El Viejo y el mar. Ernest Hemingway. Capitulo 15
El siguiente tiburón que apareció venía solo y era otro hocico de pala. Vino como un puerco a la artesa: si hubiera un puerco con una boca tan grande que cupiera en ella la cabeza de un hombre. El viejo dejó que atacara al pez. Luego le clavó el cuchillo del remo en el cerebro. Pero el tiburón brincó hacia atrás mientras rolaba y la hoja del cuchillo se rompió.
El viejo se puso al timón. Ni siquiera quiso ver cómo el tiburón se hundía lentamente en el agua, apareciendo primero en todo su tamaño; luego pequeño; luego diminuto. Eso le había fascinado siempre. Pero ahora ni siquiera miró.
–Ahora me queda el bichero –dijo–. Pero no servirá de nada. Tengo los dos remos y la caña del timón y la porra.
“Ahora me han derrotado –pensó–. Soy demasiado viejo para matar los tiburones a garrotazos. Pero lo intentaré mientras tenga los remos y la porra y la caña.”
Puso de nuevo sus manos en el agua para empaparlas. La tarde estaba avanzando y todavía no veía más que el mar y el cielo. Había más viento en el cielo que antes y esperaba ver pronto tierra.
–Estás cansado, viejo –dijo–. Estás cansado por dentro.
Los tiburones no le atacaron hasta justamente antes de la puesta del sol.
El viejo vio venir las pardas aletas a lo largo de la ancha estela que el pez debía de trazar en el agua. No venían siquiera siguiendo el rastro. Se dirigían derecho al bote, nadando a la par.
Trancó la caña, amarró la escota y cogió la porra que tenía bajo la popa. Era un mango de remo roto, serruchado a una longitud de dos pies y medio. Sólo podía usarlo eficazmente con una mano, debido a la forma de la empuñadura, y lo cogió firmemente con la derecha, flexionando la mano mientras veía venir los tiburones. Ambos eran galanos.
“Debo dejar que el primero agarre bien para pegarle en la punta del hocico o en medio de la cabeza”, pensó.
Los tiburones se acercaron juntos y cuando vio al más cercano abrir las mandíbulas y clavarlas en el plateado costado del pez, levantó el palo y lo dejo caer con gran fuerza y violencia sobre la ancha cabezota del tiburón.
Sintió la elástica solidez de la cabeza al caer el palo sobre ella. Pero sintió también la rigidez del hueso y otra vez pegó duramente al tiburón sobre la punta del hocico al tiempo que se deslizaba hacia abajo separándose del pez.
El otro tiburón había estado entrando y saliendo y ahora volvía con las mandíbulas abiertas. El viejo podía ver pedazos de carne del pez cayendo, blancas, de los cantos de sus mandíbulas cuando acometió al pez y cerró las mandíbulas. Le pegó con el palo y dio sólo en la cabeza y el tiburón lo miró y arrancó la carne. El viejo le pegó de nuevo con el palo al tiempo que se deslizaba alejándose para tragar y sólo dio en la sólida y densa elasticidad.
–Vamos, galano –dijo el viejo–. Vuelve otra vez.
El tiburón volvió con furia y el viejo le pegó en el instante en que cerraba sus mandíbulas. Le pegó sólidamente y de tan alto como había podido levantar el palo. Esta vez sintió el hueso, en la base del cráneo, y le pegó de nuevo en el mismo sitio mientras el tiburón arrancaba flojamente la carne y se deslizaba hacia abajo, separándose del pez.
El viejo esperó a que subiera de nuevo, pero no apareció ninguno de ellos. Luego vio uno en la superficie nadando en círculos. No vio la aleta del otro.
“No podía esperar matarlo –pensó–. Pudiera haberlo hecho en mis buenos tiempos. Pero los he magullado bien a los dos y se deben de sentir bastante mal. Si hubiera podido usar un bate con las dos manos habría podido matar el primero, seguramente. Aun ahora”, pensó.
No quería mirar al pez. Sabía que la mitad de él había sido destruida. El sol se había puesto mientras el viejo peleaba con los tiburones.
–Pronto será de noche –dijo–. Entonces podré acaso ver el resplandor de La Habana. Si me hallo demasiado lejos al este, veré las luces de una de las nuevas playas.
“Ahora no puedo estar demasiado lejos –pensó–. Espero que nadie se haya alarmado. Sólo el muchacho pudiera preocuparse, desde luego. Pero estoy seguro de que habrá tenido confianza. Muchos de los pescadores más viejos estarán preocupados. Y muchos otros también –pensó–. Vivo en un buen pueblo.”
Ya no le podía hablar al pez, porque éste estaba demasiado destrozado. Entonces se le ocurrió una cosa.
–Medio pez –dijo–. El pez que has sido. Siento haberme alejado tanto. Nos hemos arruinado los dos. Pero hemos matado muchos tiburones, tú y yo, y hemos arruinado a muchos otros. ¿Cuántos has matado tú en tu vida, viejo pez? Por algo debes de tener esa espada en la cabeza.
Le gustaba pensar en el pez y en lo que podría hacerle a un tiburón si estuviera nadando libremente. “Debí de haberle cortado la espada para combatir con ella a los tiburones”, pensó. Pero no tenía un hacha, y después se quedó sin cuchillo.
“Pero si lo hubiera hecho y ligado la espada al cabo de un remo, ¡qué arma! Entonces los habríamos podido combatir juntos. ¿Qué vas a hacer ahora si vienen de noche? ¿Qué puedes hacer?”
–Pelear contra ellos –dijo–. Pelearé contra ellos hasta la muerte.
Pero ahora en la oscuridad y sin que apareciera ningún resplandor y sin luces y sólo el viento y sólo el firme tiro de la vela sintió que quizá estaba ya muerto. Juntó las manos y percibió la sensación de las palmas. No estaban muertas y él podía causar el dolor de la vida sin más que abrirlas y cerrarlas. Se echó hacia atrás contra la popa y sabía que no estaba muerto. Sus hombros se lo decían.
“Tengo que decir todas esas oraciones que prometí si pescaba el pez –pensó–. Pero estoy demasiado cansado para rezarlas ahora. Mejor que coja el saco y me lo eche sobre los hombros.”
Se echó sobre la popa y siguió gobernando y mirando a ver si aparecía el resplandor en el cielo. “Tengo la mitad del pez –pensó–. Quizá tenga la suerte de llegar a tierra con la mitad delantera. Debiera quedarme alguna suerte. No –dijo–. Has violado tu suerte cuando te alejaste demasiado de la costa.”
–No seas idiota –dijo en voz alta–. Y no te duermas. Gobierna tu bote. Todavía puedes tener mucha suerte.
–Me gustaría comprar alguna si la vendieran en alguna parte.
“¿Con qué habría de comprarla? –se preguntó–. ¿Podría comprarla con un arpón perdido y un cuchillo roto y dos manos estropeadas?”
–Pudiera ser –dijo–. Has tratado de comprarla con ochenta y cuatro días en el mar. Y casi estuvieron a punto de vendértela.
“No debo pensar en tonterías –pensó–. La suerte es una cosa que viene en muchas formas, y ¿quién puede reconocerla? Sin embargo, yo tomaría alguna en cualquier forma y pagaría lo que pidieran. Mucho me gustaría ver el resplandor de las luces –pensó–. Me gustarían muchas cosas. Pero eso es lo que ahora deseo.” Trató de ponerse más cómodo para gobernar el bote y por su dolor se dio cuenta de que no estaba muerto.
Vio el fulgor reflejado de las luces de la ciudad a eso de las diez de la noche. Al principio eran perceptibles únicamente como la luz en el cielo antes de salir la luna. Luego se las veía firmes a través del mar que ahora estaba picado debido a la brisa creciente. Gobernó hacia el centro del resplandor y pensó que, ahora, pronto llegaría al borde de la corriente.
“Ahora he terminado –pensó–. Probablemente me vuelvan a atacar. Pero ¿qué puede hacer un hombre contra ellos en la oscuridad y sin un arma?”
Ahora estaba rígido y dolorido y sus heridas y todas las partes castigadas de su cuerpo le dolían con el frío de la noche. “Ojalá no tenga que volver a pelear – pensó–. Ojalá, ojalá que no tenga que volver a pelear.”
Pero hacia medianoche tuvo que pelear y esta vez sabía que la lucha era inútil. Los tiburones vinieron en manada y sólo podía ver las líneas que trazaban sus aletas en el agua y su fosforescencia al arrojarse contra el pez. Les dio con el palo en las cabezas y sintió el chasquido de sus mandíbulas y el temblor del bote cada vez que debajo agarraban a su presa. Golpeó desesperadamente contra lo que sólo podía sentir y oír y sintió que algo agarraba la porra y se la arrebataba.
Arrancó la caña del timón y siguió pegando con ella, cogiéndola con ambas manos y dejándola caer con fuerza una y otra vez. Pero ahora llegaban hasta la proa y acometían uno tras otro y todos juntos, arrancando los pedazos de carne que emitían un fulgor bajo el agua cuando ellos se volvían para regresar nuevamente.
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