27 abril 2026

Robin Hood. Capítulo 3

Robin Hood. Capítulo 3

El pequeño grupo avanzó primero en silencio; el caballero y la joven pensaban todavía en el peligro que habían corrido, y todo un mundo de ideas nuevas se agitaba en la cabeza de nuestro joven arquero: por primera vez admiraba la belleza de una mujer.  

El ingenuo muchacho experimentaba ya los primeros efectos del amor; adoraba sin saberlo la imagen de la bella desconocida que cabalgaba tras él, y olvidaba sus canciones pensando en sus negros ojos. 

Sin embargo, acabó por comprender las causas de su turbación, y se dijo recuperando su sangre fría: 

—Paciencia, pronto la veré sin su capucha. 

El caballero preguntó a Robín sobre sus gustos, sus costumbres y sus ocupaciones con benevolencia, pero Robín le respondió fríamente, y no cambió el tono hasta el momento en que se hirió su amor propio. 

—¿No temiste —dijo el forastero- que aquel miserable «outlaw» intentara vengar en ti su fracaso? ¿No temiste fallar? 

—¡Pardiez!, no, señor, me era imposible experimentar este último temor. 

—¡Imposible! 

—Sí, la costumbre ha hecho que los golpes más difíciles sean para mí un juego. 

Había demasiada buena fe y noble orgullo en las respuestas de Robín para que el forastero se burlara, y prosiguió: 

—¿Serías tan buen tirador como para acertar a cincuenta pasos lo que aciertas a quince? 

—Cuando se presente una ocasión lo veréis.  


El silencio volvió a dominar durante algunos minutos, y el grupo llegó a un gran claro al que el camino cortaba en diagonal. En el mismo momento un ave rapaz tomaba altura, y un cervatillo, asustado por el ruido de los caballos, salía de la espesura y atravesaba la arboleda para alcanzar el otro lado. 

—¡Atención! —gritó Robín sujetando una flecha entre los dientes y colocando una segunda en el arco—, ¿qué preferís, la presa de pluma o la de pelo? Elegid. 

Pero antes de que el caballero hubiese tenido tiempo de responder, el cervato caía herido de muerte, y el pájaro descendía dando vueltas hacia el claro. 

—Ya que no habéis elegido cuando estaban vivos, elegiréis esta noche cuando estén asados. 

—¡Admirable! —exclamó el caballero. 

—¡Maravilloso! —murmuró la joven. 

—Vuestras Señorías no tienen más que seguir derecho el camino, y tras aquel montículo verán la casa de mi padre. ¡Saludos!, tomo la delantera para anunciaros a mi madre y enviar a nuestro anciano criado a recoger la caza. 

Dicho esto, Robín desapareció corriendo. 

—Un noble joven, ¿verdad, Mariana? —dijo el caballero a su acompañante 

—Un muchacho encantador, y el más hermoso guardabosque inglés que yo haya visto jamás. 

—Es muy joven aún —contestó ella. 

—Y probablemente mucho más de lo que podría parecernos por su alta estatura y el vigor de sus miembros. No podéis haceros una idea, Mariana, de lo que favorece el desarrollo de nuestras fuerzas la vida al aire libre y cómo conserva nuestra salud; no ocurre así en la atmósfera asfixiante de las ciudades —añadió el caballero suspirando. 

—Creo, señor Allan Clare —replicó la joven dama con fina sonrisa—, que vuestros suspiros tienen mucho menos que ver con los verdes árboles del bosque de Sherwood que con su encantadora dueña, la noble hija del barón de Nottingham. 

—Tenéis razón, Mariana, hermana querida, y, lo confieso, preferiría, si la elección dependiera de mi voluntad, pasar mis días en estos bosques, viviendo en la choza de un «yeoman» y teniendo como mujer a Christabel, a sentarme en un trono. 

—¡Sss! ahí está la choza —dijo Mariana interrumpiendo a su hermano. 

Una hora más tarde, Gilbert Head volvió a la casa llevando sobre su caballo a un hombre herido que había encontrado en el camino; bajó al extraño con infinitas precauciones del lugar en que venía y le llevó a la sala mientras llamaba a Margarita, ocupada en instalar a los viajeros las habitaciones del primer piso. 

A la voz de Gilbert, Maggie acudió. 


—Mira, mujer, ahí tienes un pobre hombre que necesita tus cuidados. Un gamberro le ha clavado la mano en el arco con una flecha en el momento en que apuntaba a un ciervo. Vamos, buena Maggie, apresurémonos; este hombre está muy debilitado por la pérdida de sangre. ¿Cómo te encuentras, compañero? —añadió el anciano dirigiéndose al herido—. Valor, te curarás. 

Anda, levanta un poco la cabeza y no estés tan abatido; ¡anímate, voto a bríos!, no se muere nadie porque le hayan atravesado la mano. 

El herido, recogido sobre sí mismo y con la cabeza entre los hombros, bajaba la frente y parecía querer ocultar a sus anfitriones su rostro. 

En aquel momento Robín entró en la casa y corrió hacia su padre para ayudarle a sostener al herido, pero apenas puso los ojos en él se alejó he hizo señas al anciano Gilbert indicándole que quería hablarle. 

—Padre —dijo el joven en voz baja—, cuidad de ocultar a los viajeros que están arriba la presencia de este herido en nuestra casa. Más tarde sabréis por qué. Sed prudente. 

El anciano dejó a Robín y fue junto al herido. Un instante después, éste lanzó un prolongado grito de dolor. 

—¡Ah! maese Robín, ya tenemos otra de tus obras maestras —dijo Gilbert corriendo al lado de su hijo y reteniéndole en el preciso momento en que éste iba a transponer el umbral de la puerta. 

—¿Qué pasa? —replicó el joven lleno de respetuosa indignación—. Creéis que… 

—Sí, creo que eres tú quien ha clavado la mano de este hombre al arco; en el bosque no hay nadie más que tú capaz de tal destreza. Mira, el hierro de esta flecha te delata; tiene nuestra marca… ¡Ah! espero que ya no negarás tu falta. 

Y Gilbert le enseñaba el hierro de la flecha que había arrancado de la herida. 

—¡Pues bien!, sí, padre mío, fui yo quien hirió a este hombre —respondió fríamente Robín. 

La expresión del anciano se hizo severa. 

—Es algo horrible y criminal, amigo; ¿no estás avergonzado de haber herido tan peligrosamente, por fanfarronería, a un hombre que no te hacía ningún daño? 

—No siento ni vergüenza ni remordimiento por mi conducta —respondió Robín en tono firme—. La vergüenza y el remordimiento los tiene el que atacaba en la sombra a unos viajeros inofensivos e indefensos. 

—¿Quién es entonces culpable de esta felonía? 

—El hombre que habéis recogido en el bosque. 

Y Robín relató a su padre lo sucedido con todos los detalles.  


—¿Te vio ese miserable? —preguntó Gilbert con inquietud. 

—No, pues huyó enloquecido y creyendo que era cosa del diablo. 

—Perdóname mi injusticia —dijo el anciano estrechando afectuosamente las manos del muchacho—. Creo que la fisonomía de este hombre no me es desconocida —añadió Gilbert tras haber reflexionado un instante. 

La conversación fue interrumpida por la llegada de Allan y Mariana, a los que el dueño de la casa dio cordialmente la bienvenida. 

Por la tarde de ese mismo día, la casa del guardabosque estaba muy animada: Gilbert, Margarita, Lincoln y Robín, sobre todo este último, estaban afectados por el cambio y la agitación que la llegada de estos huéspedes había introducido en su tranquila existencia. Robín no se movía, pero su corazón trabajaba. La visión de la hermosa Mariana despertaba en él sensaciones no conocidas hasta entonces y permanecía inmóvil, sumergido en una muda admiración; enrojecía, palidecía, temblaba, cuando la joven andaba, hablaba o miraba a su alrededor. 

Mientras que Robín, sentado en un rincón de la estancia, adoraba a Mariana en silencio, Allan cumplimentaba y felicitaba al anciano por tener tal hijo; pero Gilbert, que esperaba saber cosas sobre el origen de su hijo en el momento menos pensado, siempre confesaba que el joven no era su hijo y relataba cómo y en qué tiempo un desconocido le había traído al niño. 

Así pues, Allan se enteró con asombro de que Robín no era hijo de Gilbert, y ante la explicación de éste de que el desconocido protector del huérfano llegó probablemente de Huntingdon, pues el «sheriff» de aquel lugar era quien pagaba anualmente la pensión del niño, el caballero respondió: 

—Huntingdon es nuestro lugar de nacimiento, y lo dejamos apenas hace unos días. La historia de Robín, buen guardabosque, podría ser cierta, pero lo dudo. Ningún gentilhombre de Huntingdon murió en Normandía en la época del nacimiento de este niño, y jamás oí decir que un miembro de las nobles familias del condado se casara con una francesa plebeya y pobre. A mi regreso a Huntingdon me informaré minuciosamente y me esforzaré por descubrir a la familia de Robín; mi hermana y yo le debemos la vida, ¡quiera el cielo que lo logremos y le paguemos así la deuda sagrada de un eterno agradecimiento! 

—Nos extraviamos al atravesar el bosque de Sherwood para ir a Nottingham —añadió Allan Clare— y cuento con ponerme nuevamente en camino mañana por la mañana. ¿Querrías ser mi guía, querido Robín? Mi hermana permanecerá aquí confiada a los buenos cuidados de vuestra madre y nosotros volveremos al anochecer. ¿Está lejos de aquí Nottingham? 

—Aproximadamente doce millas —respondió Gilbert—; un buen caballo no tarda ni dos horas en hacer el viaje. 


Llegada la noche y cerradas las puertas, nuestros personajes se sentaron a la mesa e hicieron honor al talento culinario de la buena Margarita. El principal plato era un cuarto de venado asado; maese Robín resplandecía de alegría, él había matado ese cervatillo ¡y ella se dignaba encontrar la carne deliciosa al paladar! 

Repentinamente un silbido prolongado que salía de la habitación ocupada por el enfermo, atrajo las miradas de los comensales hacia la escalera que conducía al piso de arriba, y apenas se desvaneció en el aire el silbido, una respuesta semejante retumbó a cierta distancia, en el bosque. Nuestros seis comensales se estremecieron, uno de los perros guardianes lanzó aullidos de inquietud, y el silencio más absoluto volvió a enseñorearse de los alrededores y del hogar del guarda. 

—Aquí ocurre algo inusitado —dijo Gilbert—, y mucho me extrañaría que no hubiera en el bosque algunos personajes de esos que no sienten el menor escrúpulo en hurgar los bolsillos ajenos. 

—¿Suelen llegar hasta aquí los ladrones? —preguntó Allan. 

—A veces. 

Mariana, al oír estas palabras, tembló de terror y se acercó a Robín involuntariamente. Robín quiso tranquilizarla, pero la emoción le dejó sin voz, y Gilbert, dándose cuenta de los temores de la joven, dijo sonriendo: 

—Tranquilizaos, noble señorita, tenemos a vuestro servicio valerosos corazones y buenos arcos, y si los «outlaws» osan aparecer huirán como lo han hecho tantas veces, sin llevarse como botín otra cosa que una flecha más abajo de sus chaquetas. 

—Gracias —dijo Mariana. 

Robín iba a proseguir con palabras tranquilizadoras cuando se oyó un violento golpe en la puerta exterior de la habitación; el edificio tembló, los perros echados ante el fuego brincaron ladrando, y Gilbert, Allan y Robín se abalanzaron hacia la puerta mientras que Mariana se refugiaba en los brazos de Margarita. 

—¡Hola! —gritó el guarda—. ¿Qué grosero visitante se atreve a destrozar así mi puerta? 

Un segundo golpe aún más violento que el primero fue la respuesta; Gilbert repitió su pregunta, pero los furiosos ladridos de los perros hicieron todo diálogo imposible, sólo a duras penas se oyó al fin una voz sonora dominando el tumulto y pronunciando esta fórmula sacramental: 

—¡Abrid, por el amor de Dios! 

—¿Quién sois? 

—Dos monjes de la orden de san Benito. 

—¿Qué queréis? 

—Abrigo durante la noche y algo de comer; nos hemos extraviado en el bosque y estamos muertos de hambre. 

—Sin embargo, tu voz no es la de un moribundo; ¿cómo quieres que sepa si estás diciendo la verdad? 

—¡Pardiez!, abriendo la puerta y mirándonos —respondió la misma voz en un tono al que la impaciencia hacía menos humilde—. Vamos, obstinado guardabosque, ¿vas a abrirnos? Nuestras piernas se doblan y nuestros estómagos gritan. 

Gilbert consultaba con sus huéspedes y dudaba cuando otra voz, una voz de anciano tímida y suplicante intervino. 

—¡Por el amor de Dios!, abrid, buen guardabosque; os juro por las reliquias de nuestro santo patrón que mi hermano os ha dicho la verdad. 

—Bueno, después de todo —dijo Gilbert de forma que le oyesen fuera- estamos aquí cuatro hombres, y con la ayuda de nuestros perros daremos buena cuenta de esa gente sean quienes sean. Voy a abrir. ¡Robín, Lincoln, sujetad un momento a los perros, los soltaréis si los malhechores nos atacan! 





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