14 mayo 2026

Robin Hood. Capítulo 4

 


Apenas giró la puerta sobre sus goznes, un hombre que se colocó de forma que impedía que se volviera a cerrar, apareció y franqueó el umbral instantáneamente. Este hombre, joven, robusto y de colosal estatura, llevaba un largo hábito negro con capuchón y anchas mangas; una cuerda le servía de cinturón; un inmenso rosario le colgaba a un lado y su mano se apoyaba sobre un grueso y nudoso bastón de cornejo. 
Un viejo, vestido de la misma forma, seguía humildemente a este hermoso monje. 
Tras los saludos de costumbre, se reunieron en la mesa con los recién llegados, y la alegría y la confianza volvieron a aparecer. Sin embargo, los dueños de la choza no habían olvidado el silbido del piso de arriba y el del bosque, pero disimulaban sus temores para no asustar a sus huéspedes. 
—Buen guardabosque, recibe mis congratulaciones; ¡tú mesa está admirablemente bien servida! —exclamó el monje alto devorando una tajada de venado. 
Los comensales se miraban con ansiedad, solamente el monje parecía no inquietarse por nada y proseguía filosóficamente sus ejercicios gastronómicos. 
—¡Qué grande es la Providencia! —continuó tras un momento de silencio  
—Sin los ladridos de uno de vuestros perros, al que alarmaron los silbidos, no hubiésemos podido descubrir vuestra morada, y, con la lluvia que empezaba a caer, sólo hubiésemos tenido agua pura para refrescarnos, según las reglas de nuestra orden. 
Dicho esto, el monje llenó y vació su vaso. 
—¡Buen perro! —añadió el religioso inclinándose para acariciar con la mano al viejo Lance, que se encontraba casualmente tumbado a sus pies—¡Noble animal! 
Pero Lance, rehusando responder a las caricias del monje, se levantó, estiró el cuello olfateando y gruñó sordamente. 
—Robín, dame mi bastón y coge el tuyo —dijo Gilbert en voz baja. 
—Y yo —dijo el monje joven—, tengo un brazo de hierro, un puño de acero y un bastón de cornejo: todo está a vuestro servicio en caso de ataque. 
—Gracias —respondió el guardabosque—, creía que la regla de tu orden te prohibía emplear tus fuerzas para tal fin. 
—Pero, ante todo, la regla de mi orden me ordena prestar ayuda y asistencia a mis semejantes. 
—Paciencia, hijos míos —dijo el monje viejo—, no ataquéis los primeros. 
—Seguiremos vuestro consejo, padre; primero vamos a… 
Pero Gilbert fue interrumpido en la explicación de su plan de defensa por un grito de terror lanzado por Margarita. La pobre mujer acababa de ver en lo alto de la escalera al herido, al que se creía moribundo en su cama, y, muda de espanto, dirigía los brazos hacia la siniestra aparición. Las miradas de todos se dirigieron inmediatamente hacia aquel mismo sitio, pero ya estaba vacía la escalera. 
Gilbert lanzó una significativa mirada a Robín y éste, sin que nadie se diese cuenta y sin hacer más ruido que un gato en sus rondas nocturnas, trepó al último escalón. 
La puerta de la habitación estaba entreabierta y los reflejos de las luces de la sala penetraban en el cuarto; del primer vistazo pudo Robín ver que el herido, en lugar de guardar cama, inclinaba medio cuerpo fuera de la ventana y hablaba en voz baja con una persona que se encontraba fuera. 
Nuestro héroe, arrastrándose por el suelo, se deslizó hasta los pies del bandido y aguzó el oído. 
—La joven y el caballero están aquí —decía el herido—; acabo de verles. 
—Tanto mejor, ya no se nos escaparán. 
—¿Cuántos sois, muchachos? 
—Siete. 
—Ellos sólo son cuatro. 
—Pero lo más difícil es entrar, porque la puerta parece estar sólidamente cerrada, y oigo gruñir a una jauría de perros. 
—No nos ocupemos de la puerta; más vale que permanezca cerrada durante el tumulto para que la dama y su hermano no se nos vuelvan a escapar. 
—¿Qué vas a hacer entonces? 
—¡Pardiez!, ayudaros a entrar por la ventana. Tengo disponible la mano derecha y voy a atar a esta baranda mis sábanas y mantas. Vamos, preparaos para subir trepando. 
—¡Seguro! —gritó de pronto Robín; y cogiendo al bandido por las piernas intentó tirarlo fuera. 
La indignación, la cólera, el ardiente deseo de conjurar los peligros que amenazaban la vida de sus padres y la libertad de la bella Mariana, centuplicaron las fuerzas del muchacho. En vano intentó el bandido resistirse a un impulso tan brusco; tuvo que ceder y, perdiendo el equilibrio, desapareció en el aire para caer no sobre la tierra, sino en el depósito lleno de agua que se hallaba bajo la ventana. 
Los hombres de fuera, sorprendidos por la caída inesperada de su compadre, huyeron hacia el bosque, y Robín bajó a contar la aventura. Primero hubo risas, pero tras ellas llegó la reflexión; Gilbert indicó que los malhechores, repuestos de su sorpresa, atacarían de nuevo la casa; se prepararon otra vez para rechazarles y el viejo monje, el padre Eldred, propuso una oración general para invocar la protección del Altísimo. 
Todavía se encontraban rezando cuando unos gemidos entremezclados con bruscos silbidos sonaron en el depósito; la víctima de Robín llamaba en su socorro a los que habían huido; éstos, avergonzados por su escapada, se acercaron sin hacer ruido, ayudaron al herido a salir del agua, le colocaron casi moribundo sobre el cobertizo y deliberaron sobre un nuevo plan de ataque. 
—Vivos o muertos, tenemos que apoderarnos de Allan Clare y de su hermana —decía el jefe de esta banda de mercenarios—; son las órdenes del barón Fitz-Alwine, y preferiría desafiar al diablo o dejarme morder por un lobo rabioso antes que volver ante él con las manos vacías. De no ser por la torpeza del imbécil de Taillefer, ya habríamos regresado al castillo. 
Adivinarán nuestros lectores que el bribón al que Robín había tratado tan bien se llamaba Taillefer. En cuanto al barón Fitz-Alwine, pronto le conocerán; por ahora debe bastarles con saber que este vindicativo personaje juró la muerte de Allan, en primer lugar, porque Allan ama y es amado por lady Christabel Fitz-Alwine, su hija, y porque lady Christabel ha sido destinada a un rico señor de Londres; en segundo lugar, porque Allan también posee ciertos secretos políticos que si se revelasen serían la ruina y la muerte del barón. En estos tiempos feudales, el barón Fitz-Alwine, señor de Nottingham, tenía derecho sobre la vida y la muerte de todo el condado, y le era fácil emplear a sus hombres en sus venganzas personales. ¡Y qué hombres, gran Dios! Taillefer era la más bella muestra.   
A golpes de maza, el jefe hizo estremecerse la puerta, la cual habría cedido de no ser por una barra de hierro colocada transversalmente en el interior. 
El objetivo de Gilbert era ganar tiempo a fin de terminar sus preparativos defensivos; no tenía confianza en la solidez de su puerta y quería que, cuando la abriera él mismo, los bandidos encontraran una buena acogida. 
Parecía el jefe de una ciudadela a punto de ser asaltada; distribuía las funciones, ponía a cada uno en su puesto, inspeccionaba las armas y recomendaba prudencia y sangre fría por encima de todo. De valor no hablaba, pues los que le rodeaban habían dado muestras sobradas. 
—Separémonos —dijo Gilbert—; yo, en este ángulo, desde el que haré llover las flechas sobre los intrusos; vos aquí, Allan, listo para acudir a todas partes en que haga falta ayuda; tú, Lincoln… 
En aquel momento un viejo de colosal estatura y armado con un bastón proporcionado a ella entró en la sala. 
—Tú, Lincoln, al otro lado de la puerta, frente al buen hermano, vuestros bastones se moverán a una; pero aparta primero la mesa y las sillas para que el campo de batalla esté despejado. Apaguemos también las luces, el hogar da suficiente claridad. Respecto a vosotros, mis valientes perros —añadió el guarda acariciando a sus bulldogs—, y tú, Lance, querido, ya sabéis dónde morder, atención.  
Durante esta puesta a punto de la defensa, los asaltantes, cansados de golpear inútilmente la puerta, habían cambiado de táctica, y la casa del guardabosque corría gran peligro. Felizmente Robín vigilaba desde lo alto de su observatorio. 
—Padre —dijo sin elevar la voz desde lo alto de la escalera—, los bandidos amontonan leña delante de la puerta y van a prenderle fuego; son siete en total sin contar el herido, sin duda medio muerto. 
—¡Por la misa! —exclamó Gilbert— no les demos tiempo a encender ni un haz; mi leña está seca y en un abrir y cerrar de ojos la casa ardería como un fuego de San Juan. ¡Abrid deprisa, abrid, padre benedictino, y cuidado todos! 
El monje, manteniéndose de lado, alargó el brazo, levantó la barra de hierro, hizo rechinar los cerrojos, y un montón de maleza entró en la sala por la puerta entreabierta. 
—¡Hurra! —gritó el jefe de los bandidos, que fue el primero en meter la cabeza en la habitación—. ¡Hurra! 
Pero sólo pudo lanzar este grito y no dio más que un paso; Lance le saltó a la garganta, el bastón de Lincoln y el del padre cayeron simultáneamente sobre su nuca, y rodó inmóvil por el suelo. 
El hombre que le seguía corrió la misma suerte. 
El tercero también, pero los cuatro restantes, habiendo llegado a la lucha sin ser detenidos por los perros como había ocurrido con sus predecesores, entablaron un combate en regla,  combate que Gilbert y Robín, situados como estaban, hubiesen podido acabar rápidamente con ventaja para ellos con sólo vaciar las flechas de sus carcajes sobre los enemigos, que atacaban con lanzas; pero Gilbert, más que derramar sangre, prefería dejar al benedictino y a Lincoln la gloria de acogotar a los esbirros del barón Fitz-Alwine, y se contentaba, lo mismo que Allan Clare, con detener los lanzazos. 
Así, la sangre no había corrido salvo allí donde habían mordido los perros; Robín, avergonzado de su inactividad, quiso mostrar su habilidad, y, digno alumno de Lincoln en la ciencia del bastón como lo era de Gilbert en la del arco, se apoderó de un mango de alabarda y unió sus molinetes a los terribles molinetes de sus compañeros. 
Al acercarse Robín, uno de los bandidos, un coloso, un Hércules, lanzó carcajadas burlonas y feroces, esquivó a Lincoln y al monje e hizo un giro ofensivo sobre el adolescente. 
Pero Robín, sin alterarse, esquivó el lanzazo, que le hubiese ensartado, y respondiendo con un golpe recto y horizontal en pleno pecho, envió al bandido contra la muralla. 
—¡Bravo, Robín! —gritó Lincoln. 
—¡Infierno y muerte! —murmuró el bandido, que vomitaba cuajarones de sangre y parecía próximo a expirar. Pero, repentinamente, levantándose sobre sus corvas, fingió vacilar un momento, y, ebrio de furor se precipitó sobre Robín con el hierro de su lanza por delante. 

Robín estaba perdido. El desdichado había olvidado en su triunfo el mantenerse en guardia, y la lanza, rápida como el rayo, iba a traspasarle, cuando el viejo Lincoln, que controlaba hasta el menor detalle, tumbó al asesino de un bastonazo asestado perpendicularmente en el cráneo. 
—¡Y cuatro! —gritó riéndose. 
Efectivamente, cuatro bandidos yacían en el suelo, ya sólo quedaban luchando tres, los cuales parecían más dispuestos a huir que a mantener la ofensiva. 
Y es que la enorme rama de cornejo manejada por el padre benedictino no dejaba de acariciarles los miembros. 
¡Era hermoso ver al padre con su cabeza desnuda y aureolada de santa cólera, con sus mangas subidas hasta el codo, con su largo hábito recogido por encima de las rodillas! 
El ángel Gabriel luchando con el demonio no tenía una prestancia más terrorífica. 
Mientras que este heroico monje, ante el que Lincoln manifestaba la más viva admiración, proseguía la lucha con el arma en la mano, Gilbert, ayudado por Robín y Allan, ataba sólidamente los miembros de los vencidos que aún respiraban. Dos de ellos pedían gracia, un tercero estaba muerto; el jefe, al que Lance seguía atenazando la garganta con sus mandíbulas, agonizaba horriblemente. 
Lance hundió cada vez más profundamente sus agudos dientes en la garganta de su víctima; la arteria carótida y las  
venas yugulares fueron seccionadas y la vida del malhechor se fue con su sangre. 
Enterados de la muerte de su jefe, los bandidos pidieron misericordia. Al dueño de la casa correspondía decidir su suerte. 
Gilbert Head era dueño de la vida de estos bribones; hubiera podido darles muerte de acuerdo con los usos y costumbres de la época, en la que cada uno se tomaba la justicia por su mano, pero le horrorizaba verter sangre fuera de los casos de legítima defensa; así pues, tomó otro partido. 
Levantaron a los seis heridos, reanimaron las fuerzas de los más maltratados, se les ató las manos a la espalda, después se les ató juntos como a galeotes, y Lincoln, asistido por el joven monje, les condujo a algunas millas de la casa, hasta uno de los más tupidos lugares del bosque, dejándolos a solas con sus pensamientos. 
Taillefer no formaba parte del grupo. 
En el momento en que Lincoln iba a atarlo al resto de la fila había dicho: 
—¡Gilbert Head, Gilbert Head, haz que me lleven a una cama; debo hablarte antes de morir! 
—No, perro ingrato; lo que debería hacer es colgarte del árbol más cercano. 
—Escucha, lo que tengo que decirte es de la máxima importancia. 
Gilbert iba a negarse nuevamente, pero creyó escuchar de labios de Taillefer un nombre que despertaba en él todo un mundo de dolorosos recuerdos. 
—¡Anita! ¡pronunció el nombre de Anita! —murmuró Gilbert inclinándose inmediatamente sobre el herido. 
—Sí, he pronunciado el nombre de Anita —respondió débilmente el moribundo. 
—¡Y bien! habla, dime todo lo que sabes de Anita. 
—No, no estamos solos —dijo Taillefer señalando al anciano monje, el cual rezaba ante el cadáver del bandido. 
Luego, agarrando el brazo de Gilbert, el herido intentó levantarse, pero el anciano le rechazó vivamente. 
—¡No me toques, descreído! 
El desdichado volvió a caer de espaldas, y Gilbert, enternecido a pesar suyo, le levantó suavemente; el recuerdo de Anita mitigaba su cólera. 
—Gilbert —prosiguió Taillefer con voz cada vez más débil—, te he hecho mucho daño; pero voy a intentar repararlo. 
—No pido reparación; sólo escucho lo que tienes que decirme. 
—¿Así pues no me reconoces, Gilbert?
—Te reconozco por lo que eres, ¡un asesino, un maldito traidor! —gritó Gilbert, que ya tenía el pie en el umbral de la puerta. 
—Soy peor que todo eso, Gilbert; soy Ritson, Roland Ritson, el hermano de tu mujer. 
—¡Ritson! ¡Ritson! ¡Virgen santa, madre de Dios! ¿es posible? 
Y Gilbert cayó de rodillas junto al moribundo, que se debatía en las últimas angustias de la agonía. 


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