La Guerra civil en Mallorca vivida por Josep Pons Bestard: 21 a 30:
21: Cambio de pabellon. Los fusilamientos
22: Las derechas no perdonan
23: Las torturas
24: La alegria de vivir
25: Campos de concentración.Unidades de trabajadores
26: Unidad de trabajadores de Cap Gros
27: A trabajar con el capitan de Ingenieros
28: Amor a la naturaleza
29: Paso ligero!
30: Condiciones de vida
La Guerra civil en Mallorca vivida por Josep Pons Bestard
21: Cambio de pabellon. Los fusilamientos
Fortin de Illetes
Poco tiempo estuve en aquella nave conocida por "Pabellón Grande", puesto que en el Fuerte había mucha movilidad. A medida que se entraba también se iba saliendo...
Todos los días se tomaban declaraciones. Todos los días se celebraban consejos de guerra" y, como consecuencia, todos los días había fusilamientos.
Los condenados a penas inferiores a la de muerte eran trasladados a otras cárceles, en régimen de penal; así es que, bien por un motivo o bien por otro, la gente salía y los que quedaban se iban acomodando, ocupando "mejores" sitios, en aquellos indecentes y sucios "agujeros", situados a nivel mucho más bajo que el normal del suelo.
Por este motivo pude cambiarme desde aquel "Pabellón Grande" a otro más pequeño, que estaba constituido por varias habitaciones, formando una especie de casita que, en tiempo normal, debía haber servido de acomodo a los mandos inferiores de la batería. Me vino muy bien, puesto que cada día estaba peor de salud. Padecía asma bronquial y en aquel recinto, con más de cien hombres, probablemente me hubiera muerto. Así, al menos, lo estimaban mis compañeros y ellos mismos se cuidaron de aprovechar la primera "baja" para cambiarme. No por ello el asma me dejó, pero encontré un cierto alivio...
La verdad es que dejé aquel sitio con pena. Allí había hecho buenos amigos. Allí supe lo que era ser hombre, puesto que allí conocí a muchos hombres. Hombres que sabían sufrir con todo estoicismo, con toda dignidad. Hombres que podían llegar a romperse, pero nunca a doblegarse...
Lo normal hubiera sido que entre tantas adversidades y miserias, hubiera habido un total desfallecimiento. ¡Pues, no! La gente estaba allí, en la brecha. Donde deben estar los hombres...
Padecían, física y moralmente, todas las penalidades, pero cantaban. Morían y cantaban...
Aún me parece oír a Santandreu, cuya voz de barítono se caracterizaba por una cadencia tan especial que hasta los de arriba muchas veces, a escondidas, se asomaban para oirle. Tambien, entre armoniosos sonidos y florituras musicales, estaban centradas las notas de un tenorino perteneciente al Cuerpo de Carabineros...
Cada uno era consciente de su propio peligro. Cada uno sabia que podía no pasar de mañana y lo aceptaba con dignidad.
Vi flaquear a pocos y morir a muchos. Llegué a sentir y admirar a todos aquellos muchachos que, con un viva en la boca, sabían morir de pie.
Normalmente, por la tarde, al oscurecer, se llamaba a los condenados a muerte para "entrados" en capilla y a la mañana siguiente, a primera hora, fusilarlos.
Los fusilamientos raras veces eran individuales. Se celebraban en masa, así es que llegaban de otros sitios y con un mismo pelotón de ejecución se aprovechaba al máximo el "trabajo".
Al clarear el día se oían gritos de ¡Viva la República! ¡Viva la Democracia! ¡Viva el Socialismo... Y, casi al momento, una detonación cerrada de fusilería.
En aquel "Pabellón Grande", a pesar de haber más de cien hombres, no se oía el susurro de una mosca. Quedaba paralizada hasta la respiración de sus ocupantes y la mayoría
de ellos, contaba "in mente":
-Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve...
-Nueve. Han fusilado a nueve.¡Canallas! -exclamó Pedrito Gascón, joven marinero, de cara aniñada y porte pastoril.
Nueve habían sido fusilados aquella madrugada en el Fuerte...
Después me enteré de que guardaban aquel gran silencio para poder contar los tiros de gracia disparados por el oficial que mandaba el pelotón. Cada tiro pertenecía a un caído, salvo en algún caso especial, que disparaba dos veces sobre la misma persona.
Y a la madrugada siguiente y a la otra y a la otra ...
-Uno, dos, tres...
Recuerdo días de hasta catorce.
Y, a pesar de los fusiles, no había oído en toda mi vida, tantos vivas a la libertad, como llegué a oír en aquellas trágicas madrugadas en el Fuerte de Illetes.
Y después de los vivas, las detonaciones y los tiros de gracia, el silencio invadía todo el ambiente. Aquellos hombres callaban, callaban... Y aquel silencio se grababa en el espíritu con toda la fuerza de una oración, de una oración que reivindicara justicia...
Pasados aquellos momentos, la vida, poco a poco, volvía a renacer y se pasaba a otro día... Y así, unos entrando en aquel agujero y otros saliendo hacía la eternidad, el mundo no dejaba de dar vueltas.
Me instalé en aquel cuartito en donde, una vez estirados los jergones, a duras penas cabían cinco hombres y, si se quería cerrar o abrir la puerta, no quedaba más remedio que, el que se encontraba lindante a la misma, se levantara y plegara el jergón.
La habitación, en la que tuve la suerte de obtener un trozo de suelo o de pavimento, justo para el espacio que ocupaba un simple y pequeño jergón con un poco de paja dentro, formaba parte del primer cuerpo construido enfrente de la entrada en el foso y era conocido, entre los presos, por el "Pabellón des Senyors" y estaba compuesto por un zaguán de entrada y habitaciones a los lados del mismo.
Entre ellas una pequeña habitación que había servido de cocina y en la que, de mampostería, existían unos fogones y un armario despensa.
Me dijeron que en dicho pabellón los primeros meses había habido un exceso de movilidad, ya que, al principio había sido ocupado por suboficiales, de los que no habían querido sumarse a los sublevados y, todos ellos, fueron juzgados por el delito de "rebelión" y algunos, muy pocos y con más suerte, por "ayuda a la rebelión". De ahí que salieran muchos al paredón.
No hay que decir que los sublevados habían pasado a ser los "leales" y con toda la "legitimidad" de la fuerza de las armas expedientaban, procesaban y condenaban a los nuevos "rebeldes". Triste y real paradoja, en la que se llegó al extremo de involucrar al mismo Dios, a fuerza de buscarle la razón y el derecho que legitimara el levantamiento.
Aquí, en Mallorca, la verdad es que, de hecho, por la fuerza de la "bota", el mando ilegal pasó a mando legal en el momento en que un oficial del ejército, acompañado de tres más, pistola en mano, entró en el despacho del gobernador civil y exclamó:
-Señor Gobernador, tengo orden de detenerle. Resigne pues el mando.
-Ustedes, señores, son testigos de que no resigno el mando. Me es arrancado por la violencia.
Aquel poeta que, hasta hacía muy poco había estado en la higuera, ponía por testigos a los señores que le acompañaban, en aquellos momentos, en su despacho, y entre los que se encontraban el abogado José Feliu, que fue condenado a muerte y tras muchas vicisitudes llegó a salvar la piel; al obrero socialista y presidente de la Diputación Jaime García, condenado también a muerte y ejecutado; al catedrático Luis Ferbal, a Ferrer y a varios más que fueron a engrosar la lista de las cárceles y parapetos.
Todo lo que vino después, fue a partir de la base que los leales pasaron a ser los golpistas frustrados y, como tales, "rebeldes", tenían que ser juzgados. Me cansé de leer cargos y más cargos. En definitiva todos se resumían a "rebelión" o "ayuda a la rebelión" y, todos ellos se adornaban con agravantes, entre las que figuraban algunas muy curiosas, como la de asiduo lector de Solidaridad Obrera, El Socialista, o, algún que otro, tildado más o menos de republicano.
El mero hecho de ser amigo o pariente de según quien, exigía una sucesión, llamémosle así, de "actos de retractación".
No se promulgó, ¡claro esta!, ley alguna que obligara a negar al hermano, al simple pariente o amigo; pero en la práctica, y obedeciendo a una ley intuitiva y no escrita, era muy corriente manifestar públicamente que el hermano, el pariente o el amigo, había resultado ser la oveja negra de la familia y, con sus ideas comunistas y ateas, no había hecho nada más que dar disgustos a familiares y amigos.
No era, por lo tanto, de extrañar que los informes siempre fueran perjudiciales. El que podía hablar bien, por miedo a que se pudiera creer que defendía a un "rojo", en el mejor de los casos, se limitaba a no saber, a ignorar, a no conocer... Otros, por la simple razón de saber que el que era objeto de informe estaba detenido, hasta de forma inconsciente prejuzgaba y contestaba que sí, que debía ser persona de "ideas avanzadas". Cuántos y cuántos fusilamientos, ¡Dios mío!, por ideas avanzadas. Contra estos informes no se podía luchar. Los daba la Guardia Civil o la Policía gubernativa como hechos probados y sin antecedentes ni procedencia alguna. Cualquier calumnia quedaba esculpida como hecho probado. Ya no había quien lo borrara...
Además se pedían informes en la Curia y, de "ahí te quiero ver escopeta", el cura "tenía la sartén por el mango" y, en esta tierra mallorquina, tan devota y tan santa, hubo algo de bueno y mucho de malo.
-No asiste a misa -pensaba el cura- ¡Que queme!
Y el informe "quemaba".
Según la mentalidad de los nuevos dirigentes del nuevo orden, era lógico que aquellos sargentos y brigadas que no habían querido secundar la rebeldía, fueran encarcelados, sumariados y sometidos a juicios de improvisados consejos de guerra. Por fuerza tuvo que haber mucha movilidad.
Muchas entradas y salidas en el Fuerte y, en especial, en aquel "pabellón".
El motivo de haber bautizado con el nombre "des senyors" fue, precisamente, el no haber, en un principio, instalado ningún soldado raso y si bien, poco a poco, fueron entrando, salvo casos muy aislados, eran hombres de estudios o al menos gente ilustrada; así es que en una de las habitaciones se habían agrupado los maestros de escuela Juan Petro, Ángel Soler, Juan Tur, Jaime Verd y algún otro que no recuerdo.
En mi habitación me encontré con un brigada de caballería, de complemento, que resultó ser el secretario del Ayuntamiento de Esporlas, llamado Francisco Bauzá y un sargento del Cuerpo de Asalto, apellidado Pompeyo, que fue poco después condenado a muerte y fusilado. Allí estuve bajo una ventana y, gracias a ella, mi asma encontró un poco de oxígeno... A mi derecha tenía a mi buen amigo, Paco Mulet, y a mi izquierda el abogado Eduardo López Bermejo.
En la habitación de al lado, pared por pared, había dos sargentos de carabineros... Uno de ellos: Arrabal. Toda una tragedia...
Y desde aquel "Pabellón des Senyors", día a día, hora a hora, pude contemplar el desarrollo callado, totalmente estoico de un continuo drama...
La Guerra civil en Mallorca vivida por Josep Pons Bestard
22: Las derechas no perdonan
Sonriendo me dijo:
-Me van a fusilar. No tengo escapatoria.
-¿Usted cree?...
-No es que lo crea. Estoy seguro. A mí no me perdonan.
-Tiene usted muchos puntos de defensa.
-Los tengo ante Dios y la moral, pero ante "éstos", que juzgan en nombre de Dios y de la Patria, lo único que tengo es un pasaporte para el otro mundo.
Se quedó pensativo unos cortos momentos y añadió:
-Usted olvida que yo no tan sólo no me sumé a la sublevación, sino que en Pollensa, durante unas horas, asumí el mando en nombre del Gobierno. Las derechas no perdonan y los facciosos menos.
-Pero...
-No le busque cinco pies al gato. ¿No comprende que esta "gente" es así? No perdonan. Invocan a Dios, pero no creen en él... No hay duda de que me van a fusilar. De no hacerlo dejarían de ser quienes son ...
Lo decía como si hablara de otro. Con toda tranquilidad.
Sin inmutarse, como los héroes de las tragedias helenas.
Fuerte, deportivo... De unos treinta años. Su educación y su porte eran más propios de un oficial de carrera que de un sargento.
Hijo de un comandante de carabineros, quedó huérfano muy joven y la pensión era más que insuficiente para que la madre pudiera hacer frente a la educación de él y de dos hermanos más jóvenes. Total que como hijo de Cuerpo, entró en el Colegio del Escorial y salió cabo. A los pocos años ascendió a sargento. Sus dos hermanos, gracias a él, fueron militares de carrera.
Aunque fuera sargento, en el fondo, la mayoría de oficiales y jefes le tenían en gran estima; puesto que, aparte de ser el hijo del comandante Arrabal y haber tenido la desgracia de haber perdido a su padre, siendo casi un niño, nadie podía negar que, además de estas circunstancia de carácter familiar, no se hubiera ganado la estimación de los más bajos a los más altos en graduación por anteponer, precisamente, el deber ante todo y aun en contra de sus propias conveniencias.
Confiaba que, antes de los cuarenta años, sería teniente y, en el Cuerpo de Carabineros, aunque de más edad que la mayoría, no estaba del todo mal, y más aun si se tiene en cuenta que, culturalmente hablando, era lo que se dice un hombre ilustrado.
A mí me causó un gran impacto. Sentí por aquel hombre, respeto y admiración. Era lo que se dice un leal, un verdadero leal, no por haber escogido una postura, bien por conveniencia o bien por ideología política. ¡No! Simplemente, porque él, por, mentalidad, por sentido del deber, no podía ser un sublevado.
Una tarde, reunidos como de costumbre, en aquel cuartito que llamábamos "cocina" y que el sargento Arrabal compartía con otro sargento, me convencí del alto concepto que él tenía de la lealtad, que según su propia definición, era una relación armónica con el honor y el deber.
-Cuando me llamaron desde la Comandancia de Palma diciéndome que el ejército se había sublevado y que, como sargento del pueblo de Pollença, asumiera el mando, contesté que lo tomaba debido a que el oficial y suboficiales de Aviación de la Base de Hidros, habían salido para Barcelona.
-Confiamos en usted -me contestaron desde Palma.
-Pueden confiar. Defenderé los intereses del Gobierno de la República, les grité en tono afirmativo.
-¡Arrabal! ¿Qué dice?
-Lo que oye. Yo no soy un faccioso como ustedes, les repliqué y colgué el teléfono.
Y después de una corta pausa, como si quisiera salir de una pesadilla añadió:
Yo no soy político... Soy militar, el más insignificante de una familia de militares. Mi deber es estar con el poder legalmente constituido, me guste o no me guste.
Tenía como defensor un teniente joven del mismo Cuerpo. Un tal Quílez, hombre inteligente y con mucha fama en cuestiones de derecho militar... Cada momento acudía al Fuerte para hablar con él. Hacía todo lo humanamente para salvarle.
Vino el día de la vista. El día del Consejo de Guerra y Arrabal fue condenado a muerte...
Supe que de los dos hermanos de Arrabal no quedaba ninguno. El teniente de Regulares había muerto en las primeras escaramuzas, al lado de los sublevados. El otro, teniente de Guardias de Asalto, había sucumbido en defensa del poder legalmente constituido.
Antoñita, la joven y bella esposa del sargento Arrabal, en una de sus cartas, decía que sólo veía sangre, grandes charcos de sangre derramada...
Tenía razón, puesto que por el puente aéreo que tendiera Hitler sobre el estrecho de Gibraltar, se vería sobre la Península desolación y horror, bajo las notas del "Viva la Muerte" al pasar, por obra y gracia de la técnica, que por primera vez ensayara la "Lutwaffe" para que Goering pudiera seguir justificando el poder del paganismo nazi...
Meses y más meses estuvo Arrabal condenado a muerte.
Los que le tratábamos todos los días, llegamos a creer que ya no le matarían... Cada día veíamos la ejecución más lejos.
No obstante seguían las ejecuciones y compañeros que habían asistido, bastante después, ante consejos de guerra, ya habían sido ejecutados...
Yo, por mi parte, creía que se estaba tramitando el indulto y por el tiempo que mediaba, al menos había sido atendida la petición. Lo cual quería decir que la "cosa" no estaba mal, puesto que el peligro siempre era que se conocieran los indultos una vez pasados por las armas.
El haber transcurrido tanto tiempo y no haber sido fusilado me hacía creer que, al menos, había sido paralizada la ejecución...
A pesar de vivir en aquel clima de muerte y despertarme muchas madrugadas al clarear el día, bien soñando con detonaciones de fusilería o bien por el real y unísono disparo de los componentes de un pelotón de ejecución, no me había hecho a la idea de que aquel hombre lleno de vida pudiera de un momento a otro convertirse en "nada"...
Me pregunté una y mil veces si era posible dejar de existir.
Terminar en la nada. Dejar de ser...
Un día, después de muchos meses, al atardecer, subió arriba. Iba de uniforme. Impecablemente vestido...
El personaje que narra, que piensa y que siente se ha quedado en el foso, abajo, en aquel agujero rectangular...
Lo que pasa arriba, sale de su alcance. El permanece abajo, preso de los sublevados... Pero, al dar satisfacción al sentimiento de una ficción, que al tomar cuerpo, ha entrado en una de esas pequeñas historias que constituyen una parte de la tragedia, de nuestra tragedia, el autor deja por un momento el personaje narrador y, filtrándose por puerta y muros, va tras el sargento Arrabal...
Arriba, en la explanada del Fuerte, le esperan el Teniente Coronel que actuó de juez, durante toda la tramitación del sumario y el defensor, teniente Quílez, juntamente con el oficial de guardia.
Llega el sargento Arrabal y el teniente Quílez, emocionado le abraza. El oficial, de guardia en el Fuerte, les indica el camino. Entran en una habitación en la que Arrabal debe pasar la noche.
A esto se le llama entrar en capilla.
El teniente Quílez le comunica que no tardará en llegar Antoñita, su joven y bella esposa, probablemente acompañada de la madre del condenado, debido a que se ha conseguido un permiso especial para que pasen con él la noche.
Mientras hablan de ciertos detalles, el teniente coronel, juez de causas, se mete la mano en el bolsillo y saca una caja de tabaco rubio y les ofrece un cigarrillo. Ninguno de los dos, juez y defensor, logran centrar el encendedor de uno y las cerillas del otro. Les falta pulso...
Arrabal, con mucha calma y tranquilidad, saca un encendedor de plata con iniciales de oro, que un día, siendo novios, le regalara Antoñita.
-Enciendan. Éste no tiembla -les dice al mismo tiempo que les ofrece lumbre.
La lumbre de Arrabal sirve para encenderles el cigarrillo y, a la vez, para disimular el estado de nerviosismo en que se encuentran; pues, en el fondo, de forma más o menos subconsciente, admiran al hombre que sabe mantenerse con toda la dignidad, propia del que ha sabido, aún perdiendo, cumplir con un deber.
Les quedaría marcada la seguridad de aquel encendedor de plata e iniciales de oro que una bella muchacha regalara al hombre escogido por esposo... Por años que vivieran no podrían olvidarlo. En conciencia, se odiaban a sí mismos.
En aquel momento, acompañadas del oficial guardia entraron dos señoras: la madre y la esposa.
La primera, viuda del comandante Arrabal y la segunda, futura viuda del sargento Arrabal. .
Teniente y Teniente Coronel salieron fuera. nNecesitaban aire. El ambiente les asfixiaba. Al menos lo creian asi.
Dieron un paseo por el recinto del Fuerte, bajo un cielo estrellado, precioso...
- No sé lo que daría por no haber conocido a este hombre. Su temple es humillante... Nunca, en las veces que le tomé declaración, tuvo una palabra de súplica. Siempre tan arrogante. Arrogancia rayana en el cinismo.
-Esta arrogancia la habrá pagado muy cara -contestó el teniente Quílez, bajito, como si hablara consigo mismo.
-Yo, particularmente, le hubiera indultado, pero hay que convenir en que es un rojo y que no tan solo no qmso sumarse al Movimiento, sino que ordenó el empleo de las armas. Así es que estará bien fusilado y Quílez no contestó. Se daba perfecta cuenta de que el Teniente Coronel, lo único que hacía era justificar un asesinato más o menos legal, aún habiendo invertldo los conceptos de quienes eran los leales y los sublevados...
El airecillo de la noche les despejaba la cabeza. Y el joven teniente cada vez seguía preguntándose con mas intensidad por qué el hombre piensa más tanto en matar, si fue creado a imagen y semejanza de Dios y fue, precisamente, Dios quien en el Monte Sinaí le entrego un Decalogo en el que decía: no matarás...
y mientras él, el teniente Quílez, seguía pensando el Teniente Coronel continuaba charlando, charlando...
Al día siguiente, al amanecer, se oyó la fuerte Y casi familiar descarga...
Sólo se pudo contar un tiro de gracia.
Fue una madrugada de poco trabajo.
Poco después el sol alumbraría el nacimiento de un dia plácido, tranquilo...
La Guerra civil en Mallorca vivida por Josep Pons Bestard
23: Las torturas
Una tarde, al oscurecer, bajaron varios hombres. Pocos, seiss o siete, y los fueron repartiendo en distintas dependencias, puesto que, en realidad, todo el foso estaba más que saturado. Al extender los jergones, no todos los disfrutaban en única propiedad, debido a que algunos tenían que compartirlo con otro compañero, no quedaba ni un palmo de pavimento libre. Prácticamente se estaba tan apretado que casi nos podiamos comparar con sardinas en lata. Faltaba espacio vital para alojar a tanto hombre, pero habíameterlos en alguna parte y como, en definitiva, todos eran rojos meJor si se morían, como consecuencia de las malas condiciones reinantes en aquel foso; puesto que de esta forma se les ahorraba el trabajo de matar a unos y de cuidar de la manutención de los otros.
En nuestro pabellón, en el "des senyors" dejaron a un sargento, de lngenieros. Daba pena. Llevaba la cara hecha un asco.
Le habían sometido a dos o tres "hábiles interrogatorios" y su cara se parecía más a una grotesca careta de carnaval que a un rostro humano.
Al día siguiente me enteré que se llamaba Andrés Bauzá Ginard y que le habían acusado de intervenir en un "complot en el Campo de Aviación en el que estaba destinado.
Según se supo, todo se fundamentaba en la suposición de que, el y otros, querian robar un avión para pasarse a la zona republicana; si bien, de todos los detenidos, no había ninguno que tuviera la más remota idea de cómo se maneja un aparato aéreo; Al menos así lo afirmaron. Puede que tuvieran razon. El "chivatazo" vino del S.I.M. Les tenía la vista encima, debido a que los tres o cuatro soldados y los dos cabos que normalmente se reunían en un bar o en la cantina con un sargento, sin más interés que pasar el tiempo, bien ellos o sus padres, tenían antecedentes de carácter republicano o socialista. Quizás ni siquiera lo sabían los unos de los otros, y más teniendo en cuenta que, incluyendo el sargento Bauza eran movilizados y, además, de diferentes localidades de la Isla. Sólo uno era de Palma, el rubio Ginard. El sargento como tal movilizado por haber llamado su quinta, no era profesional. Cuando realizó el servicio militar fue cabo y al presentarse, como consecuencia del alzamiento, le entregaron unos galones de sargende tantos galones que repartieron a la mayoría de los que habían sido cabos. No es de extrañar, pues, que se encontrarabien entre aquellos chicos, a pesar de la diferencia sólo producto de unos galones, ya que en la vida civil eran afines en todos los aspectos. Como denominador común llevaban el signo de ser obreros, de oficio diferente pero obreros.
Pobre sargento Bauzá... Le dejaron en estado deplorable. Los golpes recibidos, no tan sólo le habían producido gran cantidad de "morados" e hinchazones, sino que, además, por si fuera poco, le habían saltado dos dientes.
Le dejaron unos días... Pocos, muy pocos y, no sin antes haber presentado la pantomima de un sumarísimo Consejo de Guerra, le fusilaron.
Pero durante aquellos pocos días que estuvo en aquella habitación mugrienta dijo que fue interrogado por el alférez Ferrer de Sant Jordi y entregado al jefe de Policía de Falange Francisco Barrado Zorrilla que acompañado de su grupo de exaltados derechistas, le trasladaron, junto con los demás detenidos, a la Comisaría de Policía de Falange, en la calle de La Misión, en Palma, donde les tuvieron un montón de días encerrados y muchos de ellos sin comer y además interrogándoles, con sus correspondientes bofetones y hasta empleando aparatos para torturarles y divertirse con alguno de ellos y, en especial, con el sargento Bauzá que antes de entregarlo en Illetes lo dejaron hecho un guiñapo.
Total, para después fusilarlo...
No llegué a saber el paradero de todos los demás, pero supongo que siguieron un camino parecido.
La verdad es que no me interesé y, para ser más exacto aún, tengo que confesar que había llegado a un extremo tal que procuraba no enterarme de lo que pasaba; pues, por un lado, creía que hay que vivir y me horrorizaba el pensar en la muerte; pero, por el otro, sentía el vértigo de un suicida...
Todo mi ser, al despertar a los gritos de los vivas, a las particulares creencias de cada uno o a las detonaciones de los pelotones de ejecución, temblaba de miedo... Y este miedo atroz me empujaba a desear la muerte para huir de la muerte. Había llegado el momento en que estaba sentado, física e intelectualmente, en la línea divisoria entre el ser y el no ser y sentía algo peor que el vivir o el morir; el miedo psíquico, grabado en el propio intelecto, a dejar de ser. El miedo a dejar de ser ente pensante y lo que espeor aún, el no poder comprender, ni entender, en cuanto a mi, a mi persona, el dejar de ser...
La Guerra civil en Mallorca vivida por Josep Pons Bestard
24: La alegria de vivir
Cuando me daba cuenta que algunos de mis compañeros sentían y sufrían por mis malas noches, por mis continuados y, cada día, peores ataques de asma, volvía a creer que la vida es bella, y volvía a vivir, a comprender la alegría del vivir y, a pesar de mis achaques físicos, volvía a sentir con toda la intensidad que proporciona la vida. Sentía compasión
de todos aquellos que, de una manera o de otra, con las armas o con la perfidia, empezaron una sublevación en la que habían tenido por norma, el uso de los diversos procedimientos encaminados a la eliminación de los enemigos...Por aquellos que habían lanzado un documento intentando justificar el lanzamiento, a pesar de usar la mitra y hasta por aquellos desgraciados a los que, bien en nombre de la democracia -como el inglés Chamberlain- o hasta en nombre del socialismo -como el francés León Blum-, el miedo les hacía inclinarse ante un Hitler o ante un payaso italiano y no se daban cuenta, tal era su pánico, que al ayudar a hundir a España, hundían a sus propias naciones.
A pesar de mi falta de libertad física y de mis achaques asmáticos, sentía la alegría del vivir... La alegría del hombre, ¿por que no decirlo?, que se siente superior. La alegría del hombre que no sabe ni quiere saber de claudicaciones y menos de traiciones.
Quizás éste era el milagro de todos aquellos hombres que tenía a mi alrededor. El milagro de que, aún muriendo, cantaran a la vida. A su ideal...
Aún me acuerdo de aquel chico joven, muy joven que, cual rapsoda, pasó por el Fuerte recitando versos de García Lorca, de Machado, de Alberti... De aquel muchacho, Luis Matas Valenzuela, que con el tiempo llegara a insigne penalista del foro mallorquín.
Aún pasa, en vivo recuerdo, aquel obrero metalúrgico, N¡colas Company con sus juicios de aplastante lógica, y no
digamos de la cachaza del sargento. Más, así como de la simpatía del joven sargento Bernat y de tantos y tantos que, estrictamente, sin perder el aplomo, vivían unos y morían otros...
Y, aún recuerdo aquella mañana, cerca del mediodía, en que aparecieron un teniente coronel, un temente farmacéutico, dos o tres tenientes de la improvisada Escuela de Guerra de la República y varios soldados del ejército leal, procedentes de los mercantes Jaime II y J.J Sister, apresados en ruta de Barcelona a Mahón, oficialmente por umdades de la flota "nacionalista"; pero, a decir verdad, los que habían efectuado la detención eran los barcos de guerra de las patrullas del eje Berlín-Roma y, para mayor escarnio, los que los habían conducido prisioneros al Puerto de Palma.
- Estos "macarrones" nos han cogido ante las propias barbas de los barcos ingleses y franceses -comentó uno de los soldados apresados.
-Son bastante más canallas los ingleses, con su capa de demócratas, que todos los fascistas juntos- se quejó uno de los tenientes.
-Y no hablemos de León Blum, con todo su disfraz de socialista. Éste sí que nos ha dejado bien en la estacada -contestó el otro.
Fueron repartidos en diferentes compartimentos y el Teniente Coronel y Teniente farmacéutico vinieron a "caer" en el nuestro. Había, dentro de la abertura, dos o tres sitios vacíos y el propio capitán del Fuerte, les acompañó a su nuevo alojamiento y, haciendo honor a la verdad, hay que convenir que se dirigía a ellos, especialmente al teniente coronel, con el máximo respeto.
-Lamento, mi comandante, no poderle alojar mejor -le decía el Capitán del Fuerte.
-Teniente coronel- le respondió al mismo tiempo que le señalaba las insignias bordadas dentro del área que limitaba la bocamanga.
-Sí, mi comandante.
Yo que lo veía y lo oía, no podía comprender que lo llamara comandante, si era teniente coronel. Después supe que solamente respetaban a los contrarios los empleos que se disfrutaban hasta el 18 de julio del 36. De ahí que, dentro de aquel diálogo respetuoso, se pudiera presenciar la victoria moral del vencido sobre el vencedor. Del leal convertido en faccioso sobre el sublevado convertido en leal.
-Usted, amigo mío, antes del alzamiento, de la sublevación, no era más que un teniente y, sin embargo, por la ley de la hidalguía que caracteriza a los leales, yo que llevo más años de servicios que los que tengo de edad y que estoy en posesión de la cruz del sufrimiento por la Patria, yo que no uso en mí pasador más que condecoraciones con distintivo rojo, le he dado a usted el título de capitán. ¿Cuántas veces ha estado usted en campaña, cuando verdaderamente defendíamos el honor de España? Con seguridad, ninguna.
Pues, ¿a qué viene tanta fanfarria?
-A sus órdenes -contestó el capitán del Fuerte y se fue refunfuñando.
En el fondo era una buena persona. De bastantes y buenos sentimientos, pero era un faccioso y se lo había recordado un hombre que en su pecho podía lucir tres condecoraciones con distintivo rojo.
Enseguida de haberse ido el capitán del Fuerte y sus acompañantes, un cabo y dos artilleros, los tres con bayoneta calada, algunos de los "inquilinos" del "pabellón", ofrecimos nuestra modesta y pobre ayuda a aquel hombre al parecer sencillo y campechano, pero lleno de dignidad.
Hablamos con él y con el teniente boticario y supimos de las grandes matanzas en Badajoz, en donde hasta ante el altar se hizo correr sangre y más sangre... Así como de la gran ayuda que prestaba el clero a los rebeldes, en especial el alto clero, el español y el romano.
-La guerra -dijo- no se puede ganar nunca. Basta decirles que hemos sido apresados con la complicidad de los barcos ingleses y franceses encargados del control de la no intervención y, además, en los frentes de la península hay verdaderos cuerpos de ejército alemanes e italianos, con sus correspondientes mandos y material. Estados mayores italianos y, especialmente, alemanes que ensayan y prueban toda clase de armamentos y toda clase de técnicas. Hemos sido invadidos... -y, después de una breve pausa, continuó: -Tanto Inglaterra como Francia tienen miedo a Hitler y no dudan en sacrificarnos; pero, así y todo, estos canallas de fascistas tienen con nosotros un mal hueso que roer y esto que estamos solos y no tenemos apenas material.
-Por la frontera francesa no podemos pasar nada. Los aduaneros y demás fuerzas galas lo impiden. Por la frontera portuguesa, menos. Está el sinvergüenza de Oliveira Salazar y, por el mar, lo único que podría pasar, es apresado por los navíos alemanes e italianos -contestó el teniente farmacéutíco y añadió: -Sin embargo, se les suministra de todo, además de toda clase de materiales incluidos tanques, aviones etc. les entran cuerpos de ejército enteros.
Y por si fuera poco- añadió el teniente coronel-: lanzan a la legión y a los moros con la orden de arrasar ciudades y pueblos, recogiendo el máximo botín. En toda localidad que opone resistencia hay que matar a sus habitantes. Es la última forma de terminar con los rojos. Así piensan Y así actuan... ¿Qué podemos hacer?
- Poca cosa -exclamó uno de los maestros de escuela-, mirar de salvar la piel y procurar salir para América. No sé de dónde he sacado que Méjico está con nosotros y quizas allí podríamos intentar residir...
En efecto. Pude comprobar que las mismas bestialidades que se cometían en Mallorca, se cometían también en cualquier otro sitio o lugar que estuvieran los rebeldes. El espiritu sádico, cruel, que presidía era el mismo.
Me había costado trabajo llegar a creerlo, pero había tenido infinidad de ocasiones para llegar a la conclusión que a la derecha, a la "gente de orden", hay q.ue irle con mucho cuidado, puesto que cuando menos se piensa, resulta que muerde...
Y ante tales hombres, ante tales temples y, a pesar de mis noches de insomnio, de asma y de miedo, sentía la alegría de vivir, aún habiendo contado el número de disparos, después de una descarga producida en las primeras horas del día, por un pelotón de ejecución.
En el "Pabellón des senyors" no me encontraba del todo mal. No cabe duda de que era el mejor, puesto que reunía mejores condiciones de construcción y, por lo tanto, de habitabilidad; pero la verdad es que, a pesar de sus mejores condiciones, yo hubiera preferido seguir en el "Pabellón grande". Me gustaba su ambiente popular, su aire simpatlco, si bien hay que reconocer que, había tanta gente que su atmósfera estaba tan corrompida, que se hacia imposible respirar para un asmático como yo. Pero me gustaba pasar un rato con aquellos chicos que consideraba mis amigos.
Siempre había algo que comentar... Siempre corría algún "bulo"que, aún siendo increíble engañaba a unos y hacía soñar a otros.
No llegué a conocer la afiliación política de cada uno, pero sí de muchos de ellos y comprobé la existencia de casos tan curiosos que sólo habiendo estado en aquel foso se pueden creer.
También resultaría difícil poder llegar al convencimiento de felicitar a todos aquellos que habían sido condenados a penas inferiores a la muerte. Hasta los condenados a treinta años de reclusión aceptaban las felicitaciones con entusiástico contento. Estaban tan en boga las penas de muerte que, por el mero hecho de salvar la "piel", ya se sentía uno, si no feliz, al menos satisfecho.
Hay que convenir que había penas inferiores a la de muerte y hasta a la de treinta años. Si bien eran pocas debido a que reunir a todo un engranaje para formar Consejos de Guerra para la obtención de penas pequeñas no valía la pena. Los precursores de lo que años después se ha dado en llamar "productividad" tenían que dar un rendimiento óptimo. De ahí que, para demostrarlo, el tanto por ciento de las sentencias de muerte fuera tan elevado; así es que, el que tenía la suerte de que no le tocara este tipo de "lotería" era efusivamente felicitado.
El drama era el mismo en todos los compartimentos del foso. En todas sus dependencias se sufrían las mismas iniquidades... Pero en aquel llamado "Pabellón Grande" se sentían quizás de otra forma, debido al calor ambiental formado por un mundo único, tan único que se salía por completo de la normal órbita... Allí se sostenía una especial mentalidad de aguante y la gente se agrupaba y, aún sin dejar sus particulares individualidades, formaba un sólo cuerpo.
Formas de ser y agrupaciones dispares convivían en armonía y, unos y otros, se toleraban y se respetaban. De ahí que llegaran a pensar que a ilustrados y a analfabetos les unía un denominador común y quizás éste fuere el encontrarse ante la muerte... Allí trabajaban. Allí leían y allí había quien daba clases de éste o aquel idioma y quien estudiaba, aún a sabiendas que su meta sería el enfrentamiento con un pelotón de ejecución. Había hasta quien escribía versos y muchos, una gran mayoría, construían baratijas y objetos de rafia ...
Cada vez que me "colaba" en aquel "pabellón" pasaba un rato con Baltasar Marqués y Perico Ferrer. Nunca me habían hablado de sí mismos. Desconocía el motivo particular de su detención y la curiosidad hizo que, aprovechando la primera oportunidad, se lo preguntara.
Resultaba que los dos se habían conocido en el Cuartel del Carmen, sede de la infantería de Palma. Perico era cabo y Baltasar soldado. La compañía a que pertenecían cubría la Guardia de la improvisada prisión de Can Mir.
Una tarde, al oscurecer, estando uno de cabo de guardia y el otro de centinela, no se les ocurrió otra cosa que "camuflar" a una joven mujer a base de colocarle un tabardo, un gorro y un fusil e introducirla en la prisión, para que pudiera entrevistarse con uno de los presos... Todo salió a pedir de boca.
La operación no tan sólo se repitió, sino que los dos, de común acuerdo, cada vez que estaban de guardia, lo que ocurría muy a menudo, debido a que llegaron al extremo de ir voluntarios, pasaban cartas, paquetes, recados verbales y hacian toda clase de "contrabando" a favor de los presos, su forma de comportarse era totalmente deportiva, sin asomo de espíritu de lucro alguno. Simplemente por humanidad y por el sentimiento emotivo que encierra todo juego peligroso. Perico Ferrer, guardameta del Constancia de Inca...
Deportista que había aprendido a parar pelotas para evitar goles, se entretenía en hacerlos en la portería de aquella improvisada cárcel, no introduciendo pelotas, pero sí todo lo que él estimaba que podía favorecer a no importa qué preso.
Le daba la impresión que de portero pasaba a delantero y, como no lo hacía mal, estaba satisfecho de sí mismo. Él y Baltasar Marqués, por deportistas y por sentimentales fueron a parar con sus huesos en el Fuerte de Illetes, y mucha suerte tuvieron de que no les fusilaran. A punto estuvieron.
Contar la vida que se desarrollaba en aquel foso, aunque no fuera más que en los casos sobresalientes, además de ser interminable, sería totalmente cansado; sería simplemente, la narración de una serie de dramas...
El drama de cada uno se había convertido en drama colectivo. Se forjó una mentalidad. Una mentalidad que se caractenzaba por el estoicismo, como consecuencia del contagio, del ejemplo de los dos primeros que supieron morir con toda dignidad... Y al caer, sólo físicamente, aunque flotara una gran tensión, se produjo un ambiente de total calma, de aparente tranquilidad...
Depués de vivir aquellas horas de gran intensidad, muy supenor a lo que puede aguantar el cuerpo humano, ya no pueden quedar en el alma más que las oscuras ráfagas de apagadas estrellas. Los fusilamientos del sargento Pompeyo, casado en artículo mortis, del sargento Pulido, de Más, aquel muchachote de Campos, de Arrabal y de tantos y tantos otros que, sólo una lágrima y un rezo, un corto rezo, para cada uno de ellos, representaría un río de líquido y una eternidad de creación.
Éste era el cuadro: un fuerte óleo en algunos momentos una plácida acuarela en otros... Un sentimiento de odio ante el abuso de poder, de fuerza bruta. Un sentimiento de compasión ante aquellos que sembraban el terror, ante aquellos que 1mpoman la ley del fuerte, y yo, asqueado de aquel indecente Fuerte, en donde los domingos y fiestas, obligaban a todos los presos a oír misa, custodiados por centinelas con bayoneta calada, pensaba en aquel Jesús de Nazaret, en aquel día en el que también unos sacerdotes, depositarios de la ley que entregara Moisés, rompiendo el principal precepto del Decalogo, pedían y consiguieron una de las muertes más atroces y bajito, muy bajito, mirando al oficiante levantando el cáliz al mismo tiempo que las bayonetas que nos apuntaban, repetían una y otra vez: Señor, Señor, haz que los que mataron ayer y los que matarán, descansen en paz. Acógelos en tu seno...
La Guerra civil en Mallorca vivida por Josep Pons Bestard
25: Campos de concentración.Unidades de trabajadores
Yo no estaba procesado y, a pesar de estar dentro de las quintas más jóvenes, digámoslo así de las movilizadas, no me llamaron y, sin embargo, llamaron a otro que me ganaba de dos o tres años de edad y "metido en el mismo asunto y con el cargo "base" igual al mío; puesto que, también era masón, lo que me intranquilizó. Pensé, si dentro los que estábamos incursos en los mismos cargos, habían hecho algún recuento, alguna selección y empecé a sentir miedo...
Al mediodía empezaron a llamarlos y fueron subiendo arriba. Se dijo que los trasladaban a un campo de concentración. Una modalidad nueva, copiada de Alemania, a la que llamaban Unidad de Trabajadores.
Pasaron dos días y más días de desasosiego...
Por la noche, cuando el sueño me rendía, soñaba y, dentro de la agitación producida por el miedo impregnado en mi subconsciente, se me aparecía una mujer hermosa, muy hermosa, pálida, muy pálida, como la muerte ... Se sentaba a mi lado y me miraba fijamente, con ojos llenos de profundidad... Ojos que me hacían sentir un terrible vértigo hacia el abismo...
En todo mi ser se producía, entre el gran miedo y los deseos más fuertes de vivir, una relación totalmente desfasada y cuyo ángulo o diferencia, me conducía hacia el dulce equilibrio de agarrarme a la bella, de tez pálida y profunda mirada, aparecida en mis sueños para que, con el goce de su compañía, me evitara morir en soledad o, por el contrario, me acompañara en la ilusión, en la agradable ilusión de vivir...
Y aquella hermosa mujer, de mirada profunda, no quiso acompañarme a traspasar la frontera entre lo humano y lo divino... Aquella, la bella de mis sueños, quiso acompañarme por el camino del vivir...
Y otra vez volví a sentir el cariño de una madre. La madre de todas las madres. La madre de Dios.
Al poco tiempo, un mes aproximadamente, junto a unos veinte más, fui llamado a primera hora de la mañana y, después de los trámites de rigor, nos "metieron" en camiones de carga, de forma similar a la empleada en el transporte de ganado ...
No supimos adonde nos llevaban hasta llegar a destino.
Nada menos que al otro extremo de la isla, pasado el "Mal Pas", en Alcudia.
Allí nos encontramos con un campamento a "medio hacer" y allí volví a reunirme con aquellos a los que el mes anterior habían sacado del Fuerte de Illetes, más no pocos procedentes del Fuerte d'Enderrocat y, entre los cuales, se encontraba un profesor de la Escuela Profesional de Comercio, Luis Stengel Boscá con quien, además de haber sido condiscípulo mío, me unía una buena amistad.
Al verme, vino hacia mí y me abrazó.
-¿Cómo estás? ¿Cómo te encuentras? Eduardo me ha dicho que en Illetes tenías muchos ataques de asma -me miró sonriendo- y cogiéndome por los hombros exclamó ¿Quién tenía que decir que nos volveríamos a encontrar en un lugar como éste?
-¿Y tú, cómo estás? ...
-Ya ves, hecho un asco -y poniéndose muy serio, con cara de llorar por dentro, continuó- Estos canallas mataron a mi hermano Pepe. ¿Tú conocías a Pepe? ¿Verdad que era bueno? ...
No pude contestarle. Se me puso un nudo en la garganta y me quedé mudo. Yo no sabía que se hubieran cargado a Pepe Stengel. Tardé bastante en reaccionar... En mi cabeza se habían acumulado muchas más cosas de las que cabían.
En aquel mismo momento vino uno, vino otro y otro...
Todos ellos de edad similar a la mía. A todos conocía; pero entre ellos había uno con el que, a pesar de llevar años sin saber de él, me abracé como lo hubiera hecho con un hermano.
Se trataba de Miguel Vicens Rigo. Habíamos tenido el mismo maestro de primeras letras y, de niños, habíamos jugado juntos. Después, ya jovenzuelos, cada uno habíatomado su propio camino, pero aquella amistad de la niñez había perdurado con una buena estimación de mayores. Así es que al encontrarnos en aquel campo de concentración, tuve la sensación de estar protegido. Tuve la sensación de
tener a mi lado un hermano mayor o, al menos a un hermano más fuerte. Así fue.
En aquel campo de concentración, en la Unidad de Trabajadores de Cap Gros, como la llamaban oficialmente, entre una tarde de octubre. Tarde sin sol, de gris oscuro, muy oscuro ...
La Guerra civil en Mallorca vivida por Josep Pons Bestard
26: Unidad de trabajadores de Cap Gros
En una explanada, entre el camino que iba del Mal Pas al santuario de la Victoria, habían instalado un enorme barracón fabricado con tablas de madera. Barracón que serviría para la instalación de un sistema semejante a los adoptados en los campos de concentración alemanes.
El terreno había tenido que ser puesto en condiciones.
Se había procedido a la extracción de algunas rocas a fin de que el piso quedara lo más plano posible; limpiándose a la vez, de arbustos, hierbas, etc. En uno de los extremos se había construido una especie de chabola destinada a cocina y a la entrada del campo, se trazaba un cobertizo para que sirviera de comedor, una vez cerrado el recinto a base de alambre de espino.
Aquellos muchachos que el mes anterior salían del Fuerte de Illetes, la mayoría de ellos y unos pocos del Fuerte d'Enderrocat, habían trabajado fuerte y en malas condiciones.
Al percatarme de lo que habían hecho, di gracias a Dios de haber tardado un mes y medio en llegar al rincón aquel, acariciado por las aguas que descansaban en la Bahía de Pollença.
Aunque faltaba para poderlo dar por terminado, lo duro ya se había llevado a cabo.
Enseguida me percaté de que el peligro de ser procesado y de ser conducido ante un Consejo de Guerra había pasado; pero nos enfrentábamos con otro, mejor dicho, con otros peligros que nos convertían en vulgares números dentro de un sistema moderno de esclavitud. Sistema que era copia exacta del empleado por los nazis alemanes y para ello se habían cuidado de escoger al personal, que constituía la guardia, idóneo y a tono con lo previsto: un teniente de la Guardia Civil, jefe del Campo, al que no veíamos casi nunca y varios sargentos, ninguno de ellos era bueno, ayudados por algunos cabos, también a cual peor, y un monton de soldados.
Todos aquellos sargentos, cabos y hasta soldados parecían haber nacido para carceleros, excepto el cabo furriel, que era un rústico de La Puebla, analfabeto total, al que identificaban por el apodo de "Es Chatillo". No llegué a conocer su nombre.
Allí, la hora era solar. En octubre, a las cinco y media aproximadamente, era de noche. No había luz eléctrica.
Dentro del barracón se colgaba una vieja lámpara de carburo. El rancho se repartía fuera, al raso. Sólo al lado de la perola se colocaba una lámpara de aceite y el cabo sostenía otro farol, también de aceite, con la mano... Espectáculo dantesco ...
En aquella mi primera noche, nos dieron un plato de judías y un trozo de pan cuartelero que vulgarmente se ha venido en llamar "chusco". La tercera parte de una pieza y nada mas.
El sargento Viver, que era un fanático clerical que lucía una insignia carlista, nos dijo que nosotros habíamos llegado antes que la "intendencia" y, por lo tanto, aún teníamos que dar gracias por no habernos dejado sin cena. Total que aquel día, tanto yo como mis compañeros, no habíamos probado más que unas judías hervidas con agua y un poco de sal, acompañadas de un trocito de pan, puesto que al
salir del Fuerte de Illetes, era temprano para comer y al llegar al campo de concentración de Cap Gros ya era demasiado tarde. En cuanto a la cena, no había llegado la consignación y, lo bueno del caso, es que debió tardar bastantes días en llegar, pues la verdad es que en aquellos lugares la comida andaba muy escasa.
Al cuarto de hora aproximadamente de haber vaciado el cucharón en el ultimo "plato", tocaron retreta. No digo que fuera una retreta floreada, pero sí algo que al menos alegraba los oídos. Entramos en el barracón y el sargento de guardia nos lanzó una alocución dirigida especialmente a los "nuevos" y nos hizo saber que teníamos que trabajar de firme en la carretera que se estaba construyendo desde el Mal Pas a La Victoria, para seguir dando la vuelta por es Cap des Pinar para enlazar con Aucanada
-Ésta es la forma -dijo con mucho énfasis- la única forma de que os salgan los diablos rojos. Los diablos comunistas que todos vosotros lleváis en el alma y el que no cumpla con el máximo celo esta penitencia, será devuelto para ser fusilado por obstrucción al buen desenvolvimiento de la Patria
Aquel hombre, barbero de profesión y sargento de los llamados provisionales, hizo una pausa, respiró hondo como queriendo tomar impulso y continuó:
Las primeras órdenes son que hay que educaros; pero, tambien las órdenes son el empleo de la pistola ametralladora ante cualquier acto sospechoso o que se pueda interpretar como rebeldía -se paró otro momento y, en tono más cariñoso, casi paternalista continuó:
-Ya veis la buena disposición de nuestra Cruzada que, a pesar consignación para los que han llegado hoy, han sido atendidos y han podido alimentarse muy bien. ¡Rompan filas!
A pesar de haber pasado por Illetes, a pesar de todos los fusilamientos y a pesar del miedo, del pánico a dejar de ser, no había experimentado nunca un sentimiento tan hondo de rebeldía y yo, hombre que no puede ver sangre, que huye del odio, hombre que por naturaleza, por educación y por convicción no cree más que en sentimiento, si acaso del odio al odio que, en definitiva, es la defensa del amor, si en aquel momento hubiera tenido a mi alcance una de aquellas pistolas ametralladoras, la hubiera descargado sobre aquel cínico y presumido idiota...
En aquel barracón había unos camastros de tres pisos, formando camarotes. A mí me asignaron uno de los de abajo. Por condescendencia del que tenía el de arriba, me fue cambiado puesto que, debido a mi estado de salud, me venía más que justo permanecer en el alto, pues tanto el de en medio como el de abajo resultaban tan oprimidos que para un asmático eran fatales.
Al poco rato entró un cabo de guardia. Un_ tal Bennasar, hermano, por lo visto, del que fuera artista pintor Dionisio Bennasar,
-¡A dormir! -gritó- y usted bien despierto -añadió- dirigiéndose al preso que montaba el primer turno de Imaginaria y se fue.
Estaba todo organizado militarmente. Por la noche había turno de imaginaria, al igual que en cualquier cuartel.
Oficialmente éramos soldados trabajadores, organizados a base de cuerpos disciplinarios...
Y en aquel campo se alojaba una de tantas compañías pertenecientes a un Batallón de Trabajadores...
A las cinco y media de la mañana me despertó el toque de diana. En segmda se armó un gran "jaleo". La gente se levantaba y se vestía rápidamente.
-¡A formar! ¡A formar! -gritó un cabo desde la puerta del barracón .
Todos fuimos saliendo deprisa, corriendo...
-¡Venga, rápidos!¡A formar! -ordenó el sargento.
Cien y pico de hombres, en posición de firmes, formados en fila de a tres en aquella explanada, al pleno raso, en la que se había fijado un mástil y se procedió a izar la bandera, mientras dirigidos por el sargento entonábamos el Cara al Sol. Espectáculo curioso éste de izar la bandera. Por la mañana, a primerísima hora, casi de madrugada, el primer trabajo consistía en formar ante el mástil y mientras un cabo izaba la bandera, el sargento dirigía el "cante". Había sargentos a los que les daba por el himno falangista y otros, como el sargento Viver, por Oriamendi, de los carlistas.
Tanto si se trataba de un himno como de otro, había que cantarlo con entusiasmo y con "patriotismo".
-¡Más fuerte, más fuerte! -exclamaba el sargento.
-¡Hay que poner más entusiasmo! -repetía continuamente.
Y, a base de castigar duramente, se llegó a entonar bien los dos himnos. Y para el que quería seguir viviendo el aprender letra y música era tan necesario como el respirar.
Una vez Izada la bandera, se rompían filas y a desayunar.
Indecentes desayunos. Normalmente estaban formados por un cucharón de un liquido grisáceo al que, con todo cinismo, le llamaban café con leche y no había visto ni una cosa ni la otra. Era una grotesca imitación, pero estaba caliente y dulcificaba la garganta. No se repartía nada más, así es que muchos en la noche anterior guardaban un poco de pan y lo mojaban. Aquellas "sopas" llegaron a gustarme.
A las seis y media, normalmente, se salía en formación hacia la carretera y, una vez allí, nos iban repartiendo de acuerdo con los diferentes tajos.
La vigilancia era absoluta y tanto el sargento que nos acompañaba, como los cabos y soldados de escolta iban todos armados a base de pistola ametralladora y fusiles.
A mi me "metieron", junto con otros tres más, a picar piedra y machaqué poca, pero me hice muchas ampollas...
Fue uno de los días más largos. Tuve tiempo sobrado para aprender la importancia que tienen los trabajos manuales, la importancia de los trabajos sin importancia y, desde aquel día, siento gran respeto ante el más insignificante trabajo manual.
Al llegar al Campamento me llamaron para comunicarme que al día siguiente no iría a la carretera. El capitán que dirigía me había reclamado. Tenía que ir a trabajar con él.
- Por lo visto usted tiene mucha influencia -me dijo con cierta ironía el sargento Viver.
La Guerra civil en Mallorca vivida por Josep Pons Bestard
27: A trabajar con el capitan de Ingenieros
Aquella noche, la segunda que pasaba en el campo de concentración de Cap Gros, me preguntaba constantemente el motivo, el por qué yo, precisamente yo, tenía que presentarme ante el capitán de Ingenieros que dirigía la carretera, en donde trabajaban de sol a sol los famélicos presos a quienes se habían puesto el marchamo oficial de soldados afectos a Unidades de Trabajadores.
Aquella noche tuve un fuerte ataque de asma. Creyendo que no podía seguir dentro del barracón, varios compañeros me sacaron a fuera, al raso, sin tener en cuenta que era peor el remedio que la enfermedad, puesto que me enfrentaba con el frío y la humedad. Por poco me matan.
Gracias a Miguel Vicens que, antes de detenerle, ejercía de practicante militar, no se me agravó la bronquitis al mezclarse con una pulmonía o algo por el estilo. Me inyectó adrenalina y poco a poco la disnea empezó a ceder y al cuarto de hora ya pude tenderme sobre el camastro y respirar con cierta normalidad...
No queda más remedio que convenir que los que hahíamos ido a parar en el Campo de Cap Gros, habíamos tenido mucha suerte al poder contar con un compañero com Miguel Vicens. Para nosotros y, en especial para mí, fue algo excepcional. A decir verdad, fuimos muchos los que gracias a él pudimos seguir viviendo.
Como es de suponer, los médicos de "verdad", los médicos, médicos, andaban escasos, debido a que los jóvene todos eran militares y estaban desperdigados por aquí y por allí. Sólo los hospitales de sangre que atendían en primera intervención a los heridos evacuados de los frentes, necesitaban muchos más de los disponibles. Los viejos atendían a la población civil y, así y todo, muchos de ellos intervenían de acuerdo con sus especialidades, en hospitales y clínicas militares y civiles más o menos militarizadas. No es de extrañar, pues, que los campos de concentración estuviéramos dejados de la mano de Dios.
En aquella zona, además del Campamento de presos, estaba en la parte del Mal Pas, una compañía de zapadores y, en la parte de la Victoria, una batería de artillería de costa. Normalmente estas dos unidades estaban atendidas por un muchacho joven, estudiante de medicina, creo que de último año y, por ser, llamémosle el titular de la zona, algunas veces pasaba visita a nuestro campamento. Miguel Vicens le acompañaba y le daba las "novedades" y siempre, sin ver apenas al paciente, consideraba que el tratamiento del practicante era adecuado. Sus visitas eran, por lo tanto, totalmente protocolarias y no a efectos de ayudar a los enfermos, sino simplemente dejar constancia de una acta de presencia.
Y Miguel Vicens, preso igual que los demás, ponía todos sus pocos conocimientos y su enorme voluntad, para lograr el alivio de sus compañeros... Curaba desde las ampollas y callos infectados, producidos por los duros trabajos de carretera, a diarreas e infecciones intestinales, como consecuencia del abuso de legumbres secas y de las malas condiciones de ciertos alimentos. Era lo que abundaba, puesto que para las úlceras de estómago, como para las afecciones de hígado, no importaba prescripción alguna, debido a que se curaban solas. Se curaban a cambio de depauperar al individuo y la falta de grasas, de vitaminas y la falta de proteínas, hacía que un simple catarro sobre aquellos seres anémicos degenerara en algo peor, puesto que se encontraba sin defensas. Y Miguel Vicens que tenía afición, humanidad, mucha humanidad y unos conocimientos, aunque burdos, bastante prácticos, sabía que la tuberculosis empezaba a tomar posiciones y que, con el tiempo, terminaría por abatir a muchos de aquellos muchachos y, principalmente, a los que parecían torres inexpugnables.
Y yo, hombre que no gozaba de salud, tuve la suerte, la gran suerte de encontrarme con aquel chico que conocía de niño y que, en la práctica era el "metge" en aquel lugar... En aquel lugar en el que todo faltaba...
Pero por encima de todo y, aún teniendo en cuenta el azote de aquella enfermedad asmática, unida a unas condiciones de vida pésimas, prevalecía, en cuanto a mi particular persona, la suerte de haber encontrado a Miguel Vicens, que ya significaba mucho, y lo curioso del caso, fue que el Capitán de Ingenieros que trazaba y dirigía la carretera, antiguo conocido mío, también al saber que estaba en el campamento de Prisioneros, me hubiera escogido como colaborador suyo. Ello me eximió de los grandes madrugones y, al menos, me proporcionó la realización de un trabajo resguardado de la intemperie, al mismo tiempo que el vivir unas horas de más dignidad.
No tardé muchos días en hacerme cargo de mi nuevo "empleo" y, cuando me di cuenta, estuve entre un montón de planos, pasando horas y más horas trazando perfiles longitudinales y transversales. Dibujando y calculando desmontes y terraplenes ...
Algún día en vez de ir a comer al campamento, por orden del capitán, lo hacía en el Destacamento de Ingenieros y, al comer bien, sustancioso al menos, me acordaba del refrán popular de "quien día pasa el año empuja".
Aprovechaba, por lo tanto, todas las ocasiones que podía, puesto que con ello evitaba el enfrentamiento con la anemia, la maldita anemia, que poco a poco se iba adueñando, de momento de los débiles y, con el tiempo, de los fuertes.
Y, ante mi especial situación, agradecía al Todopoderoso, al Gran Arquitecto del Universo, el haberme permitido permanecer en el lugar que corresponde a los que, a falta de poder luchar en las filas de la República, tanto por origen como por temperamento, como por lealtad a principios y creencias, no podía admitir despotismo de ninguna clase y sin embargo, iba conservando no tan sólo la vida, sino que, además, me iba manteniendo, preservando de cualquier anemia perniciosa o hasta de una tuberculosis...
En el fondo de mi ser me sentía un escogido de Dios y daba gracias, muchas gracias...
Serían las ocho y media de la mañana cuando, acompañado por un cabo y dos soldados, provistos de sus correspondientes pistolas y ametralladoras, llegué al chalet en donde estaba instalado el destacamento de zapadores del Cuerpo de Ingenieros. Un sargento se hizo cargo de mí y me acompañó a la dependencia del capitán.
-Entra -me dijo- ¿cómo te encuentras?
-Bien mi capitán -le contesté.
Puede irse -ordenó al sargento y dirigiéndose otra vez a
mí, me interpeló:
-Bueno. Déjate de cumplidos. Aquí, en este despacho, somos dos amigos. Deja de estar firmes y siéntate. Venga, siéntate y olvida que soy capitán y tú... se dio cuenta y se paró, pero en seguida reaccionó y continuó -¡Sí y sí! ¡Que caramba! Tú eres mi amigo. Todo independientemente de quienes al salir de esta habitación, pero aquí tenemos que trabajar como lo que somos, como dos amigos.
Me dijo que Valentín Prada, uno de nuestros rivales en natación, le dijo que me había visto en la carretera picando piedra y que, entre los dos, habían convenido ayudarme.
-Puedes tener un buen auxiliar -le había dicho el antiguo nadador del Corb Marí, interrumpido al estudiante universitario y actual cabo de Ingenieros.
Y así seguimos charlando unos minutos más. Pocos, muy pocos, pues aquel capitán, ascendido recientemente como consecuencia de la guerra, era hombre de pocas palabras.
Todo lo que tenía que decir ya lo había dicho. Yo me di perfecta cuenta y le di ocasión para dejar la conversación y entrar en materia de trabajo.
El hombre se animó y me fue explicando una serie de cuestiones relacionadas con la carretera que se estaba construyendo y, a la vista de varios planos, no tardé en ponerme al corriente de cual sería mi trabajo. En síntesis, se trataba de modificar ciertos tramos de un cierto camino de carro y convertirlo en carretera. Llevar a cabo la refundición práctica de una serie de proyectos, para conseguir el enlace del Mal Pas por Cap Gros, La Victoria y Cap de's Pinar, llegando a la otra ladera de la Bahía de Pollença por Aucanada.
Mi nuevo trabajo no me disgustó. Además de un entretenimiento, me daba ocasión de practicar la delineación y hasta un poco de cálculo.
Mi contacto diario con uno de los sargentos de Ingenieros, afecto al Destacamento de Zapadores del Mal Pas, como consecuencia de ser el que iba tomando los datos sobre el terreno, me proporcionó una cierta independencia y, a la vez, me aseguraba, si no un bienestar absoluto, sí una serie de mejorías en mi estado de salud, puesto que, bien de las farmacias de Alcudia o de sa Pobla, y siempre con cargo al Destacamento, me proporcionaba, con la conformidad del capitán, algún medicamento y, en especial, inyectables de adrenalina.
Además del trabajo de gabinete, de oficina técnica, iba algunas mañanas, con dicho sargento y hasta de tarde en tarde con el capitán, a tomar rasantes y otros datos sobre el terreno. Ello llevaba consigo que no me levantara al toque de diana. Permanecía en el camastro hasta las ocho de la mañana aproximadamente... Y solo, sin acompañamiento de ninguna clase, salía del Campamento en dirección al chalet que, requisado a la familia Qués, servía para alojamiento del Destacamento de Zapadores ...
Recorría andando, sin prisa, poco más de un kilómetro y sólo, sin más compañía que el arbolado que, a un lado del camino se besaba con el firmamento y, por el otro, aparecía descansando, totalmente dormido, sobre las aguas de la Bahía de Pollença...
Más o menos a mitad de camino y a la vista del mismo, se levantaba un gran pino. Sin duda el más robusto, el más grueso, el más frondoso, de toda la región... Yo gustaba de pararme unos momentos apoyándome en él...
Admiraba el descomunal coloso conocido por el "Pi de sa Senyora" y, debajo de su ramaje, sentía las poéticas notas de un paisaje lleno de vigorosos colores, en donde la bucólica lírica hacía vivir el frescor de un inmortal perfume que invitaba al amor en contra de los implacables odios que, a base de la gran cantidad de sangre derramada, se iba convirtiendo en dura roca .. Su hechizo me embriagaba de tal manera que me olvidaba de la ira producida por la injusticia y ya no oía, en el interior de mi alma, el castigo funerario, ni el azote de un continuado calvario.
Bajo aquel pino, el "Pi de sa Senyora" llegué a llorar y el calor de aquellas lágrimas, me hacía sentir la inmensa alegría de vivir y debajo de aquel grande árbol, el que estaba enfrente, en la otra ladera, comprendí que hubiera habido un poeta, un hombre de sensibilidad exquisita, que lo amara por "ser más fuerte que el olivo, más poderoso que el roble y más viejo que el naranjo... El "Pi de sa Senyora" al igual que "El Pi de Formentor", que cantara Costa y Llobera, también conservara en sus hojas la eterna primavera....
Estos momentos de descanso que conducía hacia el Mal Pas, así como el enfrentamiento con aquellos papeles, en donde se conjugaban planos y cálculos, me permitían sentir la rapsodia del color para entrar en la poesía de las líneas y de las cifras... Pero, al pensar en aquellos infelices y depauperados compañeros míos, se apoderaba de todo mi ser una gran melancolía... Un desasosiego que terminaba conmigo y me producía diarreas. Muchas diarreas... ¡Qué asco! ...
A últimos del mes de diciembre de 1937, se empezaron a dar algunos· permisos para visitar a prisioneros. Si bien estos estaban, por lo visto, bastante restringidos, los domingos estaban bastante concurridos. Cada semana fue aumentando el . número de visitantes, puesto que, hasta los que no habían obtenido permiso de las autoridades competentes en estos quehaceres, enternecían el corazón del sargento de guardia y éste, mediante "aquello que", según el refrán, "hace bailar al perro", lo concedía.
Casi todos los visitantes llegaban con su paquete.
Normalmente almente embutidos, alguna coca de verdura y hasta alguna empanada de carne. Muchos de ellos a costa de muchos sacrificios. Los visitantes sabían que la comida nom abundaba y se afanaban en amortiguar el hambre del hijo, del hermano, del novio y en algunos casos del marido...
Yo, ya me había olvidado de infinidad de cosas y, el pescado había quedado tan atrás, que ya ni sabía si existía.
Volví a saber de él, cuando tuve ocasión de enfrentarme con más tajadas de mero en escabeche que una tía de Miguel Vicens, casada con un patrón de pesca, preparara para su sobrino. ¡Qué rico estaba!
Se llegó, por parte de los mandos del Campo, a permitir que los prisioneros que tenían visita, pudieran comer y pasar casi todo el día con sus familiares... Aquello, todo campiña y arbolado, parecía una romería.
En el Campo, los domingos, no comían más que unos pocos presos, puesto que hasta muchos de los que. no habían recibido visita, se adherían a los que la recibían. Se daban toda clase de facilidades. La cuestión era lograr que toda la consignación que se tenía para el rancho quedara íntegra, sin merma, a los fines de engrosar los particulares bolsillos de los mandos y, entre lo que se ahorraba del íntegro consignado y lo que se dejaba de gastar los domingos, había sargento que vivía mejor que el más encopetado de los generales, con la ventaja que todo les contaba igual que si estuvieran en campaña, igual que si estuvieran en las trincheras frente al enemigo. En efecto, estaban frente al enemigo, pero frente a un enemigo desarmado y famélico...
Y aún había que agradecer su comportamiento, puesto que gracias a ellos, se podía ver al hijo, al hermano, al novio, y hasta al marido ...
Yo no recibí ninguna visita durante todo el tiempo que estuve en Cap Gros. No fui el único. Hubo unos pocos, muy pocos que tampoco las recibieron. Todos ellos pertenecían a la clase media, a esta clase media que había sido el sostén de la derecha española. De esta clase media siempre corta de medios y estrecha de principios... Yo la conocía muy bien y la desprecié toda mi vida.
-Ha salido al republicanote de su abuelo- decían las cursis primas de mi madre.
-Se parece al otro Jaime... -se referían a un sobrino de mi abuelo, que tenía su mismo nombre y que, como su tío, también olía a liberalote.
-Dicen que es librepensador -afirmaba otro de los parientes que creía que el señorío y las buenas formas consistían en estar suscrito al ABC, y decirse monárquico, usar camisa de seda y tener una querida más o menos barata ...
Tanto para mí, como para los demás pertenecientes, aún a regañadientes, a esta genuina y especial clase media mallorquina, lo normal era que no tuviéramos visitas, salvo aquellos que tuvieran madre y hasta padre ... Yo no tenía ni a una ni a otro. Mi suerte, mi enorme suerte hacía que, tanto ella como él, pero en particular ella, estuviera a mi lado, como ángel de la guarda, todos los días y a todas horas... Y, una vez más, al tocar con los pies en suelo, comprobé que la gente del pueblo, la considerada de abajo, está familiarizada con el amor, con la humanidad, con los buenos sentimientos ...
De ahí que fueran los de abajo los que saciaran mi hambre y, sin apenas darme cuenta, llegué a tener "familia" y amigos en varios pueblos de la isla... Y vino el momento en que llegué a sentir envidia de aquellos chicos obreros manuales unos y campesinos los otros... Chicos que, si bien tenían pocas letras, tenían temple y, en especial, lo que yo admiraba era su sentido de unidad, su sentido de clase que hacía que nunca se encontraran solos. Ante aquella mentalidad no me extrañó que, a pesar de todos los despotismos y hasta de las desviaciones del verdadero sentido del Cristianismo, poco a poco, pero con paso firme, el socialismo se fuera adueñando de la humanidad, aún adoptando distintos nombres, pero, en el fondo, con un espíritu nacido de idénticos principios.
Aquellos hombres sencillos, humildes, sin darse cuenta me enseñaron y me hicieron aprender y asimilar toda una filosofía. Una nueva concepción del derecho natural que se empezaba a proyectar sobre la base de un futuro mundo del trabajo y comprendí que, más tarde o más temprano, por su racionalidad, todos, de acuerdo con los conocimientos o facultades de cada uno, quedaríamos integrados en la nueva sociedad. Ello, por lo tanto, provocaría cambios que darian, como resultado, la desaparición de vetustas castas.
Comprendí que la revolución industrial estaba en marcha y que, a pesar de todos los esfuerzos en contra, las clases obreras españolas, aún teniendo en cuenta todos los lmpedimentos provocados por el fascismo o por el nazismo, doclrinas que intentaban reivindicar legalmente un nuevo absolutismo, irían dejando su analfabetismo, aunque muy despacio, y formarían sus élites. El mundo del trabajo cont aría con sus bases científicas, técnicas y jurídicas ...
Al comprender y ver claro este Estado de Derecho, me horroricé; pues vi que, para llegar a él, había que verter aún mucha sangre, mucha...
Y me acordé de aquel profesor que explicaba sus lecciones en la cátedra de Economía Política y Estadística, en nuestra escuela de Comercio, cuando afirmaba que entre las diversas filosofías, la socialista constituía la base de un estado político casi perfecto o, al menos lo que más se acerca, teniendo en cuenta las imperfecciones constituidas por la humana materia; pero, añadía, lo malo es que para llegar a un Estado socialista se necesitan muchos años, tantos que no basta una generación...
Y a base de retroceder, hojas y más hojas en el libro del tiempo, me entretuve en analizar la evolución de la humanidad, desde el feudalismo de horca y cuchillo, hasta nuestros días y llegué al convencimiento de que, una vez iniciada la formación y el crecimiento de la industria tecnificada, ya no podría prosperar ningún "neofeudalismo", tendría que ser distribuida equitativamente, de acuerdo a cánones dimanantes de razones directamente proporcionales a las necesidades de los individuos.
Y como un niño travieso que ha jugado una mala pasada a sus superiores, sentí la risa que asomaba a mis labios; puesto que, en lo más recóndito de mi ser sabía que las bayonetas lo único que lograrían sería frenar la avalancha del progreso, pero que, con el tiempo, no habría quien pudiera evitar las reivindicaciones que impondría la clase obrera por mucha sangre que se vertiera. Aquellos hombres morirían fusilados o tísicos, pero detrás de ellos vendrían otros... y otros...
Algunas mañanas iba a tomar datos sobre el terreno, bien solo o con el Sargento de Ingenieros que ayudaba al Capitán y recorría todos aquellos parajes.
Algunas veces gustaba de llegar hasta La Victoria y, desde allí, contemplar la Bahía de Pollença. Enfrente, bien enfrente, .se divisaba incrustada en la verde garra blanca y casi rectangular que, unos años antes, incrustara Adan Dhiel, para que el turismo internacional pudiera deleitarse descansando sobre la arena, la blanca arena y sentir el calor de los rayos del sol, como balsámicos besos de la poseída caricia de un suave movimiento al contacto del cuerpo y agua, bajo el susurro musical del ir y venir del líquido elemento, al morir sobre el litoral, sobre la playa de Formentor.
Gustaba de sentarme sobre aquellas piedras, formado de cerca, en la entrada de la pequeña plazoleta en que se sentaba la Ermita de La Victòria... ¡Qué placidez! ¡Qué tranquilidad..
La Guerra civil en Mallorca vivida por Josep Pons Bestard
28: Amor a la naturaleza
Desde allí empecé a sentir profundo amor hacia todos los árboles. Comprendí el misterio y amé aquel lugar, aquel paisaje, en donde el fresco verdor del ramaje sosteniendo la luz dorada de los días de sol, en contraste con los más dispares colores que se iban combinando sobre las aguas de la Bahía; daba, como resultado, un equilibrio, un sentido armónico y, ante tanto color, ante tanta belleza, supe lo que falta al hombre y, a la vez, supe lo que sobra al hombre. La ambición le sobra y la caridad y la humildad le faltan...
Y ante aquel cuadro, en donde la luz y el color se manifestaban con toda la intensidad de su fuerza me sentí tan humilde, tan poca cosa, que empecé a creer que la sublimidad del hombre está, precisamente, en su sencillez, en la falta de ostentación, en la carencia de ostentación y artificio... Llegué al pleno convencimiento de que el hombre desposeído de todo sentimiento de orgullo, de vanidad y de ambición es el que se parece al ideal concebido a imagen y semejanza de su creador y me acordé, una y otra vez, del raído hábito de Francisco de Asís que, con todos sus zurcidos y remiendos, también, radiaba mucha luz, mucho color...
Cada vez que tenía ocasión de enfrentar mi alma con aquéllos, me sentía más unido al creador, más protegido, menos solo... El mar, el cielo y el trinar de los pájaros me defendían de mis oscuras soledades y, allí, en franca camaradería con la naturaleza, empecé a saber que, aún peor que
el hambre y la suciedad, es la soledad de uno entre muchos y, sin embargo, entre aquellos árboles, bajo el luminoso cielo, al contemplar la infinita gama de colores que, constantemente se producían, fantasmagóricamente jugueteando, al reposar sobre el líquido contenido, en la enorme paleta que constituía la Bahía de Pollença, llegué a sentir, entre mi humano corazón y el espíritu divino de lo creado, una
compresión tan armónica, que producía, con eterna fusión, la imposibilidad, tanto en la vida como en la muerte, de
encontrarme sólo...
Yo amaba aquel lugar todo paz, todo amor y, en aquellos momentos de éxtasis contemplativos y de la franca confesión con la naturaleza, llegué a sentir compasión por aquellos hombres, por aquellos grupos que, aún despreciando dotes excelentes, ponían, por encima de todos los derechos
de los demás, su particular ambición y su orgullo de casta; y, si bien estábamos en momentos de exaltación de unos hombres y de unos grupos, yo sabía que, a pesar de tocar en Europa la mayoría de cornetas, todo era impuro, totalmente falso; puesto que la evolución del pensamiento es muy difícil de parar, debido a que es consustancial a la realización hombre y Naturaleza y que, como consecuencia, el individuo llegó a descubrir la armonía secreta entre él y su Creador y se convenció del derecho que le asiste del uso de su individual y colectiva libertad.
Yo amaba aquel lugar todo paz, todo amor...
El protagonista ha llegado a vivir tan intensamente y el autor a fuerza de soltar la pluma, de dejarla correr sola, se ha dado cuenta de que, en la narración, la ficción, queda empequeñecida, dominada por la realidad de unos tiempos totalmente en los que el egoísmo reaccionario de unos grupos minoritarios, aprovechando la corriente totalitaria que intentaba asolar Europa, en defensa de intereses bastardos y de casta, albergaron barracones y demás instalaciones rodeadas de alambre de espino y a los que, oficialmente y con todo cinismo, llamaron Unidades de Trabajadores en vez de Campos de Concentración de Prisioneros sometidos a trabajos forzados. De ahí que el autor vuelva a interrumpir otra vez al personaje, al protagonista y, aunque no sea más que por breves momentos, provoque un alto en la narración, precisamente, por estimar que, el que habla siempre en primera persona y, sobre el que gira toda la ficción, no puede entrar en ciertos detalles y, menos aún, en los de carácter personal...
En mis sueños de autor, al esquematizar la carpintería literaria, la infraestructura de una ficción ubicada, en uno de los trozos del solar que sirvió para el levantamiento que, al fracasar, terminaría en una guerra fraticida y contemplar al protagonista, al ente huido, cabalgando sobre libre pluma, por estimar, desde el principio, que en todo arte figurativo la ficción cuanto más se identifica con la realidad más estética resulta, he sentido su éxtasis ante las diversas tonalidades cromáticas, ante su amor por el paisaje y, a la vez, su deleite ante la música producida por el trinar de los pájaros .. .
Pero tenía que bajar... Pisar otra vez tierra firme y, por desgracia tierra baja, muy baja. La que les gusta a los hombres...
En lo alto de La Victoria obtenía oxígeno espiritual. Lo necesitaba, puesto que, aunque alimentado el físico a base de inyectables de adrenalina, algunos fármacos y el respirar el humo de papeles antiasmáticos de combustión sin llama todo esto no bastaba para vivir. Necesitaba algo superior más elevado...
Por el camino, mucho antes de llegar al primer tajo, me invadió una arrebatadora sensación de triunfo al recordar que el hombre había nacido libre. El Creador le había dado la total libertad. No era lícito por lo tanto, que otro hombre con menos primicias que el Sumo Hacedor se la arrebatara; puesto que, el hombre que además de lo físico, cuerpo y materia, es también intelecto, raciocinio, en síntesis, espíritu no puede de ninguna manera ni bajo ningún pretexto dejarse arrebatar por otro hombre, el preciado privilegio de la libertad que fue concedida por gracia de Natura...
Todos estos pensamientos y muchos más iban a mi mente, pero la paz interior que sentía aquel muchacho, protagonista de ficción, de acuerdo por impulso del color, de la luz robada, extraída del paisaje que había almacenado en su interior y que, a la vez, fuera el resultado de su identificación con la naturaleza, si bien no era suficiente para acostumbrarlo a todas aquellas penalidades, le permitía conseguir control, una autoeducación para llegar a estar cada día menos sólo, más acompañado de sí mismo, asistido por sus propios pensamientos y poco a poco iba convirtiéndose en una especie de monje del librepensamiento...
Quizás los motivos que le impulsaron al autor a crear un personaje físicamente enfermizo fuera la sinceridad, la honradez de acercarse más a las realidades vividas en aquellos años y que habían quedado en su subconsciente. Una vez creado, hecho hombre, más que una razón literaria resultó ser un ente vivo, respondiendo a su particular metabolismo y, como consecuencia, a un estado psíquico de acuerdo con
la realidad de cada momento. Y así fue, puesto que de todos es sabido que, casi siempre la falta de salud engendra sensibilidades superiores a las normales y, como consecuencia, desencadenó fuerzas para evadirse, no tan sólo del terror que se estaba apoderando de su ser, sino del miedo a una época despótica que privaría, probablemente, durante muchos años el goce de las más elementales libertades.
En aquel campo de concentración todo derecho fundamental estaba condenado como si se tratara de un privilegio especial y absurdo. En aquel campo de concentración no tan sólo se mataba de hambre a los individuos, sino que a la vez, se atropellaba la dignidad humana de los mismos.
El hecho, por lo tanto, de que el personaje, el protagonista, entrara y saliera sólo, sin guardianes y sin escolta de ninguna clase, les sentaba malísimamente a los sargentos, que en el fondo eran gente sin principios y con agudizado espíritu carcelero. El capitán, director de la Carretera, había dado orden de que nadie le escoltara. Ésta es la diferencia existente entre los que, aún pertenecientes al mismo credo político, son personas, y quienes son rufianes.
Personalmente, nuestro personaje no podía quejarse, pero sentía en su carne el envilecimiento, la falta de decoro y el hábito de aquella inhumana rutina...
De ahí que el autor, queriendo escribir una ficción, centrada en medio de la riada que convulsionó a esta, nuestra Mallorca, al darse cuenta que había dado a luz a un personaje que, casi al mismo momento de salir de la pluma ya se le iba de la mano, la haya dejado correr a su libre albedrío, para que éste, en contra de todos los perjuicios, temores y censuras, pudiera vestirse con el ropaje de la realidad...
Realidad impuesta al personaje, debido a que, como medio de expresión dentro de la farsa, necesariamente hubiera tenido que ser parido como fiel exponente de verdades que, por imperio de la necesidad histórica, deben ser narradas... Realidad que desborda a todas las más espeluznantes ficciones de compuestas e imaginadas tragedias.
Personaje de ficción. ¡Sí!... pero también personaje constituido, en esencia, por toda la potencialidad vital que le obliga a describir, dentro de la narración, la verdad y nada más que la verdad...
La Guerra civil en Mallorca vivida por Josep Pons Bestard
29: Paso ligero!
En todo lo que llegaba al Campamento se ejercía una rigurosa censura. Las cartas se entregaban abiertas y, cuando se hacía referencia al envío de algún paquete que, además de ropa, contenía algún dinero o algo de comer, no se entregaba...
Siempre faltaban paquetes...
Como consecuencia, los presos aprovechaban todas las ocasiones que podían para hacer llegar a sus familiares, la conveniencia de que no les mandaran más que ropa limpia y, a ser posible, vieja; puesto que allí todo lo bueno desaparecía y no digamos si se trataba de algo comestible, tabaco o dinero...
No sé como llegó a Palma, a oídos de la Superioridad, pero el resultado fue que se ordenó una encuesta. Una encuesta tan especial que es digna de ser narrada. Y tal y como lo vi lo cuento:
Una tarde, poco después de las tres, no sé de qué día festivo, llamaron a formar...
Una vez formados en medio de la explanada, bajo los rayos radiantes de sol, pasaron lista. El practicante, como de costumbre, justificó a los enfermos que habían quedado en el camastro. A mí, a Company y a dos o tres, de los servicios de cocina, nos exceptuaron.
- Venga, salgan. ¡Venga, rápidos!- ordenó aquel tipo de rostro demacrado y cuerpo escuálido con galones de sargento.
Lo contemplé desde el barracón. Aquello me olía mal.
- Quién de vosotros -les interpeló aquella endeble miniatura de sargento- dice que la comida es mala? ¡Venga díganlo!
Todos callaban y salvo el piar de alguno de los pájaros, en todo el Campamento, no se oía ni el susurro del aire.
-¡Venga, o es que ninguno de vosotros tiene cojones para sostener todas las mentiras y falsedades que se han hechocorrer? ·Éste es el pago que dais por no haberos fusilado?
Este es vuestro agradecimiento? Esta visto que sois unos rojos, unos bandidos y unos hijos de puta... -Tomó aliento y continuó- Os doy medio minuto para que el responsable, el que ha promovido las quejas, salga de la fila y confiese su pecado.
Ninguno se movió. Todos firmes, impasibles...
-¡Compañía! ¡Fir...mes! ¡Vuelta a la derecha! ¡Art! -dio instrucciones a uno de los cabos- ¡En marcha! ¡Paso hgero! ¡Art!
Y así empezó la cosa... Yo observaba desde la ventana que tenía a la altura del camastro.
Y pasó un cuarto de hora...
-¡Más ligero! ¡más rápidos! -chillaba.
Y pasó media hora... Cayó tendido, el prisionero, Francisco Sánchez...
-¡Venga! ¡Rápidos! -proseguía chillando aquella escuálida bestezuela.
Y así fueron cayendo otros y otros...
y pasó una hora más y fue aumentando el número de tendidos. Nadie se preocupaba de ellos. Allí yacían, tendidos en el suelo...
Y los otros seguían y seguían hasta que caían.
-¡Alto! -ordenó el tipejo de rostro demacrado.
Los que quedaban en pie se pararon. El les miro sonriente. Aquel cuadro constituía para el, el maximo de fehcidad. El triunfo de un don nadie que, en aquellos momentos tenía un montón de hombres tendidos, física y moralmente, a sus pies...
-Cerrado el expediente. ¡Rompan filas! -gritó y se fue más hinchado que un pavo real jugueteando con una pistola del nueve largo.
Los dos cabos seguían empuñando, a punto de hacer fuego, la pistola ametralladora.
Y yo, desde aquélla ventana, medio petrificado, observé al teniente de la Guardia Civil, jefe del Campamento, que casi nunca aparecía por ningún sitio; como buen "chusquero de relucientes estrellas de oficial, salvó los "beneficios" de la consignación para el mantenimiento del campo de concentración, todo lo tenía confiado a la brutalidad de aquellos sargentos nacidos y hechos a tono con la mafia sublevada... ¡Sí!, le contemplé y, me di perfecta cuenta de la alegría que le daba el ver aquel sargento (Palou de apellido) dirigir, pistola en mano y en nombre de Dios y de la Patria, a sangre fría, las brutalidades que se cometían en aquel campo de concentración. Aquel verdugo, con galones de sargento del Glorioso Ejército, defensor de un Dios de barro y de una patria martilleada y partida en dos, había conseguido unas horas de felicidad de su teniente... Uno a escondidas y el otro dando la cara, habían estado ante el enemigo... Según ellos, los dos "patriotas", se merecían una medalla con distintivo rojo.
Y yo, ante aquel espectáculo, quedé tendido en mi camastro y lloré... Me embargó un sentimiento de feroz rabia, no contra aquellos diablos, detritus de una naturaleza putrefacta, sino contra una mentalidad que se iba extendiendo de tal manera que nos dejaría divididos, separados durante muchos años. Renacían otra vez las dos Españas y sentí odio, mucho odio a la necesidad de sentir odio...
Lloré y, en cada una de mis lágrimas, experimenté, como Cristo-Hombre pudiera sentir, el dolor de cada uno de aquellos seres, caídos, humillados. De aquellos seres que, vencidos físicamente por el inhumano castigo, era uno de tantos exponentes de una Mallorca dividida en dos grupos irreconciliables
La Guerra civil en Mallorca vivida por Josep Pons Bestard
30: Condiciones de vida
Aunque mis condiciones de vida fueran mejores que la de la mayoría de mis compañeros, cada día mi estado de salud era peor. El asma me atacaba más y más... Aquel invierno del 38 fue fatal. Las condiciones de habitabilidad en el campamento eran pésimas. Totalmente nocivas para la salud.
Basta decir que el agua potable teníamos que ir a buscarla a unos dos Kilometros lejos y, así y todo, normalmente era muy turbia.
Entre los presos había algunos albañiles de oficio y, por la cuenta que les tenía a nuestros carceleros, por un lado y por el otro, el ascendente que yo tenía sobre el capltan, director de las obras, en la construcción de la carretera, se pudieron obtener los materiales necesarios para la construcción de un recipiente en forma de estanque en el que, mediante unas piezas de marés se pudo conseguir un filtro excelente; pero, así y todo, el agua de que dispomamos no alcanzaba más que para beber y cocinar.
Yo particularmente, estuve más de cuatro veces sin lavarme la cara y menos mal que tenía ocasión de poder aprovechar algún momento que, bien solo o con Isern, subía a "La Victoriá" Y, además de llenar dos o tres jarras para los presos que trabajaban en los distintos tajos de la carretera, procedía a lavarme la cara, las manos y hasta algunas veces los pies...
Cada vez que pensaba cómo se llenaba el depósito del campamento, me sentía preso de la maxima indignacion, puesto que el trasiego se efectuaba mediante unos grandes perolas de dos asas, trasladadas a base de dos por envase. No se disponía más que de cuatro de estos cacharros.
El trasiego, por lo tanto, resultaba muy lento y pesado si, además, se tiene en cuenta que el grupo de hombres que realizaba el molesto trabajo, iba escoltado por un cabo y dos soldados armados hasta los dientes, es más que compresible que el espectáculo, visto desde cualquier ángulo, resultara totalmente denigrante.
La barbarie que imperaba en las más apremiantes condiciones de vida, a medida que se procedía a su análisis, resultaba horripilante, debido a que carecía. de lo más esencial; puesto que, a medida que iba transcurnendo el !lempo, otro problema, muy superior aún era el de expeler los excrementos, las inmundicias de tanta gente.
Al principio se evacuaba detrás de cualquier arbusto de los situados en la parte trasera del barracón, pero la población penal estaba integrada por más de cien hombres y, como es natural, al poco tiempo, el hedor era tal que toda aquella zona se había convertido en un lugar, además de mal oliente, totalmente insano. La descomposición de tanta sustancia orgánica con el peligro de alguna epidemia. Al menos así lo manifestó el estudiante de medicina, habilitado de médico.
Tanto el teniente como los sargentos y, en especial, estos últimos que, en resumidas cuentas, eran los que tenían que convivir y andar por los mismos lugares que los presos, se asustaron ante aquel peligro...
No sé a quien se le ocurriría aquel sistema de letrina común. La verdad es que tenía gracia y además originalidad. De haber tenido una máquina fotográfica se hubiera podido conseguir un retrato en el que aparecieran una docena de culos en batería.
En el extremo del campamento, entre el mar y el barracón y a una veintena de metros del mismo, se producía un desnivel de unos tres o cuatro metros y, a base de pico, se puso en condiciones para colocar dos troncos de árbol, sujetos en sus extremos con un largo de unos tres metros, distanciados uno del otro unos veinticinco centímetros, formando
asiento, de manera que el culo quedara al aire libre, de forma que, al expeler las inmundicias, fueran a caer abajo. Le añadieron dos troncos más formando respaldo a efectos de seguridad. En resumen, con cuatro troncos queda construido un sofá, en esqueleto, sin tapizar. Cada semana se arrojaban dos o tres veces, algunas espuertas de tierra y toda aquella porquería quedaba sepultada...
La primera vez que me senté en aquella letrina, sentí el empujón de un aire frío, que me contrajo el recto y estuve seis o siete días sin poder evacuar; pero ya teníamos un "cagadero" higiénico y probablemente único.
Me acuerdo de una noche en que, debido a las malas condiciones de aquellas bazofias de potajes, hubo un estado diarreico colectivo y la gente iba del barracón a la letrina, formando cola para cubrir, a medida que iba terminando, las vacantes que se producían.
-Venga, cabrones, daos prisa ... No puedo contener la mierda... -exclamaba un maestro de escuela llamado Antonio Ramón.
-Siéntese y que su "señoría" saque todo el veneno que estos fascistas nos han metido en el cuerpo -le contestó un zapatero de Llucmajor.
Ay! ¡Ay!... ¡Qué dolor!... -gritaba otro de los evacuantes. Y así unos y otros...
Yo, en este aspecto, aún lo pasaba peor; diarreas como los demás y asma, mucha asma, por particular añadidura.
Y, a pesar de diarreas e infecciones y hasta de una vaga sombra de tuberculosis merodeando por la zona, así como la regresión sustancial de todo un sistema social, impuesta por la mediocridad de cerebros movidos por un complejo de inferioridad intelectual, explotaban una y otra vez chispazos de humor propios de la juventud, impulsados por el espiritu de vivir, por una necesidad patológica de subsistir que, en resumen, representa el miedo a la muerte, al dejar de ser.
Todas aquellas bajezas humanas, aquella mierda que decía constantemente Guillermo Rosselló, no lograron romper nuestra conciencia histórica de saber, unos por ilustrados y los otros por instinto, que representábamos en Mallorca uno de los pocos bastiones, al menos en conciencia, del pensamiento libre, en contra y en medio de aquel retroceso a la barbarie. Nosotros los que quedáramos libres vivos tendríamos la obligación de narrar, de transcribir, de dar fe a nuestros hijos y hasta a nuestros nietos de la verdad histórica...
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