25 abril 2026

Robin Hood. Capítulo 2


Robin Hood. Capítulo 2

Han transcurrido quince años desde aquel acontecimiento; la calma y la felicidad no han dejado de reinar bajo el techo del guardabosque, y el huérfano cree todavía ser el amado hijo de Margarita y de Gilbert Head. 
Una bella mañana de junio, un hombre de avanzada edad, vestido como un campesino acomodado y montado en un vigoroso pony, recorría el camino que conduce por el bosque de Sherwood, al bonito pueblo de Mansfeldwoohaus. 

El cielo estaba limpio. La cara de nuestro viajero se alegraba bajo la influencia de tan bello día; su pecho se dilataba, respiraba a pleno pulmón, y con voz fuerte y sonora lanzaba al aire el estribillo de un viejo himno sajón, un himno a la muerte de los tiranos. 

De pronto una flecha pasó silbando junto a su oreja y fue a incrustarse en la rama de un roble al borde del camino. 

El campesino, más sorprendido que asustado, se echó abajo de su caballo, se escondió tras un árbol, blandió su arco y se dispuso a defenderse. 

Pero por más que oteó el sendero en toda su longitud, por más que escrutó con la mirada los montículos de alrededor y aplicó el oído a los menores ruidos del bosque, nada vio, ni oyó nada, y no supo qué pensar de aquel ataque imprevisto. 

—Veamos —dijo—, puesto que la paciencia no conduce a nada, probemos con la astucia. 

Y calculando según la dirección de la trayectoria de la flecha el lugar donde podía estar apostado su enemigo, disparó un dardo hacia aquel lado con la esperanza de asustar al malhechor o de provocarlo para que se moviera. La flecha hendió el espacio, fue a clavarse en la corteza de un árbol, y nadie respondió a aquella provocación. ¿Lo conseguiría quizá un segundo dardo? Aquel segundo dardo partió, pero fue detenido en pleno vuelo. Una flecha lanzada por un arco invisible fue a interceptar su camino, casi en ángulo recto, por encima del sendero, y lo hizo caer al suelo haciendo piruetas. El golpe había sido tan rápido, tan inesperado, anunciaba tanta destreza y tan gran habilidad de mano y de ojo, que el campesino, maravillado y olvidando tanto peligro, saltó de su escondite. 
—¡Qué tiro! ¡Qué tiro tan maravilloso! —gritó mientras brincaba por el lindero de la espesura tratando de descubrir al misterioso arquero. 
Una risa alegre respondió a aquellas exclamaciones, y no lejos de allí una voz argentina y suave como la de una mujer cantó: 
«Hay gamos en el bosque, hay flores en la linde de los grandes bosques…» 

—¡Oh! Es Robín, el desvergonzado Robín Hood quien canta. Ven aquí, hijo mío. ¿De modo que te atreves a disparar contra tu padre? ¡Por San Dunstand, creí que los «outlaws» querían mi piel! ¡Oh! ¡Eres un mal muchacho! ¡Tomar por blanco mi cabeza gris! ¡Ah! ¡Vaya —añadió el buen anciano—, vaya, qué travieso! 

Un joven que parecía tener veinte años, aunque en realidad no tuviera más que dieciséis, se detuvo ante el viejo campesino, en quien sin duda ya habrán reconocido al buen Gilbert Head del primer capítulo de nuestra historia. 

Aquel joven sonreía teniendo respetuosamente en la mano su sombrero verde, adornado con una pluma de garza. Una masa de cabellos negros ligeramente ondulados coronaba una frente ancha más blanca que el marfil. Los párpados, replegados sobre sí mismos, dejaban brotar los fulgores de dos pupilas de un azul oscuro, cuya luz se velaba bajo la franja de las largas pestañas que proyectaban su sombra hasta sus mejillas rosadas. 

El aire seco había tostado aquella noble fisonomía, pero la satinada blancura de la piel reaparecía en el nacimiento del cuello y por debajo de los puños. 

Un sombrero con una pluma de garza por penacho, un jubón de paño verde de Lincoln atado a la cintura, botas altas de piel de gamo, un par de «unhege sceo» (borceguíes sajones) amarrados con fuertes correas por encima de los tobillos, un tahalí claveteado de brillante acero soportando un carcaj lleno de flechas, el pequeño cuerno y el cuchillo de caza en la cintura, y el arco en la mano, constituían el atuendo y equipo de Robín Hood, y su conjunto lleno de originalidad estaba lejos de ocultar la belleza adolescente. 

—Perdonadme, padre. No tenía intención alguna de heriros. 

—¡Pardiez! Te creo, hijo, pero podía haber ocurrido; un cambio en la velocidad de mi caballo, un paso a izquierda o derecha de la línea que seguía, un movimiento de mi cabeza, un temblor de tu mano, un error de tu puntería, cualquier cosa, en fin, y tu juego hubiera sido mortal. 

—Pero mi mano no ha temblado, mi puntería es siempre segura. Así que no me hagáis reproches, padre, y perdonadme mi travesura. 

—Te la perdono de todo corazón. 

Luego añadió con un ingenuo sentimiento de orgullo, que sin duda había reprimido hasta el momento a fin de reprender al imprudente arquero:
 
—¡Y pensar que es alumno mío! Sí, he sido yo, Gilbert Head, quien primero le enseñó a manejar un arco y a disparar una flecha. El alumno es digno del maestro y, si continúa, no habrá tirador más diestro en todo el condado, ni siquiera en toda Inglaterra. 

—Que mi brazo derecho pierda su fuerza, que ni una sola de mis flechas alcance su blanco si jamás olvido vuestro amor, padre. 

—Hijo, ya sabes que no soy tu padre más que de corazón. 

—¡Oh! No me habléis de los derechos que sobre mí os faltan, porque si la naturaleza os los ha negado, los habéis adquirido con una entrega y abnegación de quince años. 

—Al contrario, vamos a hablar de ello —dijo Gilbert, reemprendiendo su camino a pie y llevando de la brida al pony al que un vigoroso silbido había llamado al orden—, un secreto presentimiento me avisa que nos amenazan próximas desgracias. 

—¡Qué idea tan loca, padre! 

—Ya eres grande, eres fuerte, y estás lleno de energía, gracias a Dios; pero el porvenir que se abre ante ti no es el que adivinabas cuando siendo pequeño y débil niño, ora malhumorado, ora alegre, crecías sobre las rodillas de Margarita. 

—¡Qué importa eso! Sólo deseo una cosa, y es que el porvenir sea como el pasado y el presente.
 
—Envejeceríamos sin ninguna pena si se desvelara el misterio de tu nacimiento. 

—¿Nunca habéis vuelto a ver al valiente soldado que me confió a vos? 

—No he vuelto a verlo jamás, y sólo una vez recibí noticias suyas. 

—Quizá ha muerto en la guerra. 

—Quizá. Un año después de tu llegada, recibí por medio de un desconocido mensajero un saco de dinero y un pergamino sellado con lacre, pero cuyo sello no tenía armas. Entregué el pergamino a mi confesor, y éste lo abrió revelándome el contenido siguiente, palabra por palabra: "Gilbert Head: Hace doce meses puse un niño bajo tu protección, y contraje contigo el compromiso de pagarte una renta anual por tus esfuerzos; aquí te la envío; me marcho de Inglaterra e ignoro cuándo regresaré. En consecuencia, he tomado las disposiciones necesarias para que todos los años cobres la suma debida. Por tanto, sólo tendrás que presentarte el día del vencimiento en la oficina del «sheriff» de Huntingdon, y allí te pagarán. Educa al muchacho como si fuera tu propio hijo; a mi regreso vendré a reclamártelo". Ni firma, ni fecha. ¿De dónde venía aquel mensaje? Lo ignoro. Pero si hemos de morir antes de que aparezca el desconocido caballero, una gran tristeza envenenará nuestra última hora. 

—¿Cuál es esa gran pena, padre? 

—La de saberte solo y abandonado a ti mismo, y entregado a tus pasiones cuando seas un hombre. 

—Mi madre y vos tenéis aún largos días de vida por delante. 

—¡Sabe Dios! 

—Dios lo permitirá. 

—¡Hágase su voluntad! En cualquier caso, si una muerte próxima nos separa, has de saber, hijo mío, que tú eres nuestro único heredero; la cabaña donde has crecido es tuya, el terreno que la rodea es de tu propiedad y, con el dinero de tu pensión acumulado desde hace quince años, no tendrás que temer a la miseria y podrás ser feliz si eres prudente. La desgracia te ha acompañado desde tu nacimiento y tus padres adoptivos se han esforzado en reparar esta desgracia. Pensarás a menudo en ellos, que no ambicionan otra recompensa. 

El adolescente se enternecía; las lágrimas comenzaban a brotar de entre sus párpados. 

—En camino, «Gip», mi buen pony —añadió el anciano subiéndose a la silla—, tengo que apresurarme en ir a Mansfeldwoohaus y volver, de lo contrario Maggie pondrá una cara tan larga como la más larga de mis flechas. Entre tanto, querido hijo, ejercita tu destreza y no tardarás en igualar a Gilbert Head en sus mejores días… Hasta la vista. 

Robín se divirtió durante unos instantes desgarrando con sus flechas las hojas que escogía con la vista en la cima de los árboles más altos; luego, cansado de este juego, se echó sobre la hierba a la sombra de un claro. 

Un prolongado roce en el follaje y los crujidos precipitados de la maleza vinieron a turbar los pensamientos de nuestro joven arquero; levantó la cabeza y vio a un gamo asustado que atravesaba la espesura, se lanzaba a través del claro y volvía a desaparecer en las profundidades del bosque. 

El instantáneo proyecto de Robín fue tomar su arco y perseguir al animal; pero, por instinto de cazador o por casualidad examinó el lugar por donde éste había salido, y vio a cierta distancia a un hombre acurrucado tras un montículo, que dominaba el camino; desde su escondite el hombre podía ver sin ser visto todo cuanto pasaba por el sendero, y esperaba ojo avizor, con la flecha preparada. 

De pronto el bandido o cazador disparó una flecha en dirección al camino y se levantó a medias como para saltar sobre su blanco; pero se detuvo, profirió un enérgico juramento, y volvió a ponerse al acecho con una flecha en su arco. 

Aquella nueva flecha fue seguida, como la primera, de una odiosa blasfemia.  

«¿A quién dispara? —se preguntó Robín—. ¿Estará tratando de dar a un amigo un susto como el que yo di esta mañana al viejo Gilbert? El juego no es de los más fáciles. Pero no veo nada en el sitio a donde apunta; sin embargo, él sí debe ver algo, porque está preparando la tercera flecha».
 
Robín iba a abandonar su escondite para tratar de ver al desconocido y mal tirador cuando, apartando sin querer algunas ramas de un haya, vio, detenidos en el extremo del sendero y en el lugar donde el camino de Mansfeldwoohaus forma un codo, a un caballero y una joven dama que parecían muy inquietos, y dudaban si debían volver grupas o afrontar el peligro. Los caballos resoplaban y el caballero paseaba su mirada por todos lados a fin de descubrir al enemigo y hacerle frente, al mismo tiempo que se esforzaba en calmar el terror de su acompañante. 

De pronto la joven dio un grito de angustia y cayó casi desvanecida: una flecha acababa de incrustarse en el pomo de su silla. 

Sin duda alguna, el hombre que estaba escondido era un vil asesino. 

Presa de una generosa indignación, Robín escogió en su carcaj una de sus más agudas flechas, blandió su arco y apuntó. La mano izquierda del asesino quedó clavada en la madera del arco que amenazaba de nuevo al caballero y su compañera. 

Rugiendo de cólera y de dolor, el bandido volvió la cabeza y trató de descubrir de dónde procedía aquel ataque imprevisto. 

Pero la esbelta talla de nuestro joven arquero le mantenía escondido tras el tronco de un haya, y el color de su jubón se confundía con el del follaje. 

Robín podría haber matado al bandido, pero se contentó con asustarle después de haberle castigado y le disparó una nueva flecha que se llevó su sombrero a veinte pasos.
 
Lleno de vértigo y espanto, el herido se levantó y, mientras se aguantaba con la mano sana la mano ensangrentada, aulló, pataleó, y giró durante un rato sobre sí mismo, paseó su osca mirada por todo el soto a su alrededor, y huyó gritando: 

—¡Es el demonio! ¡El demonio! ¡El demonio! 

Robín saludó la marcha del bandido con una risa alegre, y sacrificó una última flecha que, después de haberlo espoleado mientras corría, habría de impedirle sentarse durante largo tiempo. 

Pasado el peligro, Robín salió de su escondrijo y se apoyó despreocupadamente en el tronco de un roble al borde del sendero; se preparaba para dar la bienvenida a los viajeros, pero en cuanto éstos, acercándose al trote, le vieron, la joven dama lanzó un grito y el caballero se fue hacia él con la espada en la mano. 

—¡Al fin te veo, miserable! ¡Al fin! —exclamó el caballero dando muestras de la cólera más violenta. 

—No soy un asesino, por el contrario, soy yo quien os salvó la vida.  

—¿Dónde está entonces el asesino? Habla o te abro la cabeza. 

—Escuchadme y lo sabréis —respondió fríamente Robín—. Respecto a lo de abrirme la cabeza, ni soñéis en ello, y permitidme haceros notar, señor, que esta flecha, cuya punta se dirige hacia vos, atravesará vuestro corazón antes de que vuestra espada roce mi piel. Teneos por advertido y escuchadme con tranquilidad: diré la verdad.
 
—Escucho —contestó el caballero fascinado por la sangre fría de Robín. 

—Vamos, señor —replicó Robín—, miradme y estaréis de acuerdo en que no tengo el aspecto de un bandido. 

—Sí, sí, hijo mío, lo confieso, no tienes aspecto de bandido —dijo al fin el forastero tras haber considerado con detenimiento a Robín. La frente radiante, la fisonomía llena de franqueza, los ojos en los que chispeaba el fuego del valor, los labios que se entreabrían en una sonrisa de legítimo orgullo, todo en este noble adolescente inspiraba, ordenaba confianza. 

—Dime quién eres, y condúcenos, te ruego, a un lugar en el que nuestras cabalgaduras puedan comer y descansar —añadió el caballero. 
—Con placer; seguidme. 

—Pero acepta antes mi dinero, mientras que te llega la recompensa de Dios. 

—Guardad vuestro oro, señor caballero; el oro me es inútil, no tengo necesidad de oro. Me llamo Robín Hood y vivo con mi padre y mi madre a dos millas de aquí, en la linde del bosque; venid, encontraréis en nuestra casita una cordial hospitalidad. 

La joven, que hasta el momento se había mantenido apartada, se acercó a su caballero, y Robín vio resplandeciente el destello de dos grandes ojos negros bajo el capuchón de seda que preservaba su cabeza del frescor de la mañana; también apreció su divina belleza, y la devoró con la mirada mientras se inclinaba cortésmente ante ella. 

—¿Debemos creer en la palabra de este joven? —preguntó la dama a su caballero. 

Robín irguió la cabeza orgullosamente, y, sin dar al jinete tiempo para responder, exclamó: 

—Dejaría de existir buena fe sobre la tierra. Los dos forasteros sonrieron; ya no dudaban. 




 

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