En 1936, al estallar la guerra, la evolución y la vida aparente de nuestra literatura se interrumpieron y se hizo un silencio absoluto. La historia había cancelado golpe en seco, con inusitada violencia, un período más allá del cual nada podía adivinarse. Parecía como si todos los caminos de las letras insulares se hubieran abocado repentinamente al vacío, a la nada. Nuestra Tierra desapareció; los escritores y las editoriales enmudecieron. Cuatro años después de recobrada la paz, nada permitía prever cambios sensibles en la situación: dificultades de todo tipo hacían prácticamente imposibles las ediciones, limitadas sólo a la reimpresión (aquellos autores que ya se consideraban clásicos: Costa, Alcover, Oliver. Los escritores mismos, fresca todavía la tragedia, como si no tuvieran ánimo de volver a coger la pluma.
Había demasiada ceniza en todos los corazones, según había vaticinado Miquel Ferrà en un poema memorable.
Poco a poco, pero, empezaba a romperse el hielo, y en los salones y tertulias –por aquellos años todavía había salones y tertulias– se leían otra vez versos inéditos y algunos recién llegados hacían acto de presencia. Era bien justificable el deseo de reanudación, de olvidar el paréntesis trágico y volver a la apaciguada estabilidad de antes; de adoptar, en la cabeza y en la f1, una actitud de fuga. ¿Pero era posible hacerlo? La guerra había sido un enorme punto y aparte, y ni el mundo material ni el espiritual de los años cuarenta se parecían de nada a los de los años treinta: las inquietudes que se sentían, los problemas que se planteaban eran completamente distintos. Esto basta para explicar el paso vacilante, inseguro, poblado de desorientaciones, de marchas adelante y atrás, con las que nuestras letras retomaban el camino.
La poesía mallorquina de posguerra se inaugura realmente con BLAI BONET, nacido en Santanyí en 1926. Se trata de una de las personalidades más inquietantes y profundas –y quizá más complejas– que ha dado nuestra literatura de todos los tiempos. Su revelación en 1950, a través de la pequeña recopilación Cuatro poemas de Semana Santa, produjo una verdadera conmoción. Se habló de una renovación total, integral, de la poesía mallorquina. Y en realidad era así, al menos en el aspecto formal. Blai Bonet estrenaba un lenguaje lírico nuevo, mesell de imágenes deslumbrantes y atrevidas, que encontró a continuación la plenitud de expresión en el libro Entre ei coral y la espiga, aparecido en 1952 con un prólogo de Bernat Vidal. Tanto en este volumen como en los Poemas de Semana Santa se advertía la influencia acusadísima de los poetas castellanos del 27 –Lorca por encima de todo–, junto a algunas reminiscencias de Maragall y Salvat-l'apasseit. No hay duda de que estos rasgos se debían en gran parte a los enseñamientos de Bernat Vidal, cuyo empuje se pone de manifiesto en la obra temprana del poeta, En un aspecto se mantenía esta fiel a la tradición: la preferencia por el tema paisajístico. Blai Bonet cantaba un paisaje delirante, coloreado de sonidos y de perfumes: un mar y un campo humanizados, vivientes, con músculos y sangre y alma. Por este camino llega a escribir versos de belleza inmarcescible, como son los de este poema que, pese al sello lorquiano, expresa con toda pureza la más auténtica personalidad del poeta:
MAR ADOLESCENT
i bellveures vora el mar.
Nacre verd amb ulls de plata,
mar saliner de setze anys.
Aquest noi, com se revincla
per veure l’horta i el camp!
Canaris de llimonera
volen els seus dits de sal.
–Deixau-me saltar l’arena.
Tallau-me els penyals d’aram,
i els pins d’or que sempre canten,
remulls de llum, inclinats...!
Pensar que mai no has de veure,
donzell ardent de pits blaus,
el plor morat de la vinya
ni el pes gloriós del blat!
Mai! Ii va dir. i el seu coll
tenia clavells de sang,
i els muscles, obscurs. bromera
de nenúfars grocs i blancs
portau llimones al mar... !
Sentimiento del paisaje, sin duda; pero estamos afuera de la Escuela mallorquina.” La pulcritud de verso ha sido sustituida por la expresividad de la imagen, y el lenguaje gramática. Pero este desprecio de los valores formales queda compensado con creces por un don excepcional de penetración lírica, una pujanza arrebatada y arrebatadora capaz de crear con un solo verso, con unas palabras, de unas palabras.
Canto espiritual (1953) señalaba el vuelco hacia una poesía más seca y más áspera, atravesada de patética inquietud religiosa, al tiempo que apuntaba la confusión conceptual, el tipo de desequilibrio caótico que caracteriza la obra más reciente de Blai Bonet. Este desequilibrio llega a extremos casi insoportables en Comedia (1961), donde el poeta, acogiéndose en algún aspecto al realismo histórico, intenta la poesía civil de gran soplo: el tema hispánico contemplado desde el ángulo de Cataluña. Pero no nos parece arriesgado afirmar que ha errado el camino de su estrecho, conduciéndolo por rutas que le son vedadas y que no pueden hacer más que deformarlo. En realidad, Blai Bonet es un poeta – un gran poeta – intuitivo, completamente opuesto, por ejemplo, al intelectualismo de un Villangómez. Él mismo debería darse cuenta de que los valores conceptuales de su obra deben permanecer a la fuerza muy por debajo de los estrictamente poéticos, y que son los resplandecientes subitáneos, las fondísimas adivinaciones llenas de violento conocimiento humano, y la desgarradora expresividad de las palabras que irremediablemente les empujan, lo que pesan de sus pesos, lo que pesan de sus pesos línea de pensamiento confusionaria y contradictoria. Es sobre todo al evocar la experiencia vital de la infancia y adolescencia, cuando el poeta encuentra acentos conmovedores. Lo podemos constatar en estas estrofas del Autorretrato incluido en Comedia:
a Santanyí, carrer de Palma, 74.
El meu pare era euguer, i cada nit em duia
una aspra llebre oberta, amb el ventre ple de mata.
Em criaren amarg, com la pols de sivina,
de cap agrest i alt, com el cap duna cabra.
No em marcaren amb cuiro les marcades costelles.
però prest n’engrunaren l’os del front amb paraules.
Jo vaig conèixer abans el pecat que la mar.
Una noia plorà entre el mur d’una casa
i els meus genolls, abans que jo fos un noi alt
que aprèn, sol, el seu cos i l’olorosa gramàtica.
Quan un gall escometé l’aurora de la vida
a dins la meva veu tràgica i emmatada,
un vagó de tercera em porta a un asil negre,
on em dissimularen darrere una sotana.
L’octubre era fondo damunt uns plàtans pàl·lids
com les orelles grogues dels llatinistes d’aigua.
M’acompanyaren Crist, la meva mare, el sac
de roba i un vicari d’alpaca perfumada.
Estos valores líricos son los que hacen de Comedia y de la recopilación inédita ¡Oh Calvary, Calvary!, continuador de la misma línea, dos libros de poesía bellísimos, extraordinarios, a pesar de su fracaso como poemas civiles.
Junto a Blai Bonet y formando con él el frente líder de la joven poesía de 1950, debemos situar a otros dos poetas de acusada personalidad: Llorenç Moya y Jaume Vidal Alcover.
Josep Mª Llompart
de su libro: "La Literatura moderna a les Balears"



n. 
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