Las crisis internas de los movimientos sociales suelen generar una fascinación extraña. Desde fuera, se tiende a hacer lecturas simplistas y tendenciosas.
E incluso hay quien las interpreta -a conveniencia- como la prueba definitiva de su incoherencia; desde dentro, a menudo se viven como una disputa entre relatos y formas incompatibles.
Pero las organizaciones transformadoras raramente entran en crisis por una sola causa.
Y cuando intentamos contarlas a partir de buenos y malos y bandos opuestos, casi siempre dejamos de comprender qué está pasando realmente. Es necesaria mucha honestidad para querer abordar la cuestión en toda su diversidad, complejidad y profundidad.
En las últimas semanas, la crisis vivida en el GOB Mallorca ha provocado un alud de comentarios, especulaciones y posicionamientos.
La dimisión de diez mujeres, miembros de la junta directiva que habían impulsado una candidatura ecofeminista en 2023, ha hecho aflorar discrepancias sobre formas de gobernanza, salud laboral, formas de entender el liderazgony modelos organizativos. Para ello, procede una lectura más ancha y profunda sobre qué nos dice este conflicto en relación con los retos que afrontan hoy en día las organizaciones ecologistas y otros muchos movimientos sociales.
El ecologismo vive un momento paradójico. Nunca había sido tan evidente la vigencia, la urgencia y la necesidad de sus denuncias –el monstruo se nos hace cada vez mayor, con más tentáculos, refina su relato y sus estrategias, y acelera la devastación desbordando la capacidad real de incidencia de los movimientos sociales– ni tan urgente, la necesidad de sus propuestas.
La crisis climática, la pérdida de biodiversidad, la turistificación y el agotamiento de los recursos, pero también sus consecuencias vitales en términos ecológicos, ambientales y de justicia social, dan cada día más argumentos a décadas de luchas ecologistas y nos conducen a la necesidad de juntar fuerzas desde la base y confluir con la lucha sindical, la lucha por los servicios públicos, la lucha feminista, la lucha antirracista, la lucha antifascista, los movimientos por la paz...) para poder impulsar las transformaciones ecosociales que deseamos.
Es una confluencia a la que tienden todos los movimientos sociales transformadores y prueba de ello son las iniciativas como Revueltas de la Tierra, el Foro Social estatal que trabaja por el pacto Ecosocial 'Más allá del crecimiento', los encuentros de redes internacionales contra la turistificación, las referencias a las universidades de verano anticapitalistas, a las que el GOB también ha sido conflictos) internos (de entidades ecologistas de referencia como puedan ser Ecologistas en Acción y Greenpeace. Ya no estamos sólo a tiempo de resistir, sino de pasar a la ofensiva y avanzar siendo palanca de cambio, y por eso necesitamos una base social ancha y cohesionada que trabaje codo con codo con un objetivo que es común y transversal: todas partes. Y, sin embargo, y quizá precisamente por eso, los movimientos que las impulsan, especialmente quienes llevan años de trayectoria, como es el caso del GOB, experimentan tensiones, desgaste y dificultades para sostenerse.
No se trata sólo de una confrontación entre conservacionistas y quienes defienden el ecologismo social (nadie cuestiona la defensa del territorio y la biodiversidad, como ejes sobre los que pivota todo el movimiento ecologista; porque sin el territorio y sus recursos no hay vida posible).
No se trata sólo de una cuestión de visiones generacionales enfrentadas, de nostálgicos versus visiones jóvenes y críticas, de reformistas versus revolucionarios. Ni siquiera se trata sencillamente de enfrentamientos en cuanto a modelos de gobernanza entre las que intentan incorporar los valores de los cambios y transformaciones que quisiéramos impulsar fuera, dentro de las propias organizaciones, y los que quisiéramos un modelo organizacional directivo y medido en términos de indicadores de rendimiento.
No es sólo una cuestión derivada de las incomodidades que genera la revisión crítica desde los feminismos a las estructuras, valores, jerarquías y objetivos de las entidades que deberían ser palanca y herramienta para la transformación social y las furibundas reacciones que genera. No es sólo ninguna de estas cuestiones por sí sola. Es todo junto y al mismo tiempo y amplificado por la urgencia de pactuar en un mundo donde los márgenes de posibilidad de los cambios reales que necesitamos urgentemente parecen cada vez más estrechos.
El reto de los movimientos sociales en general y del GOB en particular, radica precisamente en su capacidad, o no, de incorporar toda esta complejidad y dimensión en sus reflexiones estratégicas para convertirse en algo útil a la sociedad de estas islas en los escenarios presentes y futuros que deberemos enfrentar marcados por la crisis ecosocial e incertidumbre.
Hoy necesitamos que todas las estructuras organizativas y, aún más, las entidades con trayectoria y solvencia como ha sido y sigue siendo el GOB –pese a determinados mantras que se repiten hasta que acaban funcionando como verdades asumidas (que se ha perdido capacidad de movilización, que se ha perdido presencia la calle, que ya no se hace lo que se hacía antes) aunque se hayan impulsado grandes movilizaciones, aunque se hayan abierto nuevos frentes de lucha, aunque se haya ampliado la capacidad de incidencia social y política -sean los puntales por la punta la biodiversidad que nos sostienen como una herramienta más para la justicia social, la democracia y la acción colectiva.
Creo que ésta es una reflexión realmente necesaria en un momento en que resulta-temptador leer cualquier conflicto interno como una demostración de fracaso de unos y victoria de otros, y tirar la pelota hacia delante sin incorporar ningún elemento de revisión crítica a la que nos obligan los conflictos
Y el objetivo es avanzar como colectivo y sociedad. Si no se hace, no estaremos ante un avance, sino ante un mayúsculo retroceso que se acabará lamentando.
No hay comentarios :
Publicar un comentario