Robin Hood. Capítulo 5
A esta tarde tormentosa sucedió una noche tranquila y silenciosa. El monje joven y Lincoln habían regresado de su expedición al bosque para enterrar el cadáver del bandido; Mariana y Margarita ya no oían el ruido de la batalla más que en sueños; Allan, Robín, Lincoln y los dos monjes reparaban sus fuerzas durmiendo profundamente; únicamente Gilbert Head velaba aún.
Cuando el sol inundó de luz la habitación, Ritson, como si despertara del sueño de la muerte, se estremeció, lanzó un gemido de arrepentimiento, y, agarrando la mano de Gilbert, la llevó a sus labios y balbuceó estas palabras:
—¿Me perdonas?
—Habla primero —respondió Gilbert con prisa por recibir alguna luz sobre la muerte de su hermana Anita y el nacimiento de Robín—; perdonaré después.
—Así moriré más tranquilo.
Iba Ritson a empezar sus revelaciones cuando unas alegres voces se escucharon en la planta baja.
—Padre, ¿dormís? —preguntó Robín desde abajo de la escalera.
—Es tiempo de partir para Nottingham si queremos volver esta tarde — añadió Allan Clare.
—Si os place, señores —decía el hercúleo monje—, seré vuestro compañero de viaje, pues una buena obra me llama al castillo de Nottingham.
—Vamos, padre, bajad para que nos despidamos. Muy a su pesar Gilbert descendió.
Despidió inmediatamente a Robín, Allan y el monje; Mariana y Margarita debían acompañarles hasta cierta distancia de la casa para animarse con un paseo matinal; Lincoln fue enviado a Mansfeldwoohaus con un pretexto cualquiera, y el padre Eldred aprovechó la ocasión para visitar el pueblo; al final del día volverían a reunirse todos.
—Ahora estamos solos, habla, te escucho —dijo Gilbert sentándose a la cabecera de Ritson.
—No te contaré, hermano, todos los crímenes, todas las acciones monstruosas de las que soy culpable. Ya sabes que dejé Mansfeldwoohaus hace veintitrés años para entrar al servicio de Felipe Fitzooth, barón de Beasant. Este título había sido otorgado a mi señor por el rey Enrique en pago a los servicios prestados durante la guerra con Francia. Felipe Fitzooth era el hijo pequeño del viejo conde de Huntingdon, el cual murió mucho antes de mi entrada en esta casa, dejando sus bienes y su título a su hijo mayor, Robert.
—Algún tiempo después de esta herencia, Robert perdió a su mujer en el parto, y concentró todo su cariño en el heredero que ella le dejó; niño débil y enfermizo cuya vida sólo se sacó adelante con minuciosos y constantes cuidados. El conde Robert, ya desconsolado por la muerte de su esposa y desesperado por el porvenir de su hijo, se dejó dominar por la pena y murió, confiando a su hermano Felipe la misión de velar por el único retoño de su raza.
—Desde ese momento el barón de Beasant tenía un imperioso deber que cumplir. Pero la ambición, el deseo de adquirir nuevos títulos nobiliarios y de heredar una colosal fortuna le hicieron olvidar las recomendaciones de su hermano, y, tras algunos días de vacilaciones, decidió deshacerse del niño; pronto tuvo que renunciar a su proyecto, el joven Robert vivía entre numerosos criados, los lacayos, guardias y habitantes del condado le eran devotos y no hubiesen dejado de protestar e incluso de revelarse si Felipe Fitzooth se hubiera atrevido a despojarle abiertamente de sus derechos.
—Así pues, temporizó explotando la débil constitución del heredero, el cual, según opinión de los médicos, no tardaría en sucumbir si se le permitían el desorden y los ejercicios violentos.
—Con este fin me tomó Felipe Fitzooth a su servicio. El conde Robert tenía ya dieciséis años, y, de acuerdo con los infames cálculos de su tío, yo debía llevarle a su perdición por todos los medios a mi alcance, caídas, accidentes, enfermedades; yo debía intentar todo para que muriese rápidamente, todo excepto el asesinato. Fui un digno y celoso esbirro del barón de Beasant.
—Pero Robert, al crecer, se había puesto fuerte. La fatiga le era ya desconocida.
—Mi tarea se hacía cada vez más ruda. Finalmente creí observar algunos cambios en la fisonomía y el aspecto del joven conde; estos cambios, casi imperceptibles al principio, poco a poco se fueron haciendo visibles, reales, importantes; perdía su vivacidad y su alegría; se quedaba triste y pensativo durante largas horas; se quedaba inmóvil o se paseaba solo mientras que los perros acosaban la caza; ya no comía, no bebía, no dormía, rehuía a las mujeres y apenas me hablaba una o dos veces al día.
—Le espié y pronto le descubrí paseando con una joven.
—¡Vaya, vaya! ¡He aquí algo que no se espera el señor barón de Beasant! Robert está enamorado; esto explica sus insomnios, su tristeza, su falta de apetito y, sobre todo, sus paseos solitarios.
—Escuché atentamente las palabras de los dos enamorados esperando sorprender algún secreto, pero sólo oí el lenguaje usual en tales circunstancias.
—Las entrevistas de Robert y su amada duraron mucho tiempo. Para hacerlas más fáciles, Robert me lo confesó, y yo no relaté el asunto al barón de Beasant hasta que me hube informado bien de la posición de la joven. Miss Laura pertenecía a una familia menos encumbrada en la jerarquía nobiliaria que la de Robert, pero cuya alianza sería sin embargo honrosa.
—El barón me ordenó impedir a cualquier precio el matrimonio de Robert con esa Miss Laura, e incluso llegó a ordenarme sacrificar a la joven.
—Esta orden me pareció cruel, muy peligrosa y, sobre todo, muy difícil de ejecutar.
—No sabía qué partido tomar ni a qué demonio pedir consejo cuando, confiado e indiscreto como todo hombre dichoso, Robert me contó que, queriendo ser amado por sí mismo, había ocultado su posición a miss Laura.
—Miss Laura le creía hijo del guardabosque, y a pesar de esta baja extracción, consentía en darle su mano.
—Robert había alquilado una casita en la pequeña ciudad de Loockeys, en Nottinghamshire; allí debía reunirse con su joven esposa, y para que no se sospechase nada, anunciaría al dejar el castillo de Huntingdon que iba a Normandía a pasar algunos meses junto a su tío el barón de Beasant.
—El plan resultó de maravilla; un sacerdote unió en secreto a los dos amantes; yo fui el único testigo de la boda, y nos fuimos a vivir a la casita de Loockeys.
—Tras un año de felicidad que no se empañó por nada, Laura dio a luz un niño cuyo nacimiento le costó la vida.
—¿Y ese niño —preguntó Gilbert con ansiedad—, ese niño es…?
—Sí, es el niño que te confiamos hace quince años.
—¿Es entonces Robín el heredero del título de conde de Huntingdon?
—Sí, Robín es conde, Robín…
Ritson reunió las fuerzas que le quedaban y prosiguió:
—Robert, loco de dolor, rechazó los consuelos, perdió los ánimos y cayó seriamente enfermo.
—El barón de Beasant, descontento de mi vigilancia, me había anunciado su próximo regreso; creí obrar según sus deseos haciendo enterrar a la condesa Laura en un convento próximo sin revelar su calidad de esposa del conde Robert, y puse al niño en manos de una granjera a la que conocía. Mientras tanto, el barón de Beasant volvió a Inglaterra, y, pareciéndole bien para sus planes el no desmentir el pretendido viaje de Robert a Francia, le hizo llevar al castillo anunciando que había caído enfermo en el viaje.
—La suerte favorecía al barón de Beasant, estaba a punto de lograr sus propósitos, ya se veía heredero de los títulos y la fortuna del conde de Huntingdon; Robert iba a morir… Unos instantes antes de exhalar el último suspiro, el infortunado joven llamó al barón a su cabecera, le contó su matrimonio con Laura y le hizo jurar sobre el Evangelio que velaría por el huérfano. El tío juró… pero aún estaba caliente el cadáver del desdichado Robert cuando el barón me llamaba a la cámara mortuoria y, a su vez, me hacía jurar sobre el Evangelio que nunca revelaría en tanto que él viviera, el matrimonio de Robert, el nacimiento de su hijo ni las circunstancias de su muerte.
—Yo tenía el alma entristecida; lloraba recordando a mi señor, o más bien a mi pupilo, a mi compañero, tan dulce, tan bueno, tan generoso conmigo y con todos; pero había que obedecer al barón de Beasant.
—Así pues, juré y nos llevamos al niño desheredado.
—¿Y dónde está el barón de Beasant, usurpador del título de conde de Huntingdon? —preguntó Gilbert.
—Murió en un naufragio en las costas de Francia, y era yo quien le acompañaba como cuando vinimos aquí; yo traje a Inglaterra la noticia de su muerte.
—¿Y quién le ha sucedido?
—El rico abad de Ramsay, William Fitzooth.
—¡Cómo! ¿un abad despoja en su provecho a mi hijo Robín?
—Sí, este abad me tomó a su servicio y a los pocos días me echó injustamente tras una disputa que tuve con uno de sus criados. Salí de su casa con el corazón lleno de rabia y jurando vengarme… Y aunque la muerte me va a dejar impotente, me vengo, pues no conozco a Gilbert Head si permite que Robín continúe mucho tiempo privado de su herencia.
—No, no lo estará mucho tiempo —replicó Gilbert— o me moriré de pena.
¿Quiénes son sus parientes por parte de madre? Les interesa que Robín sea reconocido conde de Inglaterra.
—Sir Guy de Gamwell-Hall es el padre de la condesa Laura.
—¡Cómo! ¿El viejo sir Guy de Gamwell-Hall, el mismo que vive al otro lado del bosque con sus siete hijos, ¿los grandes cazadores de Sherwood?
—Sí, hermano.
—¡Pues bien! con su ayuda arrojaré del castillo de Huntingdon al señor abad, aunque le llamen el rico, el poderoso abad de Ramsay, barón de Broughton.
—Hermano, ¿moriré vengado? —preguntó Ritson abriendo apenas la boca.
—Te doy mi palabra, te lo juro.
La agonía de Ritson se prolongaba, y de vez en cuando acumulaba fuerzas para hacer alguna nueva confesión. Aún
no había dicho todo; ¿era la vergüenza o es que la proximidad de la muerte oscurecía su memoria?
—¡Ah! —prosiguió tras un prolongado estertor— olvidaba una cosa importante… muy importante…
—¿Qué es?
—Quería matarles. Ayer… el barón Fitz-Alwine me pagó por ello, y temiendo que no les encontrase envió tras ellos a esa gente, mis cómplices, a los que habéis golpeado esta tarde. No sé por qué quiere el barón la vida de esas dos personas… pero adviérteles de mi parte que se guarden mucho de acercarse al castillo de Nottingham.
Gilbert se estremeció al pensar que Allan y Robín habían partido hacia Nottingham, pero era demasiado tarde para avisarles del peligro.
Luego Ritson añadió retorciéndose de desesperación:
—¡Ah! ¡tú no conoces todos mis crímenes! ¡Tengo que confesar todo!… Gilbert Head, ¡tenías una hermana! ¿Te acuerdas?
—¡Oh! —exclamó Gilbert palideciendo y juntando convulsivamente sus manos— ¡que si me acuerdo! ¿Qué tienes que decirme de mi pobre hermana, perdida en el bosque, raptada por un «outlaw» o devorada por los lobos? ¡Anita, mi dulce Anita!
Ritson se estremeció con el frío de la muerte y dijo con una voz casi inaudible:
—Fui yo quien la mató. Se me resistía. La maté y la enterré entre el roble y el haya que hay en el ángulo de la bifurcación de Mansfeldwoohaus. Al día siguiente, cuando cundió la alarma por su desaparición, no confesé mi crimen, incluso os ayudé en vuestras búsquedas, e hice creer que se la había llevado un «outlaw» o que la habían devorado los animales…
Gilbert ya no escuchaba a Ritson; dejaba correr las lágrimas apoyado en el borde de la ventana. Cuando volvió junto al lecho, Ritson había expirado.
Durante la larga agonía de Roland Ritson, nuestros tres viajeros hacia Nottingham, Allan, Robín y el monje de voraz apetito, de corazón esforzado y miembros vigorosos, caminaban con rapidez a través del inmenso bosque de Sherwood. Hablaban, reían y cantaban.
—Señor Allan —dijo de pronto Robín—, el sol señala ya el mediodía, y mi estómago ya no recuerda el desayuno de esta mañana. Si os parece, ganaremos la orilla de un arroyo que corre a unos pasos de aquí; llevo víveres en mi morral y comeremos descansando.
—Lo que propones rebosa buen juicio, hijo mío —contestó el monje—, y me adhiero con todo mi corazón; quería decir con todos mis dientes.
—No me opongo, querido Robín —dijo Allan—, pero permíteme hacerte notar que quiero llegar al castillo de Nottingham antes de que se ponga el sol sea como sea, y que si lo que propones nos lo va a impedir, prefiero continuar mi camino sin detenerme.
—Como deseéis, señor —respondió Robín—, donde vayáis iremos nosotros.
—¡Al arroyo! ¡Al arroyo! —gritó el monje—. Sólo estamos a tres millas de Nottingham y tenemos tiempo de llegar allí diez veces antes de que llegue la noche; una hora de descanso y una buena comida no nos lo impedirá.
Tranquilizado por las palabras del monje, Allan consintió en detenerse, y fueron a sentarse a la sombra de un gran roble al fondo de un delicioso valle, por el que corría un pequeño arroyo de aguas límpidas y transparentes, en cuyo lecho descansaban guijarros blancos y rosados y cuyas orillas estaban bordeadas por hierbas con flores.
Sentados sobre la hierba a la orilla del arroyo, los tres compañeros comieron a base de bien gracias a la previsión de la buena Margarita, y una enorme cantimplora de vino de Francia pasó tan a menudo de mano en mano, que la alegría de cada uno se manifestó notablemente y el tiempo consagrado a este alto se prolongó indefinidamente sin que se dieran cuenta de ello. Robín cantaba, sin descanso. Allan, transportado al séptimo cielo, describía pomposamente los encantos y las cualidades de lady Christabel. El monje parloteaba a tontas y a locas, y proclamaba a los cuatro vientos que se llamaba Gilles de Sherbowne, que pertenecía a una buena familia de campesinos, que prefería a la vida conventual la vida activa e independiente del guardabosque y que había comprado a buen precio al superior de su orden el derecho a obrar a su guisa y a manejar el bastón.
—Me han denominado el hermano Tuck —añadía— a causa de mi talento para el bastón y de mi costumbre de subirme el hábito hasta las rodillas. Soy bueno con los buenos y malo con los malos, doy la mano a mis amigos y un bastonazo a mis enemigos, canto baladas alegres y canciones de vino a quien le gusta reír y a quien le gusta beber, rezo con los devotos, entono el «Oremus» con los santurrones, y sé cuentos divertidos para los que detestan las homilías. ¡Éste es el hermano Tuck! ¿Y vos, señor Allan? Decidnos quién sois.
—Con gusto, si me dejáis hablar —contestó Allan.
El monje hizo una mueca de despecho y se tendió en la hierba como si fuera a dormir en lugar de escuchar la historia de Allan Clare.
—Soy de origen sajón —dijo este último—; mi padre era amigo íntimo del primer ministro de Enrique II, Tomás Becket, y esta amistad fue la causa de todos nuestros males, pues fue exiliado tras la muerte de este ministro.
Robín iba a imitar al monje, pues no estaba interesado en escuchar los elogios ostentosos que hacía el caballero de su familia y sus antepasados; pero cesó en su indiferencia en cuanto se pronunció el nombre de Mariana, y, con el corazón puesto en las orejas, escuchó. Cada vez que Allan dejaba de hablar de la hermosa Mariana, Robín encontraba la forma de
volver a dirigir la conversación sobre ella; tuvo sin embargo que permitir al caballero hablar de sus amores y que se extasiase largamente respecto a los encantos de la noble Christabel, la hija del barón de Nottingham. El caballero, que se había vuelto muy comunicativo bajo la influencia del vino francés, habló a continuación de su odio al barón.
—Cuando los favores de la corte llovían sobre mi familia —dijo—, el barón de Nottingham veía nuestro amor con buenos ojos, y me llamaba hijo; en cuanto la fortuna nos fue adversa me cerró su puerta y juró que Christabel nunca sería mi esposa; por mi parte, yo juré hacer cambiar su voluntad y casarme con su hija, y desde entonces he luchado sin descanso por lograr mi objetivo, y creo haberlo conseguido… Esta tarde, sí, esta tarde, me concederá la mano de Christabel o su fanfarronería será castigada. Por casualidad descubrí un secreto que, de ser revelado, sería la causa de su ruina y su muerte, y se lo voy a decir a la cara: barón de Nottingham, te propongo un cambio: mi silencio a cambio de tu hija.
Allan habría proseguido aún largo tiempo, y Robín, en cuyo espíritu se establecían comparaciones entre Mariana y Christabel, no le habría interrumpido, a no ser porque el sol descendía en el horizonte.
—En marcha —dijo Allan.
—En marcha, hermano Tuck —añadió Robín.
Pero el hermano Tuck dormía tumbado sobre un costado. Robín dejó al caballero el cuidado de despertar al monje.
Oyó un ruido infernal producido por gritos, juramentos y risas; el caballero y el monje se batían, o mejor, el monje volteaba su terrible bastón sobre la cabeza de Allan y éste paraba los golpes con su lanza y se reía a mandíbula batiente mientras que el benedictino vociferaba maldiciones.
—¡Hola! señores, ¿qué mosca os ha picado? —exclamó Robín.
—Si tu lanza pincha fuerte, mi bastón pega duro, arrogante caballero — decía el monje inflamado de cólera.
Allan reía mientras se guardaba de las acometidas del monje; sin embargo, al ver algunas gotas de sangre que caían por debajo del hábito del monje y enrojecían el césped, comprendió que la cólera de su adversario estaba más que justificada y pidió gracia inmediatamente. El monje interrumpió entonces sus molinetes gruñendo sordamente y manifestando todos los síntomas de un vivo dolor; llevando su mano detrás, a la parte baja del hábito, respondió al joven arquero, que preguntaba las causas de la disputa:
—Las causas están aquí, y es una vergüenza, un crimen, el turbar las devociones de un santo varón como yo hundiéndole una punta de lanza en un lugar en que no se encuentra hueso.
Allan había despertado al monje pinchándole bajo los riñones con la punta de su lanza; por supuesto, había querido reírse y no herir hasta hacer sangre al pobre Tuck; por eso pidió perdón, y, concluida la paz, el grupo reemprendió el camino de Nottingham. En menos de una hora alcanzaron la ciudad y subieron la colina en cuya cima se levantaba el castillo feudal.
—Me abrirán la puerta del castillo en cuanto pida hablar con el barón — dijo Allan—, ¿pero qué excusa daréis para seguirme vosotros, amigos míos?
—No os inquietéis por eso, señor —respondió el monje Hay en el castillo una joven de la que soy confesor, el padre espiritual; esta joven hace que suban el puente cada vez que quiere, y, gracias a su autoridad, puedo entrar en el castillo lo mismo de noche que de día; tened cuidado, caballero.
—Seré a la vez respetuoso y firme.
—¡Que Dios os ilumine!, pero ya hemos llegado ¡cuidado! —Y, con una voz estentórea, el monje gritó—: ¡Que la bendición de mi venerado patrón, el gran san Benito, os proporcione toda la suerte de venturas a ti y a los tuyos, maese Hubert Lindsay, guardián de las puertas del castillo de Nottingham! Déjanos entrar; acompaño a dos amigos: uno desea conversar con tu señor sobre cosas muy importantes; el otro necesita reponerse, descansar, y yo, si tú lo permites, daré a tu hija los consejos espirituales que reclama el estado de su alma.
—¿Cómo, sois vos, alegre y honrado Tuck, la perla de los monjes de la abadía de Linton? —respondieron desde el interior con cordialidad—. Sed bienvenidos vos y vuestros amigos, mi querido «gentleman».
Inmediatamente bajó el puente levadizo y los viajeros penetraron en el castillo.
—El barón ya se ha retirado a sus aposentos —contestó maese Hubert Lindsay, el encargado de las llaves, a Allan, el cual quería ser conducido sin demora junto al barón—, y si lo que tenéis que decir a milord no es cosa de paz, os aconsejaría retrasar esta entrevista hasta mañana, pues el barón está poseído esta tarde de una violenta cólera.
—¿Está enfermo? —preguntó el monje.
—Tiene su gota en un hombro y sufre como un condenado.
—Sus furores no me inquietan —dijo Allan—, quiero verle inmediatamente.
—Como deseéis, señor. ¡Eh! Tristán —gritó el guardián a un criado que cruzaba el patio—, dime cómo va el humor de Su Señoría.
—Sigue igual: grita y ruge como un tigre.
Tristán prosiguió su camino seguido por Allan, mientras que el anciano portero decía riendo:
—El pobre Tristán sube la escalera de la habitación del barón con la misma alegría que si se tratara de la de un cadalso. ¡Por la santa misa! su corazón debe tocar retirada. Pero pierdo aquí mi tiempo, amigos, y debo pasar revista a los centinelas situados en las murallas. Hermano Tuck, encontrarás a mi hija en el «office», ve allí, y, si Dios quiere, me uniré a vosotros antes de una hora.
—Muchas gracias —dijo el monje.
Y, seguido de Robín, se metió por un laberinto de corredores, galerías y escaleras en las que Robín se hubiese extraviado mil veces. El hermano Tuck, bien al contrario, conocía al detalle los lugares: la abadía de Linton no le era más familiar que el castillo de Nottingham, y con la suficiencia y el aplomo de un hombre satisfecho de sí mismo y orgulloso de ciertos derechos adquiridos desde hacía mucho tiempo, llamó a la puerta del «office».
—Entrad —dijo una voz juvenil y fresca.
Entraron, y, al ver al imponente monje, una preciosa niña de dieciséis o diecisiete años, en lugar de asustarse, se adelantó vivamente hacia ellos y les acogió con una sonrisa simpática y amistosa.
«¡Vaya, vaya!, —pensó Robín—, así que ésta es la ingenua penitente del santo monje. ¡Por mi fe! ¡Esta hermosa muchacha con los ojos chispeantes de alegría y los labios rojos y sonrientes, es la cristiana más bonita que yo haya visto nunca!».
Maude trataba al hermano Tuck mucho más como enamorado que como director espiritual; confesemos también que las actitudes del hermano eran bastante poco canónicas.
Robín se fijó en esto, y mientras hacían honor a los refrescos y a los víveres con que Maude había llenado la mesa, insinuó con aire cándido que el monje no era lo más parecido a un confesor temido y respetado.
—Un poco de afecto e intimidad entre parientes no es reprochable —dijo el monje.
—¡Ah! ¿sois parientes? Lo ignoraba.
—En grado muy próximo, joven amigo, muy próximo y muy poco prohibido, es decir, mi padre era hijo de uno de los sobrinos del primo de la tía abuela de Maude.
—¡Oh! un parentesco perfectamente establecido.
Maude enrojecía durante este diálogo y parecía implorar la misericordia de Robín. Las botellas se vaciaron, el cuarto retumbó con el entrechocar de los vasos, con el ruido de las risas y con el murmullo de algunos besos robados a Maude.
En el momento en que la velada estaba más animada, la puerta del «office» se abrió bruscamente y un sargento, acompañado por diez soldados, apareció en el umbral.
El sargento saludó cortésmente a la muchacha, y, lanzando una severa mirada a los convidados, dijo:
—¿Sois los compañeros del forastero que ha venido a visitar a nuestro señor, lord Fitz-Alwine, barón de Nottingham?
—Sí, —respondió Robín despreocupadamente.
—¿Qué más? —preguntó el hermano Tuck audazmente.
—Seguidme ambos a los aposentos de milord.
—¿Para qué? —volvió a preguntar Tuck.
—Lo ignoro; tengo órdenes, obedeced.
Robín y Tuck obedecieron, dejando muy a pesar suyo a la preciosa Maude sola y triste en el «office».
Tras haber atravesado interminables galerías y una sala de armas, el soldado llegó ante una gran puerta de roble sólidamente cerrada y dio tres fuertes golpes en ella.
—Entrad —gritaron bruscamente.
—Seguidme de cerca —dijo el sargento a Robín y a Tuck.
—Entrad de una vez, bellacos, bandidos, carne de horca; entrad —repetía con voz de trueno el viejo barón—. Entrad, Simón.
El sargento abrió por fin la puerta.
—¡Ah! ¡Aquí estáis, bribones! ¿En qué has estado perdiendo el tiempo desde que te envié en su busca? —dijo el barón lanzando miradas fulminantes sobre el jefe de la pequeña tropa.
—Si place a Vuestra Señoría, yo…
—¡Mientes, perro! ¿Cómo osas excusarte después de haberme hecho esperar durante tres horas?
—¿Tres horas? Milord se confunde, apenas hace cinco minutos que me dio la orden de conducir aquí a esta gente.
—¡Insolente esclavo! Se atreve a desmentirme. ¡Silencio, bribón! Ya he oído bastante. ¡Salid de aquí!
El sargento ordenó media vuelta a sus hombres.
—¡Esperad!
El sargento ordenó alto.
—No, ¡marchaos, marchaos!
El sargento volvió a indicar la marcha.
—¿Y dónde vais así, miserables?
El sargento ordenó alto por segunda vez.
—¡Os digo que salgáis de una vez, perros plomizos, milicia de caracoles, salid
Esta vez la patrulla salió por la puerta, y aún rugía el viejo barón cuando estaban llegando a su puesto.
Robín había seguido atentamente las diversas fases de esta interesante conversación entre Fitz-Alwine y el sargento; estaba aturdido y miraba al fogoso y extraño señor del castillo de Nottingham con ojos más asombrados que espantados.
Aproximadamente cincuenta años, estatura media, ojos pequeños y vivos, nariz aguileña, largos bigotes y espesas cejas, los rasgos enérgicos, la cara colorada e inyectada en sangre y una extraña expresión de salvajismo en todas sus maneras, éste es su retrato; llevaba una armadura desconchada y un ancho sobretodo de tela blanca sobre el que destacaba la cruz roja de los paladines de Tierra Santa. En esta naturaleza eminentemente inflamable, vitriólica por así decirlo, la menor contrariedad provocaba terribles explosiones; una mirada, una palabra, un gesto que le desagradaba, le convertían en un enemigo implacable que no pensaba ya más que en venganza, venganza a muerte.
El tono del interrogatorio que iban a sufrir nuestros dos amigos anunciaba nuevas tempestades. De forma sardónica y con cruel ironía, el barón exclamó:
—¡Adelante, joven lobo de Sherwood, y tú también, monje vagabundo, gusano de convento, ven aquí! Ya me contaréis, espero, sin engaños, por qué os habéis atrevido a entrar en mi castillo y qué plan de bandoleros ha hecho que dejéis la leña uno y la palmatoria el otro. Hablad con franqueza, pues de lo contrario conozco un maravilloso procedimiento para arrancar las palabras del gaznate de los mudos, y, ¡por San Juan de Acre!, este procedimiento lo emplearé en vuestro pellejo de blasfemos.
Robín lanzó una mirada de desprecio sobre el barón y no se dignó responderle: el monje guardó el mismo silencio y apretó convulsivamente entre sus manos el valiente bastón, la noble rama de cornejo que ya conocéis y sobre la que siempre se apoyaba, lo mismo al andar que estando parado, para adoptar un cierto aspecto venerable.
—¡Ah! no respondéis; ¿os enfurruñáis, caballeros, y no puedo saber a qué motivo debo el honor de vuestra visita? ¡Sabed, señores, que os completáis a la perfección: un bastardo «outlaw» y un mugriento mendigo!
—Mientes, barón —respondió Robín—, yo no soy el bastardo de un proscrito y el monje no es un mendigo mugriento; ¡mientes!
—¡Vaya! el perro de los bosques se atreve a desafiarme, a insultarme — gritó el barón estallando de cólera—. ¡Hola! ¡Puesto que tiene las orejas tan largas le clavarán de ellas en la puerta principal del castillo y le darán cien azotes!
Robín, pálido de indignación, pero conservando la sangre fría, permanecía mudo y miraba fijamente al terrible Fitz-Alwine mientras que tomaba una flecha de su carcaj. El barón se estremeció, pero no pareció comprender la intención del joven. Pasado un instante de silencio, continuó en tono menos violento.
—La juventud mueve mi misericordia, y, a pesar de tu impertinencia, no te haré arrojar inmediatamente a un calabozo, pero es preciso que contestes a mis preguntas, y al responder debes recordar que si te dejo vivir es por bondad de alma.
—No estoy en vuestro poder tan absolutamente como creéis, noble señor—respondió Robín con desdeñosa sangre fría—, y la prueba de ello es que no contestaré a vuestras preguntas.
Acostumbrado a una obediencia pasiva y absoluta por parte de sus servidores y de los seres más débiles que él, el barón, estupefacto, se quedó con la boca abierta; después, los tumultuosos pensamientos que se agitaban en su cerebro se transformaron en palabras incoherentes y en invectivas.
—¡Oh, oh! —dijo con risa estridente—, ¡oh! ¿No estás en mi poder, osezno mal lamido? ¿Quieres guardar silencio, mestizo de mono, hijo de bruja? Con un gesto, con una mirada, con una señal, puedo mandarte al infierno. Espera, espera, voy a estrangularte con mi cinturón.
Robín, siempre impasible, había tensado su arco y tenía preparada una flecha para el barón, pero Tuck intervino diciendo con voz insinuante:
—¿Su Señoría no ejecutará sus amenazas, espero?
Las palabras del monje operaron un cambio; Fitz-Alwine se volvió hacia él como un lobo rabioso hacia una nueva presa.
Robín lanzó una carcajada.
El barón, exasperado, cogió un misal y lo arrojó a la cabeza del monje con tal fuerza que el pobre Tuck, golpeado violentamente, vaciló aturdido; pero inmediatamente se rehízo, y, como no era hombre que recibiera tales regalos sin testimoniar prestamente su agradecimiento, blandió su terrible bastón y asestó un violento golpe sobre el hombro afectado de gota de Fitz-Alwine.
El noble lord saltó, rugió, mugió como el toro de un circo que acaba de recibir su primera herida, y alargó el brazo para descolgar de la pared su enorme espada de cruzado, pero Tuck no le dio tiempo; conservando la iniciativa administró un vigoroso correctivo al muy alto, muy noble y muy poderoso señor de Nottingham, el cual, a pesar de su armadura y de sus debilidades de gotoso, corría como un gamo por la habitación para escapar a los golpes del terrible bastón.
Varios minutos llevaba pidiendo socorro el barón cuando el sargento que había detenido a Tuck y a Robín abrió la puerta a medias y, con la cabeza entre las dos hojas, preguntó flemáticamente si le necesitaban.
Tan ágil como a los veinte años, el barón dio un salto desde el rincón de la alcoba al que le había llevado el bastón de Tuck hasta el umbral de la puerta que el sargento no se atrevía a trasponer sin que se lo ordenaran, ni siquiera para ayudar a su señor.
Pobre sargento; merecía ser acogido como un salvador, como un ángel guardián, y la cólera del señor, impotente contra el monje, se cebó en él en forma de patadas y puñetazos.
Finalmente, cansado de golpear a este ser inofensivo que no se atrevía a moverse, pues en esta época toda persona noble era sanamente inviolable para un vasallo, el barón recuperó el aliento y ordenó al sargento que detuviera a Robín y al monje y que le arrojara a un calabozo.
El sargento, liberado de las garras de su señor, partió como un rayo gritando: «¡A las armas! ¡A las armas!». Y volvió rápidamente acompañado por una docena de soldados.
A la vista de estos refuerzos, el monje cogió de la mesa un crucifijo de marfil, se colocó ante Robín, que quería disparar unas flechas, y gritó:
—En nombre de la santísima Virgen, en nombre de su Hijo, muerto por vosotros, os ordeno dejarme pasar. Desdicha y excomunión a quien se atreva a impedirlo.
Estas palabras, pronunciadas con voz de trueno, petrificaron a los soldados, y el monje salió de la habitación sin la menor oposición. Robín iba a seguir a su amigo cuando, a una señal del barón, los soldados se abalanzaron sobre el joven, le arrebataron su arco y sus flechas y le empujaron hacia el interior del aposento.
Agotado y baldado por los golpes, el barón se había dejado caer en un sillón.
—Vamos a ver ahora —dijo cuando, tras muchos esfuerzos, pudo hablar de nuevo—, vamos a ver. ¿Acompañaste a Allan Clare? —preguntó con tranquila ironía—. ¿Puedes decirme por qué razón se ha presentado en mi casa?
—Acompañé al señor Allan Clare hasta aquí, pero ignoro la causa por la que ha venido.
—¡Mientes!
Robín sonrió con infinito desprecio, y la afectada tranquilidad del lord dio paso a una violenta explosión de cólera; pero cuanto más se desataba su cólera, más sonreía Robín.
Fitz-Alwine, exasperado, pero concentrando su furor, abandonó su sillón y cogió su enorme espada. Un asesinato iba a ser cometido cuando se abrió la puerta dejando paso a dos hombres. Estaban ensangrentados y apenas podían andar.
Sus ropas estaban desgarradas y llenas de barro; parecían salir de un combate en el que no habían logrado la victoria. Al ver a Robín lanzaron al unísono un grito de sorpresa, y Robín, no menos asombrado, reconoció a los supervivientes del grupo de bandidos que la noche anterior había atacado la casa de Gilbert Head. La cólera del barón llegó a su paroxismo cuando contaron las desdichas de aquella noche y señalaron a Robín como uno de los más terribles adversarios; no esperó a oír el final del relato para gritar con rabia:
—¡Llevaos a este miserable y arrojadle a un calabozo! Le dejaréis allí hasta que confiese lo que sabe sobre Allan Clare y nos pida perdón de rodillas por sus insolencias… y hasta entonces, ni pan ni agua, que muera de hambre.
—Adiós, barón Fitz-Alwine —replicó Robín—. Si no voy a salir de mi calabozo hasta que no cumpla esas dos condiciones, no nos volveremos a ver. Hasta nunca, pues.
Los soldados le empujaban para apresurar su salida de la habitación; se puso a cantar a pleno pulmón, y su voz fresca y argentina seguía resonando bajo las tenebrosas galerías del castillo cuando la puerta de la prisión se cerró tras él.
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