06 octubre 2024

Sobrevivir 6. Los animales gordos no duermen mucho

Sobrevivir 6: 

Los animales gordos no duermen mucho


Muchos de nuestros contemporáneos, que experimentan la sobrecarga de un excesivo peso corporal provocado por las grasas, se consuelan con la errónea creencia de que a los animales les ocurriría igual que a ellos si pudieran disponer de fuentes alimenticias inagotables.
Sí, hasta hay algunos gordos que intentan convertir esa debilidad humana que es la obesidad en una prueba de fortaleza y de su enérgico carácter de animales de presa. Cuanto más agresivo, violento y vital es un animal, opinan, más capacitado está para devorar mayor cantidad de alimentos.
Pero veamos qué ocurre en realidad.


Piraña

El ejemplo más claro de la gula animal nos lo ofrecen las pirañas, ese pez carnívoro del Amazonas. Un grupo de pirañas puede dejar transformado en limpio esqueleto, en cuestión de pocos minutos, a un oso que tuviera la desgracia de caer al agua. Si se les ofrece comida en cantidad ilimitada, ¿cuánto tiempo necesitarían para convertirse en informes bolas de grasa?
El etólogo doctor Richard M. Fox trató de obtener respuesta a esa pregunta, tan interesante, con el siguiente experimento:
En su casa tenía un gran acuario en el que mantenía vivas a dos pirañas,
de unos veintitantos centímetros de longitud, a las que ofreció, de una sola vez, veinticinco peces dorados del mismo tamaño que ellas. La cuestión era si aquello daría origen a. una sangrienta matanza, seguida de una frenética orgía alimenticia.
Pero con gran sorpresa sucedió algo fundamentalmente distinto. Las pirañas devoraron un solo pez que se repartieron entre ellas, es decir, la misma cantidad de alimento que normalmente ingerían a diario. 
Sin embargo, las pirañas comenzaron por devorar las aletas de todos los
demás peces. Con ello dejaban a los peces dorados vivos pero incapaces de moverse. Y así siguieron en el acuario, flotando inmóviles, cabeza abajo en el agua. ¡Un depósito en el cual la carne se mantenía fresca, viva, no podía escaparse y estaba continuamente a disposición de aquellos depredadores!
En medio de aquella superabundancia alimenticia, las terribles pirañas no
se habían lanzado a un banquete desenfrenado para hincharse de comer y engordar sin límite. Lo que hicieron fue asegurarse un suministro· de víveres abundante del cual cada día tomaban lo que realmente necesitaban. Es decir, que cuando las pirañas devoran un oso hasta los huesos es porque se han reunido varios cientos de ellas, que atacan simultáneamente y se disputan la mayor parte posible del botín.
Del mismo modo se comportan las barracudas jóvenes. En bancos de hasta cuatrocientos miembros llevan a cabo auténticas batallas de cerco contra los bancos de los peces que le sirven de alimento. Su forma de luchar consiste en cercarlos, empujarlos hasta un pequeño golfo, tan apretados entre sí como si estuvieran en una lata de sardinas, y sólo entonces atacan.
Tan pronto como están hartas, las barracudas detienen su matanza. Pero
no se alejan de allí, sino que guardan a los peces restantes presos, como los perros de pastor hacen con sus rebaños. Y solamente dos días después, cuando de nuevo tienen hambre, vuelven a «pescar» en su reserva.

Barracuda

En principio, los herrerillos que viven en nuestro jardín se comportan del mismo modo. Cuando los amantes de los pájaros, durante el invierno, les
ponen a su disposición comida suficiente, nunca se lo comen todo de una vez. Todo lo contrario: desafiando incluso el peligro de que otros pájaros puedan arrebatarles parte de su comida, sólo toman la que necesitan en cada momento y en seguida se van para buscar alimentos en otras partes. Sólo regresan algún tiempo después, cuando el hambre los obliga a ello. Con esto los animales muestran un talento que el hombre perdió hace ya mucho tiempo. Esos pájaros nunca agotan una fuente de alimentos antes de haber dado con otra. Insisten en tener siempre más «de un hierro en la fragua» Prefieren que otros pájaros extraños compartan su comida a permitir que una de sus reservas alimenticias sea agotada del todo y los deje en peligro de morir de hambre. Un pájaro que se pasa sin comer dos días sufrirá esa suerte. Esto explica claramente por qué los herrerillos sólo comen lo que necesitan, se comportan precavidamente con sus reservas y no las desperdician.


herrerillo

Podría continuar relatando una serie de ejemplos; hasta la vaca en el prado, que tiene a su disposición toda la hierba que podría soñar, pero que pese a ello jamás come demasiado y se mantiene delgada.
Se trata de instintos superpotentes los que prohiben a los animales tener
barriga. En la naturaleza libre, en la vida natural, apenas si hay algún animal -salvo muy contadas excepciones- que esté obeso y sobrecargado de peso.
Resulta típico que el mayor número de excepciones a esta regla se dé en
los animales que viven bajo el cuidado del hombre. No es casualidad que las personas obesas sean dueñas de perros gordos. ¡Quién no conoce la historia del ganso al que le meten la comida a la fuerza en el gaznate cuando ya hace tiempo que el animal se asquea de comer! ¡Quién no ha visto esos repugnantes perros tan gordos que la barriga les arrastra sobre la alfombra o esos gatos barrigudos que le dan a uno la tentación de colocarles un patín bajo la panza para que, de ese modo, puedan avanzar más cómodamente!


Naturalmente, es el hombre el ejemplo más notable en la naturaleza del exceso de peso, de una gordura tan carente de sentido como perjudicial. ¿A qué se debe que el alejamiento de la vida natural traiga consigo el peligro de la obesidad?
Si a una serpiente pitón se le ofrece la posibilidad de elegir entre una rata o un cerdito de cincuenta kilos de peso, en una pieza, se decide siempre por la porción más pequeña. Una rata le basta para mantenerse durante dos semanas.
Por su condición de animal de sangre fría una pitón, que no necesita crear calor corporal, sólo precisa una cantidad de alimentos que a los hombres nos parecería ridícula. Si se hubiese engullido el cerdo, hubiera tenido que pasar un año, o quizá más, antes de volver a sentir hambre.
Entre otras cosas, una serpiente se siente verdaderamente incómoda después de una comilona, contrariamente a lo que le sucede al hombre. La verdad es que necesita varias semanas para digerir a un cerdito. En los primeros días después de su banquete, el animal que le sirvió de presa, si es demasiado grande, le causa una auténtica «pesadez de estómago» y queda deformada por el bulto de la comida hasta tal punto que le cuesta trabajo moverse y luchar.

Serpiente piton

En esos días y en ese estado está indefensa ante sus enemigos. Si es atacada por un leopardo, o por el hombre con garrotes, trata de expulsar su comida, mediante fuertes eructos y una vez libre de ella busca la forma de escapar.
Ésta es la razón por la cual la serpiente gigante, con frecuencia, prefiere
una rata o un pájaro y sólo en extrema necesidad, cuando está hambrienta, se atreve a engullirse una presa de gran tamaño.
En muchos animales el miedo afecta impulsivamente al estómago. Una garza que ha pescado más que suficiente y se ha atiborrado de peces, vomita su apreciado manjar si se siente acosada por perros, pues de ese modo puede emprender el vuelo con mayor rapidez.
El fulmar ha tenido la virtud de saber transformar esa necesidad de vomitar en un arma defensiva de excepcional efectividad. Este ave, un pequeño pariente del albatros, anida en las pequeñas grietas de los acantilados de muchas islas del Atlántico Norte. Allí se queda quieto, sin protección alguna, como si se ofreciera en bandeja, y no puede defenderse de los ataques de las gaviotas, cuervos, búhos de las nieves, águilas marinas y otras aves de presa, si antes no se siente poseído por un gran terror que le obliga a vomitar en la cara de su enemigo todo el contenido de su estómago.
Los jugos gástricos del fulmar forman un engrudo apestoso, grasiento y peguntoso de insuperable permanencia. Un ornitólogo que hace unos trece años fue alcanzado de pleno por uno de esos vómitos, lavó toda su ropa y la colgó en el cobertizo. Todavía sigue apestando. Una gaviota alcanzada por esa «peste negra» muere irremisiblemente.
El miedo también afecta al hombre en su estómago. Pero, en la mayoría de las ocasiones, el contenido estomacal sigue su camino normal, aunque en casos de miedo extremo, unido a la visión de la sangre o de una gran mutilación, podemos reaccionar igual que la garza, expulsando la comida.
En casos de un temor moderado, algunos hombres comen extremadamente poco, o nada; otros por el contrario, con monstruoso exceso, dependiendo la reacción del tipo de agresividad que empleen para compensar su miedo. En situaciones de temor los demás animales apenas conocen más que una actitud: ayunan.
Un tigre caído en una trampa es sin duda un peligroso enemigo que muerde furiosamente, pero no se comerá ni un trozo de carne en tanto vea su vida en peligro.
Un perro cuyo dueño ha muerto, puede ayunar hasta llegar a morirse de hambre, a causa de su pesar. Pero podría ser también que su negativa a ingerir alimento se debiera al temor de haberse quedado solo en un mundo extraño a él, lo que le obliga a no tocar la comida.
En los animales que son presas favoritas de los carnívoros y que viven en
libertad sometidos a un continuo temor, el miedo adquiere distintos grados, según las circunstancias, pero influye permanentemente en su apetito.
El ratón de patas blancas, una especie de hamster de Norteamérica, ha sido objeto de una investigación por parte del profesor Edward O. Price. Apresó algunos de estos animalitos, que vivían en libertad en las proximidades, y los llevó a un lugar desconocido para ellos. Los animalitos, pese a tener comida a su alcance en abundancia, se pasaron varios días de ayuno. Otros ratones caseros, que casi podrían considerarse como animales domésticos, dado que sus antepasados desde hacía diecisiete años y veinticinco generaciones venían criando en el laboratorio, al ser trasladados a un lugar extraño no demostraron el menor temor y siguieron comiendo sus raciones diarias como si no hubiera pasado nada.
Aquí se pone al descubierto una de las fuentes del aumento de la gula en los animales domésticos (¿y también en el autodomesticado ser humano?): tan pronto como tienen que vivir una situación de peligro, la domesticación suaviza los peores terrores en la vida sensorial. Y con ello aumenta el apetito.
El miedo es, por lo tanto, el mejor regulador del apetito en los animales de vida salvaje. Los animales obesos, panzudos, no viven mucho, pues dejan de estar bien capacitados para la lucha por la existencia.
Tenemos que buscar mucho en el mundo de los animales que viven en libertad hasta dar con alguna excepción de esta regla.
Una búsqueda de este tipo, tratando de encontrar ejemplares obesos, nos llevó a las tinieblas eternas de la profundidad de los mares. A dos mil metros bajo la superficie de las aguas vive la raya negra, que consiste en una boca enorme llena de horribles dientes, y un minicuerpo detrás. En la densa oscuridad de las profundidades donde vive, otro animal sólo podría ver de ese auténtico monstruo una pequeña lamparita, que el pez exhibe colgada de una «espina» semejante a una diminuta caña de pescar, que oscila por encima de su invisible boca.


raya negra

Algunos peces de las profundidades creen que esa lucecita pertenece otro pez pequeño, de las especies que le sirven de alimento y, consecuentemente, se lanzan contra lo que en realidad no es más que un cebo engañador.

Y con ello se pone en marcha la más diábolica máquina engullidora que imaginarse pueda. Como en una explosión la raya negra infla de golpe su minicuerpo hasta hacerle alcanzar un tamaño tres veces mayor. Para conseguirlo, sorbe una gran cantidad de agua, que arrastra en su violento chorro al pez que se creyó cazador y se ve convertido en presa. La raya negra puede tragarse así, enteros, a peces dos veces mayores que ella. Inmediatamente su dilatado estómago queda colgando como un globo gigantesco a medio llenarpor debajo del pez, hasta que el enorme contenido es digerido.

A la raya negra ese exceso de panza no le res':llta perjudicial porque se trata de un animal que no tiene enemigos y tampoco está obligado a moverse mucho en sus partidas de caza.

Otro animal, éste terrestre, que no tiene a quien temer -dejando a un lado a sus propios compañeros de raza- es el león macho. La caza es misión exclusiva de las hembras que, además, antes de comer ellas, tienen que esperar que su «hombre» se haya servido, generalmente lo mejor de la pieza.

Al león, pues, se le ofrecen las mejores oportunidades para comer hasta

engordar. Pero no la usa nunca. El zoólogo Chris McBride ha observado lo que realmente ocurre: «Cuando los leones han dado caza a un animal de gran tamaño devoran una enorme cantidad de carne. He visto tan lleno al león Agamenón) que apenas si podía tenerse de pie, respiraba con dificultad, se quejaba y daba muestras de no encontrarse nada bien. Se quedó tumbado, inmóvil, con una panza tan hinchada que parecía fuera a hacer explosión.



»Si hay carne en abundancia, los leones comen y comen hasta quedar atiborrados. Pero a continuación pueden pasarse una semana sin tomar otra comida. Esa facultad de su organismo debe estar en relación con su existencia en zonas donde la caza escasea y puede resultar provechosa desde el punto de vista de la conservación de la especie.»

Otro animal que puede permitirse el lujo de comer hasta hartarse es uno

que, si bien no posee armas terribles, en su lugar cuenta con una poderosa guardia personal. Nos referimos a la hormiga del desierto, una especie que vive en las zonas secas de todo el continente americano, así como de África y Australia (realmente el fenómeno se da en distintas especies y se ha desarrollado en ellas de manera independiente). Estas hormigas, para sobrevivirdeben almacenar miel durante el buen tiempo para el período de hambre que le sigue. Pero, contrariamente a las abejas, no construyen panales.

En vista de ello eligen en cada hormiguero seiscientas obreras que les servirán de despensa viviente. En tanto pueden producir miel en abundancia, esos animales elegidos como despensa son cebados por sus compañeras de hormiguero de tal modo que la parte trasera de su cuerpo aumenta de tamaño unas cien veces hasta alcanzar el tamaño de una cereza. Cebadas hasta el punto de estallar, se cuelgan en la bóveda de sus nidos, situados a unos metros bajo tierra, como si fueran jamones puestos a secar. Si una de ellas muere, cae como una gran gota de agua y revienta al estrellarse contra el suelo.

Cuando llegan los tiempos difíciles, los que anteriormente las cebaron acuden a cebarse en ellas hasta que el «estómago común» de estas ollas de miel vivientes se queda vacío. Entonces se encogen y mueren y son tiradas por sus compañeras como si fueran botes de conserva vacíos.

La vuelta a la delgadez no significa la vuelta a la vida.

El termes reina posee una barriga que puede dilatarse hasta alcanzar un volumen doscientas veces superior al normal. Protegida por una fortaleza tan sólida como si estuviera construida con cemento y por un ejército de soldados, reside en el centro del termitero, como en una especie de caja de caudales por cuyas pequeñas puertas entran y salen de manera continuada, como en un trabajo en cadena, miles de obreras, día y noche, para ofrecer a la reina el alimento de su secreción, que ésta almacena en la parte anterior de su cuerpo, y para recoger los excrementos y los huevos recién puestos, que salen por el orificio posterior de la reina al ritmo de dos segundos, y que las obreras se

llevan de allí.

Hasta qué punto llega la inmovilidad a que su gigantesca panza obliga a la reina, queda probado cuando tras muchas ampliaciones de la cámara real, ésta ya no puede hacerse mayor y exige que todo el recinto real sea trasladado.

El desfile grotesco que transcurre por el interior del termitero exige la destrucción de muchas de sus paredes internas, la instalación de rampas y la construcción de nuevos caminos y túneles; la pesada reina tiene que ser transportada milímetro a milímetro, arrastrada por cientos de obreras, hasta dejarla en la nueva cámara real.

Esa superalimentación, que le permite que su barriga aumente doscientas veces su tamaño y su peso corporal normal se multiplique por la misma cantidad, sólo puede ser practicada por la reina porque es alimentada y protegida por sus súbditos de peso normal. Sin esa ayuda y protección la reina moriría de obesidad. Hay que tener en cuenta también que la reina es, realmente, sólo «una máquina de poner huevos», por lo tanto lo que importa no es su supervivencia individual sino el servicio que presta al crecimiento de la comunidad.

Otros pequeños animales hembras, por amor a sus hijitos todavía en su vientre, tienen que comer no por dos, como se dice de la mujer embarazada, sino para ciento. Eso les sucede a la garrapata y al mosquito.

La hembra de la garrapata puede pasar hasta dos años sin comer nada en absoluto. Es una de las mejores ayunadoras del reino animal. Sin embargo, cuando encuentra una víctima se da un auténtico banquete, digno de Pantagruel, con su sangre. Este insecto, que sólo pesa dos miligramos, puede tragarse hasta cuatrocientos miligramos de «este humor tan extraordinario», en un tiempo que oscila entre siete y trece días. Comparativamente sería como si un ser humano se comiera, en ese tiempo, 14 000 kilos de alimentos, es decir, entre una y dos toneladas diarias. 


garrapata


La hembra de la garrapata sólo es aceptada por el macho precisamente cuando está chupando sangre, pues durante el apareamiento el macho clava su aguijón en el intestino lleno de sangre de la hembra y sorbe la sangre que ésta, a su vez, está quitándole a su víctima. El macho se convierte en parásito de su hembra parásita.

Este método, aparentemente grotesco, no es perjudicial ni para la hembra ni para los hijos. Mientras más sangre el macho toma de la hembra, más cantidad saca ésta del hombre o del animal de sangre caliente sobre el que está pegada.

El mosquito no puede permitirse celebrar unas bodas de sangre semejantes sobre la piel de su víctima. La hembra se aparea tan pronto cree tener la certeza de que hay a su alcance una fuente de sangre. Hasta que llega ese momento, conserva el semen del macho en una cavidad especial de su cuerpo.

Si la hembra del mosquito logra repostar sangre suficiente, produce unos

quinientos huevos. Si es molestada e interrumpida antes de que pueda extraer a su víctima toda la sangre necesaria, pone un número de huevos proporcional

a la cantidad de sangre que logró "picar". Lo que resulta sorprendente es

que el mosquito hembra igualmente puede engendrar a sus hijos, poner sus huevos, aun en el caso de que pase el tiempo sin encontrar una fuente de aprovisionamiento de sangre.

Si ocurre así, el insecto se dirige a un charco para morir allí. Sus órganos

internos y los músculos de sus alas desaparecen. Su substancia orgánica se transforma en huevos y así, antes de morir, la hembra puede poner algunos.


mosquito


Ésta es, sin duda, la razón que explica el porqué, en muchos lugares desiertos y pantanosos, donde es casi de todo punto imposible que los mosquitos puedan encontrar animales de sangre caliente, estos insectos, que son una auténtica plaga, vivan por millones.

Hay otro grupo de animales también grandes devoradores. Está formado por aquellos que precisan conseguir una buena capa de grasa en su cuerpo para poder sobrevivir, como les ocurre, por ejemplo, a la ballena azul y a la yubarta, que viven en las heladas aguas polares. Sin esa capa de grasa, que les sirve de aislamiento contra el frío, su supervivencia sería impensable. Para conseguirla devoran por quintales su alimento favorito, un pequeño cangrejo polar del tamaño de un dedo.

Nuevas aclaraciones sobre el fenómeno del mecanismo de control del apetito nos las ofrecen esos animales que no se dejan arrastrar por un apetito desenfrenado más que en algunos meses determinados del año. Se trata de los animales que hibernan o bien se pasan medio adormecidos los meses duros del invierno. Estos animales necesitan convertir sus cuerpos . en una especie de despensa que los alimente mientras duermen. Engordan, pues, en los meses del otoño, pero en los restantes, que están despiertos, se encuentran delgados y en perfecta forma, como si hubieran realizado una cura de adelgazamiento.

Realmente, esa cura de adelgazamiento no consiste, en el caso de los osos pardos, en pasar hambre por razones estéticas, sino simplemente en una recuperación del peso normal mediante una alimentación igualmente normal.

Naturalmente, un animal no puede establecer un cálculo teórico de las calorías precisas ni dispone de razón para saber si debe comer más o menos.

Una vez más se nos ofrece un ejemplo de lo impotente que puede resultar la pura razón frente al impulso de los instintos. ¿Cuántos buenos propósitos olvida el hombre mientras se somete a una cura de adelgazamiento? ¿Cuántas veces triunfa el hambre contra la razón y la voluntad? ¿Cuán largamente se atormentan muchos obesos, siguiendo programas de ayuno, inteligentemente establecidos, y no consiguen adelgazar porque, si bien siguen el régimen en las comidas normales, entre ellas siempre sienten la tentación de tomar alguna «cosilla»?

El oso pardo actúa de modo básicamente instintivo y su régimen es mucho menos ingrato. Y sin embargo consigue siempre salir con bien de su cura de adelgazamiento . La naturaleza se encarga de regular en él el apetito, de acuerdo con las necesidades en cada una de las distintas estaciones del año.



En la primavera y el verano cantidades de alimento relativamente pequeñas bastan para saciado. En otoño, sin embargo, necesita raciones verdaderamente exorbitantes para ello y parece como si nunca pudiera matar su hambre acuciante. El oso crea una buena capa de grasa invernal. En noviembre, el instinto del hambre queda casi aapagado en cuestión de pocos días. El animal no siente ganas de comer y se deja caer placenteramente para su dormir invernal.

En la primavera el oso volverá a encontrarse ágil y delgado.

Una variante hasta ahora desconocida de este juego estacional con el cambio de apetito nos lo ofrece el mirlo. En los días del invierno esta ave come mucho más que en el verano. En Navidad pesa, por término medio, un veinte por ciento más que en la Pascua de Pentecostés. Cuanto más frío hace, más engorda el mirlo.

Esto parece indicar que, en este animal, la intensidad del apetito no está

determinada por las estaciones del año, como ocurre con los osos, sino por la temperatura del aire. Cuanto más frío hace, más picotea el mirlo, al menos mientras encuentre algo que picotear.

En comparación con los 100-200 kilos de grasa invernal que acumula en su cuerpo el oso, los veinte gramos de grasa del mirlo no pueden considerarse como una reserva que pueda durar todo el invierno. Al mirlo su reserva grasa sólo le brinda protección contra dos o tres noches heladas y días de ayuno.

Sin embargo, sin esa pequeña reserva de peso en grasa suplementaria, el pájaro ni siquiera podría resistir un espacio de tiempo tan corto desprovisto de alimento. Por esa razón el frío aumenta su apetito.

Esto, básicamente, es lo mismo que decir que el calor disminuye el apetito.

Un claro ejemplo nos lo ofrece el ganado vacuno europeo que, trasladado a los trópicos, pierde por completo el hambre como consecuencia del calor. Se pasan el día tumbados a la sombra y adelgazan hasta convertirse en auténticos esqueletos, aun cuando estén en prados llenos de hierba abundante y apetitosa que invita a comer. Por esa razón, el vacuno europeo, contrariamente al cebú, no puede ser utilizado en los trópicos.

Los hombres de las zonas templadas reaccionan de manera semejante a su querido ganado. Un conocido fisiólogo -cuyo nombre discretamente ocultamos- sabe utilizar este conocimiento con una astucia diabólica: las visitas de cumplido a las que tiene que invitar a comer, las recibe en habitaciones demasiado calientes. De ese modo no se come tanto en la mesa.

Los turistas que acuden a las cálidas playas del sur saben perfectamente que no les resulta difícil prescindir del almuerzo a cambio de un buen baño.

¡Una buena receta para la gente que quiera recuperar su esbelto talle!

Con esto nos adentramos de lleno en la temática de las cosas que pueden aumentar o controlar el apetito.

Y a se está en condiciones de saber que hasta el sapo calamita, perezoso y harto, puede ponerse hambriento sólo con pasarle por delante de la nariz el olor de la larva del tenebrio. Una raya, harta de comer, que huele la sangre, se convierte instantáneamente en un monstruo hambriento, ciego de rabia y furia capaz de tragarse incluso botes de lata.

Lo que el olor del tenebrio y de la sangre es para esos animales, significa

para el hombre el arte culinario. El aroma de las delicadas especias de la cocina francesa o italiana son un medio muy eficaz para excitar el apetito, aun cuando la necesidad calorífica del organismo haya sido cubierta por completo.

Incluso la mosca casera se deja ilusionar por un buen postre. Si después de haberles ofrecido una gran comida se pone a su alcance sólo una diezmillonésima de gramo de fécula y caseína, la componente albuminoide de la leche, la mosca comienza a comer, como loca, hasta el punto de explotar, tan pronto como entró en su cuerpo ese poderoso aperitivo.

Si en todos los animales el hambre puede ser espoleada por pequeños excitantes, hasta transformarlos en monstruosos devoradores, ¿quién puede sorprenderse de que también el hombre pueda caer fácilmente en la tentación de la gula y, consecuentemente, en la obesidad?

Para terminar, señalemos un fenómeno que parece ser ignorado por todos los apóstoles de la alimentación, en perjuicio de los que desean adelgazar.

Los ejemplos de los animales nos han enseñado que todas las «hambres» no son iguales. La hormiga de las praderas, por ejemplo, conoce dos tipos de hambre fundamentalmente distintos. Las obreras que trabajan fuera del hormiguero y que han realizado largas marchas que requieren el uso de gran fuerza muscular, desarrollan una gran hambre de azúcar. El azúcar es el «combustible» del cuerpo. Por esa razón les piden a sus compañeras de nido la sacarosa de los pulgones ordeñados.

Las obreras que trabajan dentro del hormiguero, cuyas funciones son alimentar a las larvas y suministrarles proteínas para sus cuerpos en crecimiento, sienten, en primer lugar, hambre de albúminas y_proteínas. Por eso reciben de las cazadoras la «carne» de los insectos cazados.

Algunos grandes ungulados vegetarianos, como por ejemplo la cebra y los antílopes, que llevan mucho tiempo sin probar la sal, son víctimas de un hambre tal de sal que son capaces, en África oriental, de realizar grandes emigraciones hasta las orillas de algún lago salado.

Anteriormente, cuando se usaba el carburo para las lámparas de las bicicletas, a veces se dejaba el carburo en los balcones, donde acudían los pájaros, hambrientos de cal, para picotearlo ansiosamente... ¡con resultados mortales, naturalmente!

El comportamiento de estos pájaros sólo puede ser considerado incomprensible y suicida por aquellos que no sepan que el hambre de cal despierta en las aves el instinto de picotear todo lo que es blanco.

La forma más extraordinaria, e incomprensible para nosotros, de hambre

de tipo especial nos la ofrecen los cocodrilos que, en ocasiones, sienten apetito casi insaciable por piedras del tamaño del puño. Lo cierto es que el reptil las necesita en su estómago, pues le sirven como píedras de molino para «moler» sus alimentos y, también, como lastre para poder quedarse más cómodamente

tumbado en el fondo de los ríos.

Al pasar los meses, el cocodrilo expulsa las piedras. El cocodrilo sigue creciendo hasta que llega el momento en que de nuevo siente apetito de piedras y se vuelve a tragar unas cuantas.

Resulta extraño que hasta ahora no se haya investigado a fondo cuántos tipos distintos. de hambre son provocados por los caprichos del hombre. Pero de una cosa estamos seguros: el ser humano puede llegar a desarrollar un incontrolable apetito por los dulces y las golosinas, un hambre de azúcar.

En muchos sistemas teóricos de adelgazamiento sólo se establece una relación cuantificada de las calorías, en cuya producción el azúcar ocupa un lugar muy destacado, por lo que suele ser eliminada casi por completo. Otra razón que lleva a su eliminación en los menús dietéticos de adelgazamiento, es que el azúcar, como todos los hidratos de carbono, es transformada en grasa córporal sobre todo cuando no se h.ace suficiente ejercicio.

Los pacientes que aceptan radicalmente la supresión del azúcar de su dieta, ven cómo en ellos se desata un hambre cada vez mayor que los impulsa precisamente hacia las golosinas. Un impulso tan fuerte, que muchos de ellos acaban por ceder a él. Y con eso se derrumban todas las posibilidades de éxito de la cura que tantos sacrificios, e incluso sufrimientos, les causó.

La causa de este fracaso está en el "cuento de la lechera" de las calorías,

que no tuvo en cuenta las tendencias naturales del ser huinano.

Todas las teorías curativas intelectuales que olviden que los hombres somos criaturas de la naturaleza, no harán más que empeorar aquello que pretenden mejorar.

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