Nottingham; cuando dejé la casa no había regresado aún. 

—Qué pálido estáis, Gilbert —dijo otro personaje que no era sino Pequeño Juan—. ¿Qué tenéis? ¿Estáis enfermo? 

—No; estoy apenado: mi cuñado murió hoy, y me he enterado de que… pero dejémoslo, no hablemos de ello. ¡Dios sea alabado!, miss Mariana está a salvo. Es a ella a quien buscaba en el bosque; juzgad mi aprensión, sobre todo después de haber encontrado hace un instante al mejor de mis perros, al pobre Lance, medio muerto. 

—Lance medio muerto, ese perro tan bueno, tan… 

—Sí, Lance, un animal de los que ya quedan pocos, la raza se ha extinguido. 

—¿Quién lo ha hecho? ¿Quién cometió ese crimen? ¡Decidme dónde está el bellaco que le parto las costillas! 

—Estate tranquilo, hijo mío, ya vengué al viejo Lance. 

—No importa, también yo quiero vengarle, ¿dónde está el miserable que es tan cobarde como para matar a un perro? Le voy a tomar las medidas con mi bastón. Un «outlaw», ¿verdad? 

—Sí, le dejé allá… por aquella parte… casi muerto, después de haberle tumbado a golpes de plano con mi daga. 

A pocos pasos de su casa, Gilbert se detuvo para escuchar un ruido lúgubre que rompía el silencio, y exclamó estremecido: 

—Es Lance; quizá su postrer grito de dolor. 

—Valor, buen Gilbert, ya llegamos; la señora Margarita os espera en la puerta con una vela en las manos; ¡ánimo! 

—Antes de regresar al «hall», podéis prestarme un gran servicio, hijos míos. 

—Hablad, señor. 

—Hay un muerto en mi casa, ayudadme a enterrarle. 

—Estamos a vuestras órdenes, buen Gilbert —contestó William—; tenemos buenos brazos y no nos asustan los muertos, los vivos ni los fantasmas. 

Al frente, el padre Eldred orando, tras él Pequeño Juan y Lincoln llevando el cadáver en unas parihuelas, a continuación, Margarita y Gilbert, éste conteniendo sus lágrimas para no provocar las de Margarita, y Margarita llorando bajo su capucha en silencio. Finalmente, Will Escarlata. Tal era el orden del entierro que a media noche se dirigía hacia los dos árboles a los pies de los cuales iba a ser sepultado el asesino de Anita. 

Gilbert y su mujer permanecieron arrodillados todo el tiempo que los fuertes brazos de Lincoln y de Pequeño Juan tardaron en cavar la fosa. 

Caían las últimas paladas de tierra sobre el cadáver cuando, por tercera vez, los ladridos del perro resonaron en el bosque. 

—¡Lance, mi pobre Lance, Lance, ahora vamos contigo! —exclamó el guardabosque—. No regresaré sin haberte auxiliado.


16 septiembre 2025

El Viejo y el mar. Ernest Hemingway. Capitulo 9

El Viejo y el mar. Ernest Hemingway. Capitulo  9

“Me pregunto por qué habrá salido a la superficie –pensó el viejo–. Brincó para mostrarme lo grande que era. Ahora ya lo sé –pensó–. Me gustaría demostrarle que clase de hombre soy. Pero entonces vería la mano con calambre. Que piense que soy más hombre de lo que soy, y lo seré. Quisiera ser el pez –pensó– con todo lo que tiene frente a mi voluntad y mi inteligencia solamente.” 

Se acomodó confortablemente contra la madera y aceptó sin protestar su sufrimiento. Y el pez seguía nadando sin cesar y el bote se movía lentamente sobre el agua oscura. Se estaba levantando un poco de oleaje con el viento que venía del este y a mediodía la mano izquierda del viejo estaba libre del calambre.  

–Malas noticias para ti, pez –dijo, y movió el sedal sobre los sacos que cubrían sus hombros. 

Estaba cómodo, pero sufría, aunque era incapaz de confesar su sufrimiento. 

–No soy religioso –dijo–. Pero rezaría diez padrenuestros y diez avemarías por pescar este pez y prometo hacer una peregrinación a la Virgen del Cobre si lo pesco. Lo prometo. 

Comenzó a decir sus oraciones mecánicamente. A veces se sentía tan cansado que no recordaba la oración, pero luego las decía rápidamente, para que salieran automáticamente. Las avemarías son más fáciles de decir que los padrenuestros, pensó. 

–Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén. 

Luego añadió: 
–Virgen bendita, ruega por la muerte de este pez. Aunque es tan maravilloso. 
Dichas sus oraciones y sintiéndose mejor, pero sufriendo igualmente, y acaso un poco más, se inclinó contra la madera de proa y empezó a activar mecánicamente los dedos de su mano izquierda. 
El sol calentaba fuera ahora, aunque se estaba levantando ligeramente la brisa. 
–Será mejor que vuelva a poner cebo al sedal de popa –dijo–. Si el pez decide quedarse otra noche necesitaré comer de nuevo y queda poca agua en la botella. No creo que pueda conseguir aquí más que un dorado. Pero si lo como bastante fresco no será malo. Me gustaría que viniera a bordo esta noche un pez volador. Pero no tengo luz para atraerlo. Un pez volador es excelente para comerlo crudo y no tendría que limpiarlo. Tengo que ahorrar ahora toda mi fuerza. ¡Cristo! ¡No sabía que fuera tan grande! 
–Sin embargo lo matare –dijo–. Con toda su gloria y su grandeza. 
“Aunque es injusto –pensó–. Pero le demostraré lo que puede hacer un hombre y lo que es capaz de aguantar.” 
–Ya le dije al muchacho que yo era un hombre extraño –dijo–. Ahora es la hora de demostrarlo. 
El millar de veces que lo había demostrado no significaba nada. Ahora lo estaba probando de nuevo. Cada vez era una nueva circunstancia y cuando lo hacía no pensaba jamás en el pasado. 
“Me gustaría que se durmiera y poder dormir yo y soñar con los leones –pensó– . ¿Por qué, de lo que queda, serán los leones lo principal? No pienses, viejo –se dijo–. Reposa dulcemente contra la madera y no pienses en nada. El pez trabaja. Trabaja tú lo menos que puedas.” 
Estaba ya entrada la tarde y el bote todavía se movía lenta y seguidamente. Pero la brisa del este contribuía ahora a la resistencia del bote y el viejo navegaba suavemente con el leve oleaje y el escozor del sedal en la espalda le era leve y llevadero. 
Una vez, en la tarde, el sedal empezó a alzarse de nuevo. Pero el pez siguió nadando a un nivel ligeramente más alto. El sol le daba ahora en el brazo y el hombro izquierdos y en la espalda. Por eso sabía que el pez había virado al nordeste. 

Ahora que lo había visto una vez, podía imaginárselo nadando en el agua con sus purpurinas aletas pectorales desplegadas como alas y la gran cola erecta tajando la tiniebla. “Me pregunto cómo podrá ver a esa profundidad –pensó–. Sus ojos son enormes, y un caballo, con mucho menos ojo, puede ver en la oscuridad. En otro tiempo yo veía perfectamente en la oscuridad. No en la tiniebla completa, pero casi como los gatos.” 
El sol y el continuo movimiento de sus dedos habían librado completamente de calambre la mano izquierda y empezó a pasar más presión a esta mano contrayendo los músculos de su espalda para repartir un poco el escozor del sedal. 
–Si no estás cansado, pez –dijo en voz alta–, debes de ser muy extraño. 
Se sentía ahora muy cansado y sabía que pronto vendría la noche y trató de pensar en otras cosas. Pensó en las Grandes Ligas. Sabía que los Yankees de New York estaban jugando su encuentro contra los Tigres de Detroit. 
“Éste es el segundo día en que no me entero del resultado de los juegos – pensó–. Pero debo tener confianza y debo ser digno del gran Di Maggio que hace todas las cosas perfectamente, aun con el dolor de la espuela de hueso en el talón. ¿Qué cosa es una espuela de hueso?, se preguntó. Nosotros no las tenemos. ¿Será tan dolorosa como la espuela de un gallo de pelea en el talón de una persona? Creo que no podría soportar eso, ni la pérdida de uno de los ojos, o de los dedos, y seguir peleando como hacen los gallos de pelea. El hombre no es gran cosa junto a las grandes aves y fieras. Con todo, preferiría ser esa bestia que está allá abajo en la tiniebla del mar.” 
–Salvo que vengan los tiburones –dijo en voz alta–. Si vienen los tiburones, Dios tenga piedad de él y de mí. 
“¿Crees tu que el gran Di Maggio seguiría con un pez tanto tiempo como estoy haciendo yo? –pensó–. Estoy seguro de que sí, y más, puesto que es joven y fuerte. También su padre fue pescador. Pero ¿le dolería demasiado la espuela de hueso?” 
–No sé –dijo en voz alta–. Nunca he tenido una espuela de hueso. 
El sol se estaba poniendo. Para darse más confianza el viejo recordó aquella vez, cuando, en la taberna de Casablanca, había pulseado con el gran negro de Cienfuegos, que era el hombre más fuerte de los muelles. Habían estado un día y una noche con sus codos sobre una raya de tiza en la mesa, y los antebrazos verticales, y las manos agarradas. Cada uno trataba de bajar la mano del otro hasta la mesa. Se hicieron muchas apuestas y la gente entraba y salía del local bajo las luces de querosene, y él miraba al brazo y la mano de negro y a la cara del negro. Cambiaban de árbitro cada cuatro horas, después de las primeras ocho, para que los árbitros pudieran dormir. Por debajo de las uñas de los dedos manaba sangre y se miraban a los ojos y a sus antebrazos y los apostadores entraban y salían del local y se sentaban en altas sillas contra la pared para mirar. Las paredes estaban pintadas de un azul brillante. Eran de madera y las lámparas arrojaban las sombras de los pulseadores contra ellas. La sombra del negro era enorme y se movía contra la pared según la brisa hacía oscilar las lámparas.

Los logros siguieron subiendo y bajando toda la noche, y al negro le daban ron y le encendían cigarrillos en la boca. Luego, después del ron, el negro hacía un tremendo esfuerzo y una vez había tenido al viejo, que entonces no era viejo, sino Santiago El Campeón, cerca de tres pulgadas fuera de la vertical. Pero el viejo había levantado de nuevo la mano y la había puesto a nivel. Entonces tuvo la seguridad de que tenía derrotado al negro, que era un hombre magnífico y un gran atleta. Y al venir el día, cuando los apostadores estaban pidiendo que se declarara tablas, había aplicado todo su esfuerzo y forzado la mano del negro hacia abajo, más y más, hasta hacerle tocar la madera. La competencia había empezado el domingo por la mañana y terminado el lunes por la mañana. Muchos de los apostadores habían pedido un empate porque tenían que irse a trabajar a los muelles, a cargar sacos de azúcar, o a la Havana Coal Company. De no ser por eso todo el mundo hubiera querido que continuara hasta el fin. Pero él la había terminado de todos modos antes de la hora en que la gente tenía que ir a trabajar. 
Después de esto, y por mucho tiempo, todo el mundo le había llamado El Campeón y había habido un encuentro de desquite en la primavera. Pero no se había apostado mucho dinero y él había ganado fácilmente, puesto que en el primer match había roto la confianza del negro de Cienfuegos. Después había pulseado unas cuantas veces más y luego había dejado de hacerlo. Decidió que podía derrotar a cualquiera si lo quería de veras, pero pensó que perjudicaba su mano derecha para pescar. Algunas veces había practicado con la izquierda. Pero su mano izquierda había sido siempre una traidora y no hacía lo que le pedía, y no confiaba en ella.