Fórmulas de cortesía entre los animales
Pese al carácter instintivo de la inteligencia social, hay animales que, con su escaso cerebro, están en condiciona de controlar con inteligencia y sagacidad algunas emociones arcaicas.
La forma de conducta de «jefe» se corresponde primariamente a las funclones del cerebro intermedio y su expresión es grosera, egocentrica y desconsiderada.Sobre esto, en la vida en la naturaleza, se presentan frecuentemente situacionese en que un tipo de comportamiento como éste puede llevar a la decadencia.
La idea quizá sorprenda, pero lo cierto es que para muchos animales
es cuestión de supervivencia el comportarse cortésmente entre ellos. Como ejemplo citaré al onagro o asno silvestre.
Al llegar la época del celo, el director del zoológico dejó que un onagro macho fuera trasladado a un recinto en el que había seis hembras. Y ocurrió lo peor: como un tigre, el macho se precipitó sobre el harén. Saltó en medio de las hembras, que se habían agrupado muy juntas, asustadas, en un rincón, y comenzó a cocearlas y a morderlas hasta hacer que se separaran y corrieran en
todas direcciones. Tres de ellas trataron de saltar sobre la cerca de alambre, pero se quedaron enganchadas por las patas y casi se rompieron los huesos.
El garañón cayó sobre ellas, las persiguió hasta dejarlas extenuadas, les dio coces que hubieran acabado con un hombre y las mordió en el cuello y la nuca. De un modo u otro acabó por aparearse bárbaramente, brutalmente, con cada una de las hembras.
A partir de entonces se considera a los garañones de los onagros, en oposición al «estúpido, terco y aburrido» asno doméstico, como el más satánico de los violadores del reino animal.
Pero en 1977 el profesor Hans Kingel, de Braunschweig, demostró que con los asnos salvajes en libertad las cosas son totalmente distintas.
El sol cae a plomo, implacable, sobre el desierto de Danakil, al nordeste de Etiopía. Ése es el único lugar del mundo donde todavía viven unos pocos cientos de onagros en libertad. El desierto de Danakil es uno de los más estériles, absolutamente llano, sin contar siquiera con dunas. Sólo, de vez en algún matorral seco.
Por la mañana, con los primeros rayos de sol, hay vida en esos matorrales.
Son los onagros. Por la ncxlhe la manada se separa por completo. Cada uno de los animales pasa la noche solo, escondido en uno de esos matorrales, tratando de hacer creer que forma parte de él. Ése parece ser el mejor método para defenderse de los leopardos, las hienas y otras fieras. Mejor que parmanecer
juntos, en manada, que en las noches de luna sería fácilmente descubierta por las fieras carnÍvoras.
Como cada mañana, ese día el macho Harro decidió unirse a un grupo de machos, un auténtico club de garañones más, entre otros muchos a los cuales se unía alternativamente según su capricho. Cierto que los machos están siempre separados de las hembras (con sus potrillos), pero pueden cambiar de grupo, dentro de esos límites, y lo hacen frecuentemarte.
Los agros no conocen lazos permanentes las hembra no quedan sometidas a la tiranía de un sultán en un harén como ocurre con los caballos salvajes. No existe ordenación jerárquica, ni opresión, ni obediencia. Todos y cada uno de ellos son individualistas al máximo y para ellos su libertad es lo más importante por encima de todo.
Precisamente ésa es la razón de sus extrañas costumbres «matrimoniales».
Un buen día, cuando se aproximaba la época del celo, Harro no sintió ganas de unirse a ninguna manada de machos y se dirigió al mismo lugar, en el desierto, donde había tenido su territorio de apareamiento durante los últimos
siete años.
Aquel lugar no era más que un paisaje seco y desértico tan plano como el océano en los días que no sopla el menor viento. Sin embargo, Harto supo encontrarlo, pues ya el año anterior se había ocupado de dejar sus marcas, ahora convertidas en estiércol seco, que señalaban los límites del terreno y su derecho de propiedad. Esto facilitó que diera con su «finca privada», de una extensión de unos veinte kilómetros cuadrados.
Sus otros rivales y vecinos estaban en sus propios territorios distantes entre cuatro y siete kilómetros.
A Harto no le quedaba otra cosa que hacer más que esperar, quizá semanas, hasta que las hembras decidieran visitar voluntariamente su tierra, y no llegaría una sola, sino toda una gran manada.
Al fin tuvo suerte. Un grupo de doce onagras lo había elegido a él y se acercaba lentamente. Aun cuando los otros garañones vecinos debían de observar la escena con ojos de envidia, estaba claro, por extraño que parezca, que respetaban la zona de soberanía de Harro y no intentaron en modo alguno quitarle las hembras.
Pero el onagro tenía que actuar con mucho tacto si no quería echarlo todo a perder. Por un lado a las onagras les gusta una «salvaje ternura». Si bien eran ellas las que llegaban a él, eso no signiñcaba que él no tuviera que poner de su parte, sino, al contrario, debía recibirlas con entusiasmo, con ganas, por decirlo así, aunque sin llegar a un extremo excesivamente impetuoso. Si se comportaba con excniva violencia, las hembras se asustarían y escaparían para buscar a alguno de sus vecinos y Harro hubiera tenido que conformarse con ver cómo los otros se lo pasaban bien con las onagras.
La comparación de este proceder con lo sucedido en el zoológico y el aparearniento bárbaro que allí tuvo lugar, muestra lo siguiente: por naturaleza el garañón onagro es bastante temperamental y violento cuando se trata de sus hembras. Pero éstas le obligan a comportarse bien, a tener buenos modales, pues si no lo hace así se marcharán en busca de otro más amable.
Sólo en el zoológico, donde existé una cerca que impide que las hembras puedan escapar, donde no hay otro garañón en las proximidades que le haga competencia y al que podrían acudir las hembras, el «sultán» del zoológico puede dar rienda suelta a lo peor de su brutalidad y barbarie. Si se comportara así en la vida en libertad, se vería excluido del acto de procreación y con ello su línea de descendencia se terminaría. Consecuentemente, su cortesía es cuestión de supervivencia.
Entre los caballos salvajes, como por ejemplo el mustang, el caballo mostrenco de Norteamérica, o los caballos salvajes de la Camargue, en el sur de Francia, los dos sexos tienen relaciones muy distintas a las de los asnos salvajes.
Viven todo el año en grupos formados por un macho que dispone de hasta doce yeguas y sus correspondientes potrillos. Pero en lo que se reúne al trato cortés y correcto del semental con sus yeguas se repite la situación de los onagros:
bajo la protección del hombre, como animales domesticados a medias, los sementales se convierten en auténticas furias, pero en la vida salvaje son un modelo de fidelidad y buenas maneras.
El jefe de uno de esos harenes, bajo la protección del hombre, se limita a mantener relaciones cariñosas y tiernas con su yegua preferida, generalmente un ejemplar muy joven. Las restantes damas de su harén hacen todo lo posible por molestarlo, siempre que pueden, de manera que él corresponde con la misma moneda. Inclusive durante el apareamiento el caballo cocea y muerde a la yegua y el acto, por lo general, resulta más bien reprobable.
Bajo la presión del continuo temor ante las fieras que ponen en peligro sus vidas, cuando los caballos están en libertad total, las relaciones en el seno del harén transcurren de manera mucho más armònica.
Eso podemos observarlo aún mejor en sus próximos parientes, que viven en el mismo sistema de harén: la cebra de la estepa.
Aquí, el «sultán» tiene que proteger a su harén, casi a diario, de peligros mortales. Por las no¿hes, si son atacados por una manada de ocho hasta quince hienas, el semental salta con el valor de un león y contraataca en defensa de sus «damas». Salta hasta meterse, nunca mejor dicho, en la boca del lobo, cocea, muerde con furia salvaje y, al mismo tiempo, trata de empujar a los suyos hacia el lugar donde sabe que hay otro grupo de cebras. Si lo logra y el otro semental acude a ayudarlo en la luclha, las hienas ceden y abandonan la presa.
Estos acontecimientos hacen que se consolide la comunidad de las cebras en una unidad firme, como un grupo de conjurados. Las yeguas respetan, por no decir que aman a su semental, y éste trata a las hembras de su harén con ternura y afecto, como si. fuesen un valioso tesoro.
Puede aproximarse al grupo otro semental forastero, más fuerte, y luchar con el «sultán», vencerlo y hacerle abandonar su territorio, pero eso no le servirá de nada al vencedor. Como experimentalmente ha quedado probado, las yeguas dejarán plantado al recién llegado en medio de la pradera y correrán a unirse con su antiguo macho al que le guardan fidelidad.
Se produce así una extraña paradoja: en la vida salvaje los animnles se comportan de un modo mucho más «moral» que en un medio ambiente civilizado por el hombre, donde a veces su comportamiento llega a ser bárbaro.
Cuando pensamos en el comportamiento de los onagros, cuesta trabajo no establecer un paralelismo con el Homo sapiens . En el zoo, donde las hembras no pueden escapar y buscarse otro garañón, la forma de dominio tiránico del macho se muestra en toda su barbarie, en toda la pureza de su salvajismo.
En libertad, el garañón tiene que controlarse, dominar su mal comportamiento porque si no las hembras se le irán en busca de otro más amable. El jefe de una empresa que sabe que sus subordinados se le pueden escapar (sea tratante de esclavos, un dictador o una persona que con medios sutiles sabe mantener al otro sujeto en necesaria dependencia de él), actúa como los asnos salvajes del zoo.
Desde ese ángulo tiene que ser comprendida también la historia de Obbo en el zoo, entre un grupo de congéneres que le eran extraños. Sólo en el zoo, donde los animales no tienen por qué sentir miedo de las fieras salvajes ni tampoco necesidad de conseguir su comida diaria, donde no existe una verdadera lucha por la existencia, en la que sólo la colaboración y la unión en el seno de la comunidad aseguran la supervivencia surgen todas las muestras del egoísmo de la lucha por conseguir un alto rango, con los privilegios y sus abusos. En la vida en la naturalaa los bablrninos (y también los demás animales) tienen otras cosas más importantes que hacer.
Es comprensible, pues, que si se contempla detalladamente y de manera comparativa con la sociedad humana el comportamiento de los animales encerrados en un jardín zoológico nos hará pronunciar más de una exclamación de sorpresa.
De acuerdo con la forma de comportamiento que dimana del cerebro intermedio, la opresión del inferior por el superior es una ley de la naturaleza.
Sólo puede superarse con los métodos de la democracia: cuando de modo permanente se puede despojar a un individuo del poder si abusa de él, pues los abusos le harán perder el apoyo de sus seguidores.
Resulta interesante observar que los animales tienden a comportarse bien, aun cuando los estímulos para ello sean más bien insignificantes. No me acuse el lector de cínico si pongo como ejemplo de esto, precisamente, al cerdo doméstico.
Jane era una marrana completamente normal en una pequeña piara que pacía en un prado cerca de la ciudad norteamericana de Kansas City. Era la jefa de su piara, formada por otras ocho cerdas. Esto quedaba en claro cada noche a la hora de irse a dormir. La piara sólo podía echarse para descansar después de que el animal de mayor rango jerárquico se acostaba y, con ello, daba un tácito permiso a las demás para que hicieran lo propio.
Jane era, pues, la primera en acostarse. La segunda en rango jerárquico se echaba a su lado y así continuaba, en perfecto orden, la línea descendente hasta que se acostaba la última de la jerarquía, que tenía que ocupar d extremo más externo de la «cama» y, consecuentemente, era la que pasaba más frío. De modo tan claro expresaban esos animales su categotía jerárquica, que el observador podía darse cuenta cada noche y de modo preciso cuál era la consideración social que cada animal tenía en la piara.
¿Se modificaría esa consideración, ese rango jerárquico bajo el influjo del alcohol? Ésa fue la pregunta que se hizo el profesor norteamericano Mi E. Tumbleson, catedrático de la Universidad Missouri, en Columbia (Estados Unidos).
Una mañana a la nariz de Jane llegó un embriagante olor. La artesa estaba llena de una mezcla de alcohol puro con zumo de naranja, en cantidad ilimitada. Jane apartó a un lado a todas las demás marranas y, con grandes muestras de glotonería y placer, se tragó un par de litros de aquella bebida desconocida.
Poco después, Jane estaba tan borra¿ha que no hacía más que gruñir, gritar y marchar de un lado a otro a pasos vacilantes. Tropezó con otro miembro de la piara y cayó sobre el vientre y se quedó tumbada roncando.
A partir de ese momento, la ebria jefa dejó de ser respetada por sus
«súbditas», pese a que ellas también estaban tan borrachas, que vacilaban sobre sus patas. No mostraban el menor freno, el menor respeto por su autoridad.
En otras palabras, Jane había sido depuesta de su cargo, degradada.
Eliza, que ocupaba el tercer puesto en la escala jerárquica, sólo había tomado unas gotas de alcohol. Fue, pues, la única que se mantuvo relativamente sobria, y casi inmediatamente después de aquella orgía se proclamó a sí misma jefa de la piara.
La resaca debió de ser horrible. Pero más horrible todavía encontró Jane la amarga realidad de verse degradada, desposeída y sustituida en su jefatuura por Eliza. Por lo visto, lo ocurrido llegó hasta el fondo del corazón de Jane, que no volvió a probar una gota de alcohol, pese a que se le ofrecía tentadoramente delante del hocico. Por propia iniciativa dejó el alcohol y se convirtió en abstemia. Y esa abstinencia tuvo su recompensa, pues, el cabo de tres días, volvió a ocupar su antiguo puesto, al frente de aquella piara de suministradoras de jamón.
También los demás animales se dieron cuenta, después de la borrachera del primer día, de cuál era la cantidad máxima de alcohol que podían beber en el futuro sin poner en peligro su categoría social. Las que siguieron bebiendo más eran precisamente las que ocupaban los lugares más bajos en la escala social, las que, como diríamos entre los humanos, «ya no tenían nada que perder». Como si quisiera consolarse de su desgracia, la marrana que ocupaba el penúltimo puesto en la jerarquía pasó a ser la más borracha, tratando de ahogar sus penas en alcohol. Se pasaba horas y horas junto al recipiente con la bebida alcohólica y no parecía importarle nada más, ni siquiera la comida.
Resulta notable la observación de que la última de la jerarquía no bebía tan exageradamente como la ya citada, que ocupaba un posición por encima de la suya. Por lo visto había sabido resignarse al hecho de tener que llevar el farolillo rojo. Esto, según el profesor Tumbleson, confirmó que «la resignación distiende los conflictos anímicos y, conseqüentemente, hace innecesario el ernbriagarse con alcohol».
Por parte de los animales, esto es una muestra verdaderamente sorprendente de inteligenda social: por un lado sienten el anhelo de un estimulante que tienen a su alcance de manera tan fácil como tentadora; pero, por otra parte, saben bien que si sobrepasan la medida y beben demasiado, eso podría traerles consecuencias muy graves en lo futuro. Su posidón en la comunidad, su estatuto social, signiñca para ellos más que el placer pasajero de la bebida y, por esa razón, lo limitan. iY nos atrevemos a hablar de manera tan despectiva de los cerdos!
No es tan contrario a la naturaleza, como podría parecer a primera vista, ese experimento con las bebidas alcohólicas, pues algunos animales salvajes se ernbriagan, como por ejemplo los colibríes, con algunos néctares. O los hulmanes, que lo hacen con las frutas caídas y fermentadas. Hasta los elefantes pueden emborracharse, como muestra el siguiente informe:
Varios días en el transcurso del año el Parque Nacional Krüger, en África del Sur, se cierra a los visitantes. Poco después de la época de las lluvias maduran las frutas del Inarabula, una especie de cerezo cuyas frutas amarillas son comidas en gran cantidad por los elefantes. Seguidamente éstos beben agua en abundancia.
En el interior del estómago de los elefantes se produce una fermentación cuya consecuencia es una gran borrachera. Algunos de esos pesados atletas se vuelven furiosos, arrancan árboles y aplastan los autos de los visitantes, Finalmente acaban tumbados y durmiendo la mona. Pero tan pronto se les ha pasado, vuelven de inmediato al "árbol del aguardientte".
No sabemos si entre los elefantes se dan esos delicadas matices que separán la abstinencia de la borrachera, como en las cerdas del ejemplo anterior, ni si eso influye de igual modo en la clasificación jerárquica. Resulta muy peligroso ponerse a hacer averiguaciones y a experimentar en medio de un grupo de elefantes borrachos.
El descubrimiento de que también los jefes de los grupos animales tienen que suavizar su conducta dictatorial y desconsiderada -mediante un buen comportamiento– si quieren conservar su puesto de privilegio y participar en la procreación subraya la importancia y el valor que inciden buenos modales en el reino animal.
¿Los seres humanos no llegamos a confundir con frecuencia la grosería con la expresión de una fuerte personalidad de superhombre? ¿Cuántas veces ocurre que esos triunfadores de nuestra sociedad no tienen otro encanto que una personalidad agresiva? Con cuanta frecuencia leemos en los periódicos anuncios en que se ofrece empleo a hombres con «carácter dinámico, capacidad de mando, rapidez de juicio y agresividad»? ¿No queda claro, en la mayor parte de las ocasiones, que bajo esas cualidades sólo se encubre algo que, si se tratara de una dama, calificaríamos de desvergüenza, estúpida, coquetetía, frialdad de carácter, falta de sentimientos y malos modales?
Esta conducta sólo puede ser explicada si se la acepta como un "pensamiento irracional".
La mayor parte de los ademanes de cortesía que conocemos en el reino animal, por el contrario, sólo expresan la predisposición a la pleitesía. Recordemos las demostraciones de sumisión y entrega de los babuinos de rango inferior, que han sido adaptadas y estilizadas en la prostitución humana; la señalización con sus heces que hacen los lobos en sus territorios; el «rehuir la mirada» de_la gaviota de cabeza negra; la inclinación de cornamenta del gamo, la forma como el cocodrilo ofrece el cuello, los «besos de saludo» de los coyotes, el darse la mano de los chimpancés, y tantos otros. En general, siempre se expresa lo mismo: el primero en ofrecer uno de esos ademanes muestra con ello que se sitúa por debajo del saludado en
la jerarquía social. iQué diferencia con la presunción humana!
En una pequeña comunidad en la que todos se conocen entre sí, como una horda de monos, grupo de leones, un grupo de siluros enanos, los delfines que comparten un acuario, o una bandada de cuervos, es posible que eso tenga sentido y rauzón de ser, puesto que contribuye al respeto del orden social establecido y asegura la paz interna de la comunidad.
En la .sociedad de masas, anónima, de los hombres, la ambición de convertirse en el «animal más elevado» expresada en una exhibid6n de falta de modales, en el mejor de los casos, resulta ridícula.
Expongamos un ejemplo tan típico como inofensivo: echemos un vistazo en nuestro entorno, en la sala de espera de un aeropuerto, por ejemplo, o ya en el interior de un avión en vuelo. Cada uno de nosotros trata de subrayar sus signos de superioridad, de expresar su estatuto social, mirando a los demás con aire de superioridad, de suficiencia, como si los otros no fueran nada, apenas aire o figuras difusas que no merecen la menor consideración, y a las que nos limitamos a dirigir un saludo, más bien forzado, como a aquel que se
sienta a nuestro lado. Eso resulta divertido: un grupo de jefes o de personas que quisieran llegar a serlo.
Ése es un ejemplo, tan terrible como acertado, de cómo una forma de comportamiento animal que es introducida por el hombre –vía cerebro intermedio- en la sociedad de la gran ciudad y para que degenere en una conducta asocial. En ese terreno se afianza una de las raíces del malestar que enferma, en la actualidad, las relaciones interhumanas.
El pensamiento de que hay animales que actúan no sólo más racionalmente sino también con mayor cortesía, podría llegar a armonizar, un poco, nuestras actuales disonancias.
¿Cuántas personas saben que hay animales que tienen un sentido excelente del ritmo y del compás? No quiero decir un sentido básico, sino que incluyo lo que éste tiene de capacidad de influir en los caracteres exmaorílinariaalente sensibles.
Incluso para nosotros, los seres humanos, el ritmo musical posee algo de violencia primitiva. El redoble del tambor del soldado logró, en siglos pasados, que un ejército derrotado reaccionara y se lanzara contra el enemigo en busca de la victoria o la muerte. El ritmo caliente del beat hace latir eI corazón de miles de estudiantes y adolescentes. Por el contrario un largo de Haendel nos produce temblores de emoción. Alegres melodías, programadas racionalmente por los sicólogos empresariales, deberían producir un aumento del rendimiento en el trabajo y de la capaddad creadora de trabajadores y empleados en fábricas y oficinas. Los médicos recetan a sus pacientes sicologicamente inestables piezas de música elegidas por sus ritmos que tienen efectos terapéuticos. Continuamente utilizamos la música, el ritmo, para lograr objetivos diversos, pero todavía nadie ha podido determinar, con fundamento, de dónde procede ese místico poder que ejercen los sonidos rítmicos sobre el ser humano.
Las marchas militares no fueron ideadas para divertir a los soldados, sino para obligarlos a marcar el paso. Sin embargo, en los defiles de la caballería cada caballo marcha a su aire sin seguir el compás. En las exhibiciones ecuestres en los circos, es la orquesta la que aoomoda su ritmo al paso de los caballos y no a la inversa, como se quiere hacer creer; y lo mismo hace la gitana húngara que acompaña a su oso bailarín a ritmo de pandereta.
El ritmo con que el faquir acompaña a su cobra es de todo punto inútil, puesto que esos reptiles son completamente sordos.
Por tales razones, hasta hace sólo muy pocos años algunos musicólogos y sicólogos, entre ellos W. Metzger, dedujeron que el sentido del ritmo era un don reservado por Dios a los hombres y que no era compartido por los animales. iQué gran error!
Hay muchos ejemplos que así lo prueban.
Cuando una ardilla camina a saltos por el suelo del bosque, da normalmente 120 saltos por minuto, cada uno de ellos de una longitud de 30 a 40 centímetros. El doctor Johannes Kneutgen, del Instituto Max-Planck de Etología, acompasó a ese ritmo un metrónomo, como los que se emplean en las escuelas de música.

Durante algún tiempo dejó que el metrónomo y la ardilla guardaran el mismo compás. Después, el etólogo cambió el compás del metrónomo y la ardilla saltó más de prisa o con mayor lentitud, siempre siguiendo el ritmo que le marcaba el aparato, en exacta sincronización. Cada vez que, como consecuencia de alguna desigualdad del suelo, la ardilla perdía el compás, se détenía un momento, escuchaba el tictac del metrónomo y seguía saltando, a 144 o 92 saltos por minuto, a la velocidad de compás que el investigador daba al aparato, pero sin volver a los 120 saltos por minuto que constituyen su paso normal. Quedó demostrado que hay animales que saben marcar el paso y poseen un excelente sentido del ritmo. Otro ejemplo más impresionante: del mismo modo que un cantante de ópera sigue cuidadosamente el compás marcado por la batuta del director de orquesta, el copsycus malabaricus, un mirlo del sudeste asiático, considerado como una de las mejores aves cantoras del mundo, acompasa su canto al tictac de un metrónomo.

Ese pájaro cuenta en su repertorio con un buen número de melodías, cada una de las cuales requiere un ritmo distinto, más rápido o más lento. ¿Cómo reaccionaria si, con ayuda del metrónomo se le hacía cambiar el compás de una de sus melodías?
Resultó que cada vez que se aceleraba el compás del mettónomo, de manera lenta pero continuada, el mirlo cantaba más de prisa, más de prisa.
Hasta que llegaba un momento en que el ave debía pensar que el compás era demasiado rápido para esa tonada y que ésta no podía adaptarse ya a él. Entonces, sencillamente, cambiaba de melodía y empezaba una nueva que se adaptaba mejor al compás marcado por el rnetrónomo.
Todo parecia marchar bien. Un experimento sencillo y sin complicaciones se creyó. Hasta que se hizo el lúgubre descubrimiento de que también algunos órganos internos adaptan su ritmo de actividad a un compás marcado exteriormente, aun en contra de nuestla voluntad.
Por ejemplo, si un hombre cuyo corazón late normalmente setenta veces por minuto coloca sobre su mesilla de noche un despertador que tiene un tictac de cien veces por minutos (afortunadamente ese tipo de reloj no existe), al cabo de media hora su pulso se ha puesto en las cien pulsaciones por minuto. En esos momentos no notará ni su ritmo cardiaco ni el tictac del reloj.
Pero se sentirá inquieto y, furioso, se preguatará qué le pasa que no logra dormir.
Igualmente, un despertador que tuviera un ritmo más lento, por ejemplo cincuenta y cinco tictacs por minuto, hará más lento el ritmo cardiaco. Ese efecto, que se denomina «efecto de imán», con el que el compás externo actúa sobre el ritmo cardiaco, causa el efecto de un somnífero excelente. Por lo tanto no es lo fuerte del tictac de un despertador lo que no nos deja dormir, sino el compás de su tictac.
El corazón de un perro reacciona aún con mayor obediencia. Normal
mente el ritmo cardiaco de un perro es de ciento a ciento veinte latidos por minuto. Mediante un ritmo adecuado puede conseguirse que el perro llegue a las trescientas pulsaciones por minuto, que-resultarían mortales para un hombre.
Si el «tictac» se hace más rápido, el perro trata de acompasarse al ritmo de manera distinta, haciendo que su corazón lata una vez cada dos, o incluso tres, «tictacs» del reloj.
El efecto de imán de un acompasador externo sobre los órganos del cuerpo puede tener efecto mortal en los peces, puesto que en ellos no sólo regula el ritmo cardiaco sino también el respiratorio, como puede comprobarse a simple vista observando el abrir y cerrarse de sus branquias.
La perca de colores, un pez tropical, necesita como mínimo respirar cuarenta y tres veces por minuto. Si se coloca en el acuário un «reloj» que marche al ritmo de cuarenta tictacs por minuto, al cabo de un minuto 'el animal ha sincronizado su ritmo respiratorio por debajo del mínimo vital. El pez se esfuerza convulsivamente por respirar con mayor rapidez, pero no lo consigue.
Se siente poseído por el pánico. Intenta huir de aquella fuente de sonido tan pavorosa y va de un lado a otro del acuario como loco, buscando en los rincones protección contra aquel sonido. Si no la logra, está perdido.
Esos experimentos han despertado, por primera vez, la sospecha de que posiblemente algunas de las enfermedades de los obreros que trabajan en determinadas fábricas se deban a que utilizan máquinas cuyo ritmo de funcionamiento no es acorde con el ritmo natural de los órganos humanos, sobre los que causan daños que repercuten en la salud. Se esutan realizando ya experimentos destinados a comprobar lo que pueda haber de cierto en ello, para aplicar sus consecuencias también en beneficio del trabajador. El inidador de esos experimentos ha sido el biólogo inglés doctor D. Bainbridge. Su tarea consistía en contar «puntos negros», en un preparado microscópico, en un número de varios miles al día. Siguiendo el tictac de un metrónomo consiguió realizar su trabajó con mayor rapidez.
A partir de ese momento se ha logrado dar rapidez mayor a otros trabajos monótonos y rítmicos que se realizan de manera casi automática, por ejemplo, el tejer a mano. El doctor Bainbridge sitúa el simple compás por encima de la música, corno estímulo del trabajo, porque opina que la melodía puede llegar a distraer de su trabajo a quien la escucha.
La investigación ha ido aún más lejos y se ha sobrepasado el estudio del efecto de tictac para pasar a estudiar el ritmo de vals. El doctor Jürgen Reinert, de la Universidad de Münster, ha logrado adiestrar mirlos haciéndoles reconocer distintos ritmos complicados. La señal «alto-bajo-alto-bajo» correspondiente al compás de dos, significa: «El comedero está lleno». La señal «no hay comida» es expresada por el compás de tres cuartos «alto-bajo-bajo». El probar que los pájaros .están en condiciones de conocer y distinguir estos dos ritmos, puede considerarse como una sensación en el terreno musicológico.
Pero todavía hay algo más: los mirlos reconocen el compás con toda claridad aun cuando sea sometido a diversos cambios; si el compás se hace más rápido o más lento; cuando el compás no se marca con un «tictac», sino mediante una nota en el piano, en el celo o en una trompa; cuando el compás se acompaña de una melodía en diversos tonos: cuando se modiñca su tono bajándolo o subiéndolo una octava. En todos estos casos los pájaros estuvieron en condiciones de comprender el signiñcado del ritmo y distinguirlo.
El doctor Reinert llegó a la conclusión de que la capacidad de entender distintas formas de compases y ritmos no está limitada al hombre.
¿Cuál es la razón de esa penetración de las capacidades animales en el campo de lo humano, en lo que podríamos considerar como la antesala del arte? ¿Para qué precisan los animales ese sentido del ritmo?
Las aves emigrantes que vuelan en formación mueven sus alas totalmente a su gusto sin seguir «el paso», mientras que un atleta, por ejemplo, un corredor de los diez mil metros, jadea enormemente cuando un rival que corre -delante de él lleva un ritmo de carrera que se contradice conel suyo- quizá porque tiene las piernas más cortas– y no es el mejor para sacar todo el provecho posible de sus facultades.
La alondra común, que asciende por el espacio volando con su estado peculiar no muestra la menor sincronización entre el movimiento de sus alas y el ritmo de su zigzagueante vuelo, mientras que a un hombre le resulta imposible cuando va de paseo silbar una canción a compás distinto del de su paso. A la limosa, una zancuda, le ocurre lo mismo que al hombre: cuando vuela en celo, sólo canta a ritmo del movimiento de sus alas.
El buen observador no tarda en darse cuenta de que cuando se trata del celo o la reproducdón también entre los animales entra en juego su sentido del ritmo.
Contemplemos el acto de apareamiento de una pareja de patos silvestres en el lago. Cuando el macho está sediento de amor, se pone a nadal delante de la hembra y comienza a mover la cabeza rítmicamente. Con ese movimiento acompasado logra, poco a poco, que la hembra se sienta interesada en el acto sexual.
Nos encontramos aquí con un acto de transmisión de estado de ánimo, no mediante la música, como con el canto de los pájaros o en una sala de conciertos sino por el puro ritmo. Con movimientos ritmicos un animal consigue que el otro se convierta en receptáculo de sus sentimientos y reaccione ante ellos. Sólo cuando los sentimientos de los dos componentes de la pareja, el macho y la hembra, se han acompasado y actúan al mismo ritmo, cuando la hembra mueve la cabeza al mismo compás que el macho, se consigue el perfecto acuerdo entre ambos y se establece la necesaria armonía para el acto de apareamiento.
Sin ese sentido del compás y del ritmo, los animales serían incapaces de amarse y procrear.
En la danza de celo de la grulla común se une el sentido del compás con ademanes de cortesía.
Por lo general, es el macho el que la inicia, con movimientos rítmicos circulares en los que combina saltos de entre uno y dos metros de altura, al tiempo que abre sus poderosas alas que pueden tener más de dos metros de envergadura y exhibe su añlado pico ante su hembra. En la traducción de estos ademanes del profesor Konrad Lorenz esto significa: «iMírame bien! Soy grande, fuerte y causo miedo.»
Una demostración de fuerza unida a unos gestos de galantería ante la esposa... No hay nada que pueda causar una impresión más favorable y duraera en una mujer.
Con esto surge una perspectiva paradógica:
Por un lado el comportamiento rústico del hombre tiene sus raíces instintivas en el mundo animal. Por otra parte podemos ver que incluso entre los animales se practican los buenos modales, no sólo porque de ese modo la convivencia se hace más agradable sino porque se trata de una cuestión de supervivencia. iLos agresivos, los furiosos, se destrozan entre sí mutuamente!
Los animales poseen un sentimiento infalible para comprender la medida armónica de las cosas. Conocen la necesidad de "situarse", de establecer "su personalidad", pero saben también dónde están los límites de lo atribuible a cada uno.
¿No deberíamos nosotros los hombres, con la fuerza de nuestra razón, estar en condiciones de volver a encontrar esa armónica medida de convivencia en nuestra sociedad?