ERNEST HEMINGWAY. Por Quién Doblan las Campanas CAPÍTULO 2
Habían llegado a través de la tupida arboleda hasta la parte alta en la que terminaba el valle, un valle en forma de cubeta, y Jordan sospechó que el campamento debía estar al otro lado de la pared rocosa que se levantaba detrás de los árboles.
Allí estaba efectivamente el campamento, y era de primera. No podía verse hasta que no había uno encima, y desde el aire no podía ser localizado. Nada se podía descubrir desde arriba. Estaba tan bien escondido como una cueva de osos. Y, más o menos, tan mal guardado. Jordan lo observó cuidadosamente a medida que se iban acercando.
Había una gran cueva en la pared rocosa y al pie de la entrada de la cueva vio a un hombre sentado con la espalda apoyada contra la roca y las piernas tendidas en el suelo. El hombre había dejado la carabina apoyada en la pared y estaba cortando un palo con un cuchillo. Al verlos llegar se quedó mirándoles un momento y después continuó con su trabajo.
—¡Hola! —dijo—. ¿Quién viene?
—El viejo y un dinamitero —dijo Pablo, depositando su bulto junto a la entrada de la cueva.
Anselmo se quitó el peso de las espaldas y Jordan se descolgó la carabina y la dejó apoyada contra la roca.
—No deje esto tan cerca de la cueva —dijo el hombre que estaba cortando el palo. Era un gitano de buena presencia, de rostro aceitado y ojos azules que formaban vivo contraste en esa cara oscura—. Hay fuego dentro.
—Levántate y colócalos tú mismo —dijo Pablo—. Póngalos aquí, al pie de este árbol.
El gitano no se movió; pero dijo algo que no se puede escribir, añadiendo:
—Déjalos donde están, y así recibientes; con esto se curarán todos tus males.
—¿Qué está haciendo? —preguntó Jordan, sentándose junto al gitano, que se le mostró. Era una trampa en forma de rectángulo y estaba cortando el larguero.
—Es para los zorros —dijo—. Este palo los mata. Les rompe el espinazo. —Echó un guiño a Jordan—. Vea usted; así. —Hizo funcionar la trampa de modo que el palo se hundiese; después movió la cabeza y abrió los brazos para advertir cómo quedaba el zorro con el espinazo roto. Muy práctico —aseguró.
—Lo único que caza son conejos —dijo Anselmo—. Es gitano. Si caza conejos, dice que son zorros. Si cazara un zorro por casualidad, diría que era un elefante.
—¿Y si cazase un elefante? —preguntó el gitano y, enseñando otra vez su blanca dentadura, dio un guiño a Jordan.
—Dirías que era un tanque —dijo Anselmo.
—Me haré con el tanque —replicó el gitano—; me haré con el tanque, y le podrá dar el nombre que le guste.
—Los gitanos hablan mucho y hacen poco —dijo Anselmo. El gitano golpeó a Jordan y siguió cortando su palo.
Pablo había desaparecido dentro de la cueva y Jordan confió en que habría ido a comer. Sentado en el suelo, junto al gitano, dejaba que el sol de la tarde, colándose a través de las copas de los árboles, le calentara las piernas, que tenía tendidas. De la cueva llegaba olor a comida, olor a cebolla y aceite y carne frita, y su estómago se estremecía de necesidad.
—Podemos atrapar un tanque —le dijo Jordan al gitano—. No es demasiado difícil. —¿Con esto? —preguntó el gitano, señalando los dos bultos.
—Sí —contestó Jordan—. Yo se lo enseñaré. Hay que hacer una trampa, pero no es demasiado difícil.
—¿Usted y yo?
—Claro —dijo Jordan—. ¿Por qué no?
—¡Eh! —le dijo el gitano a Anselmo—. Pon estos dos sacos donde estén a buen recaudo; haz el favor. Tienen mucho valor.
Anselmo resonó:
—Buscaré vino.
Jordan se levantó, apartó los bultos de la entrada de la cueva, dejándoles uno a cada lado del tronco de un árbol. Sabía lo que había y no le gustaba que estuvieran demasiado juntos.
—Lleva un jarrón para mí —dijo el gitano.
—¿Ha venido aquí? —preguntó Jordan, sentándose otra vez junto al gitano.
—¿Vino? Que si lo hay. Una piel llena. Medio piel por lo menos.
—¿Y hay algo que comer?
—Todo lo que quieras, hombre —contestó el gitano—. Aquí vivimos como generales.
—¿Y qué hacen los gitanos en tiempo de guerra? —le preguntó Jordan.
—Siguen siendo gitanos.
—No es mal trabajo.
—Lo mejor de todos —dijo el gitano—. ¿Cómo te llamas?
—Robert. ¿Y tú?
—Rafael. Eso que dices del tanque, ¿es en serio?
—Naturalmente que es en serio. ¿Por qué no lo sería?
Anselmo salió de la cueva con un recipiente de piedra lleno hasta arriba de vino tinto, llevando con una sola mano tres tazas sujetas por las asas.
—Aquí está —dijo—; tienen tazas y todo.
Pablo salió detrás suyo.
—Enseguida viene la comida —anunció—. ¿Tiene tabaco?
Jordan se levantó, se fue hacia los sacos y, abriendo uno, palpó con la mano hasta llegar a un bolsillo interior, de donde sacó una de las cajas metálicas de cigarrillos que los rusos le habían regalado al Cuartel General de Golz. Hizo correr la uña del pulgar por el borde de la tapa y, abriendo la caja, le ofreció a Pau, que cogió media docena de cigarrillos. Sosteniendo los cigarrillos en la palma de una de sus enormes manos, Pablo levantó uno en el aire y lo miró a contraluz. Eran cigarrillos largos y delgados, con filtro de cartón.
—Muy aire y poco tabaco —dijo—. Los conozco. El otro, el del nombre extraño, también lo tenía.
—Kashkin —precisó Jordan y ofreció cigarrillos al gitano y al Anselmo, que tomaron uno cada uno.
—Cojan más —les dijo, y cogieron a otro. Jordan dio cuatro más a cada uno y entonces ellos, con los cigarrillos en la mano, hicieron un saludo, dando las gracias como si esgrimasen un sable.
—Sí —dijo Pablo—, era un nombre muy raro.
—Aquí está el vino —recordó Anselmo.
Metió una de las tazas en el recipiente y se la extendió a Jordan. Luego llenó otra para el gitano y otra más para sí.
-¿No hay vino para mí? —preguntó Pablo.
Anselmo le ofreció su taza y fue a la cueva en busca de otra para él. Al volver se inclinó sobre el recipiente, llenó su taza y brindaron todos entonces entrechocando los bordes.
El vino era bueno; sabía ligeramente a resina, debido a la piel del oro, pero era fresco y excelente en el paladar.
—La comida viene enseguida —insistió Pablo—. ¿cómo murió?
—Lo atraparon y se suicidó.
—¿Cómo ocurrió esto?
—Fue herido y no quiso que le hicieran prisionero.
—Pero ¿cómo fueron los detalles?
—No sé —dijo Jordan, mintiendo.
—Nos pidió que le prometiéramos matarle en caso de que fuera herido, cuando esto del tren, y no pudiera escapar —dijo Pablo—.
«Debía estar entonces muy agitado —pensó Jordan—. ¡Pobre Kashkin!»
—Tenía no sé qué escrúpulo de suicidarse —explicó Pablo—. Me lo dijo así.
—¿Le dijo esto? —preguntó Jordan.
—Sí —confirmó el gitano—.
—Estuvo también en eso del tren, ¿no?
—Sí, todos nosotros estuvimos en lo del tren.
—Hablaba muy rara —insistió Pablo—. Pero era muy valiente.
«¡ Pobre Kashkin!—pensó Jordan— Debería hacer más daño que aquí.
—Era un poco raro —confesó Jordan—.
—Pero era muy listo para hacer explosiones —dijo el gitano—. Y muy valiente.
—Pero algo chiflado —dijo Jordan—. En este asunto hay que tener mucha cabeza y nervios de acero. No hace falta hablar así, como lo hacía él.
—Y usted —dijo Pablo— si cayera herido en lo del puente, ¿le gustaría que lo dejáramos atrás?
—Oiga —dijo Jordan, inclinándose hacia él, mientras metía la taza en el recipiente para servirse de nuevo vino—. Sienta, si tengo que pedir alguna vez un favor a alguien, se lo pediré cuando llegue el momento.
—¡Olé! —dijo el gitano—. Así es como hablan los buenos. ¡Ah! Aquí está la comida.
—Tú ya has comido —dijo Pablo.
—Pero puedo comer otra vez —dijo el gitano—. Mira quien la lleva.
La chica se inclinó por salir de la cueva. Llevaba en la mano una cazuela plana de hierro con dos asas y Robert Jordan vio que volvía la cara, como si se avergüenzara de algo, y enseguida comprendió qué le pasaba. La chica sonrió y dijo: «Hola, camarada», y Jordan contestó: «Salud», y procuró no mirarla con fijeza ni apartar la vista. La chica puso en el suelo la paellera de hierro, delante suyo, y Jordan vio que tenía bonitas manos de piel bronceada. Entonces ella le miró descaradamente y sonrió.
Tenía los dientes blancos, que contrastaban con la piel oscura, y la piel y los ojos eran del mismo color castaño dorado. Tenía hermosas mejillas, ojos alegres y una boca llena, no muy dibujada. El pelo era del mismo castaño dorado que un campo de trigo quemado por el sol del verano, pero lo llevaba tan corto, que hacía pensar en el pelaje de un castor. La muchacha sonrió, mirando a Jordan, y levantó su morena mano para pasársela por la cabeza, intentando alisar el pelo, que volvió a levantarse enseguida. «Tiene una cara bonita —pensó Jordan— y sería muy bonita si no la hubieran rapado.» —Así es como me peino —le dijo la chica a Jordan, y se echó a reír—. Bien, coman ustedes. No se quede mirando. Me cortaron el pelo en Valladolid. Ahora ya me ha crecido.
Se sentó a su lado y se quedó mirándole. Él la miró también. Ella sonrió y cruzó las manos sobre las rodillas. Sus piernas aparecían largas y limpias, sobresaliendo del pantalón de hombre que llevaba, y, mientras ella permanecía así, con las manos cruzadas sobre las rodillas, Jordan vio la forma de sus pequeños senos torneados, bajo la camisa gris. Cada vez que Jordan la miraba sentía que una especie de bola se le formaba en la garganta.
—No tenemos platos —dijo Anselmo—; utilice el cuchillo. —La chica había dejado cuatro tenedores, con las púas hacia abajo, junto a la paellera de hierro.
Comieron todos del mismo plato, sin hablar, según es costumbre en España. La comida consistía en conejo, aliñada con mucha cebolla y pimientos verdes, y había garbanzos en la salsa, oscura, hecha con vino tinto. Estaba muy bien guiso; la carne se desprendía sola de los huesos y la salsa era deliciosa. Jordan se bebió otra taza de vino con la comida. La chica no le sacaba la vista de encima. Todos los demás estaban atentos a la comida.
Jordan va rebaño con un trozo de pan la salsa restante, amontonó cuidadosamente a un lado los huesos del conejo, aprovechó el juego que quedaba en este espacio, limpió el tenedor con otro trozo de pan, limpió también el cuchillo y el galardón, y se comió después el pan que le había servido para limpiarlo. Echándose adelante, se llenó una nueva taza mientras la chica seguía observándole.
Jordan se enderezó, bebió la mitad de la taza y vio que seguía teniendo la bola en la garganta cuando quería hablar a la chica.
—¿Cómo te llamas? —preguntó. Pablo volvió inmediatamente la cara hacia él al oír ese tono de voz. Enseguida se levantó y se fue.
—María, ¿y tú?
-Robert. ¿Hace mucho tiempo que estás por ahí?
—Tres meses.
—¿Tres tablas? —preguntó Jordan, mirando su cabeza, el pelo espeso y corto que ella intentaba aplastar, pasando y repasando su mando, cosa que hacía ahora con cierta dificultad, sin conseguirlo, porque inmediatamente volvía a levantarse el pelo como un campo de blando azotado por el viento en el flanco de una colina.
—Me lo afeitaron —explicó—; me afeitaban la cabeza de vez en cuando en la presa de Valladolid. Me ha costado tres meses que me creciera como ahora. Yo estaba en el tren. Me sacaban para el Sur. Muchos de los detenidos que íbamos al tren que voló, fueron atrapados después de la explosión; pero yo no. Yo me ven con ellos.
—Me la encontré escondida entre las rocas —explicó el gitano—. Estaba cuando íbamos a marchar. Chico, ¡qué fea era! Nos la llevamos con nosotros, pero por el camino pensé varias veces que la abandonaríamos.
—¿Y el otro que estuvo con eso del tren con ellos? —preguntó María—. El otro, el rubio, el extranjero. ¿Dónde está?
—Murión —dijo Jordan—. Murió en abril.
-¿En abril? Lo del tren fue en abril.
—Sí —dijo Jordan—; murió diez días después del tren.
—Pobre —dijo la chica—; era muy valiente. ¿Y tú haces el mismo trabajo?
—Sí.
—¿Has volado trenes también?
—Sí, tres trenes.
—¿Aquí?
—En Extremadura —dijo Jordan—. He estado en Extremadura antes de venir aquí. Hemos hecho mucho en Extremadura. Tenemos mucha gente trabajando en Extremadura.
—¿Y por qué has venido ahora a estas sierras?
—Vengo a sustituir al otro, al rubio. Además conozco esta región antes del Movimiento.
—¿La conoces bien?
—No, no muy bien. Pero aprendo enseguida. Tengo un mapa muy bueno y un buen guía.
—Ah, el viejo —aseveró ella, con la cabeza—; el viejo es muy bueno.
—Gracias —dijo Anselmo, y Jordan se dio cuenta de repente de que la chica y él no estaban solos, y también se dio cuenta de que le resultaba difícil mirarla, porque enseguida cambiaba el tono de la voz. Estaba violando el segundo mandamiento de los dos que rigen cuando se trata con españoles: hay que dar tabaco a los hombres y dejar tranquilas a las mujeres. Pero también vio que nada le importaba. Había muchas cosas que le tenían sin cuidado; ¿Por qué se preocuparía de aquélla?
—Eres muy bonita —le dijo a María—. Me hubiera gustado ver cómo eras antes de que te cortaran el pelo.
—El cabello crecerá —dijo ella—. En seis meses ya lo tendré largo.
—Tenía que haberla visto cuando la llevamos. Era tan fea, que revolvía las tripas.
—¿De quién eres mujer? —preguntó Jordan, queriendo dar a la voz un tono normal—. ¿De Paz?
La chica le miró a los ojos y se echó a reír. Luego le dio un golpe en la rodilla.
—¿De Pablo? ¿Has visto a Pablo?
—Bueno, entonces quizá seas mujer de Rafael. He visto a Rafael.
—No soy de Rafael.
—No es nadie —aclaró el gitano—. Es una mujer muy rara. No es nadie. Pero guisa bien.
—¿De nadie? —preguntó Jordan.
—De nadie. De nadie. Ni en broma ni en serio. Ni de ti tampoco.
—¿No? —preguntó Jordan y vio que la bola volvía a hacerse en la garganta—. Bien, yo no tengo tiempo para mujeres. Ésta es la verdad.
—¿Ni siquiera quince minutos? —le preguntó el gitano irónicamente—. ¿Ni siquiera un cuarto de hora?
Jordan no contestó. Miró a la chica a María y notó que tenía la garganta demasiado oprimida, para intentar aventurarse a hablar.
María le miró y rompió a reír. Luego enrojeció de repente, pero siguió mirándole.
—Te has puesto roja —dijo Jordan—. ¿Te pones roja con frecuencia?
—Nunca.
—Te has vuelto a poner rojo ahora mismo.
—Bueno, me iré a la cueva.
—Quédate aquí, María.
—No —dijo ella, y no volvió a sonreírle—. Me voy ahora mismo a la cueva.
Cogió la paellera de hierro donde habían comido, y los cuatro tenedores.
Se movía con poca traza, como un potro recién nacido, pero con toda la gracia de un animal joven.
—¿Se quedan con las tazas? —preguntó. Jordan la seguía mirando y ella volvió roja.
—No me mires —dijo ella—; no me gusta que me mires así.
—Deja las tazas —dijo el gitano—. Déjalas aquí.
Metió en la barra una taza y se la ofreció a Jordan, que vio cómo la chica bajaba la cabeza para entrar en la cueva, llevando en sus manos la paellera de hierro.
—Gracias —dijo Jordan. Su voz había recuperado el tono normal desde que ella había desaparecido—. Es el último. Ya hemos bebido bastante.
—Acabamos con el barrido —dijo el gitano—; hay más de media piel. Lo llevamos en uno de los caballos.
—Fue el último trabajo de Pau —dijo Anselmo—. Desde entonces no ha hecho nada.
—¿Cuántos son ustedes? —preguntó Jordan.
—Somos siete y dos mujeres.
—¿Dos?
—Sí, la chica y la esposa de Pablo.
—¿Dónde está la mujer de Pablo?
—En la cueva. La chica sabe guisar un poco. Dije que guisaba bien para halagarla. Pero lo único que hace es ayudar a la mujer de Pau.
—¿Y cómo es esa mujer, la mujer de Pablo?
—Una bestia —dijo el gitano sonriendo—. Una verdadera bestia. Si crees que Pablo es feo, deberías ver a su mujer. Pero muy valiente. Mucho más valiente que Pablo. Una bestia.
—Paz era valiente al principio —dijo Anselmo—. Pablo antes era muy valiente.
—Ha muerto más gente que el cólera —dijo el gitano—. Al principio del Movimiento, Pablo mató a más gente que el tifus.
—Pero desde hace tiempo está muy flojo —explicó Anselmo—. Muy flojo. Tiene mucho miedo a morir.
—Será porque ha matado a tanta gente al principio —dijo el gitano filosóficamente—. Pablo ha matado más que la peste.
—Por eso y porque es rico —dijo Anselmo—. Además, bebe mucho. Ahora quisiera retirarse como un matador de bueyes. Pero no puede retirarse.
—Si se va al otro lado de las líneas, le quitarán los caballos y le harán entrar en el ejército —dijo el gitano—. A mí no me gustaría entrar en el ejército.
—A ningún gitano le gusta —dijo Anselmo.
—¿Y por qué nos gustaría? —preguntó el gitano—. ¿Quién es lo que quiere estar en el ejército? ¿Hagamos la revolución para entrar en filas? Me gusta hacer la guerra, pero no en el ejército.
—¿Dónde están los demás? —preguntó Jordan. Se sentía a gusto y con ganas de dormir gracias al vino. Se había tumbado boca arriba, en el suelo, y contemplaba a través de las copas de los árboles las nubes de la tarde moviéndose lentamente en el alto cielo de España.
—Hay dos que están durmiendo en la cueva —dijo el gitano—. Otros dos están de guardia arriba, donde tenemos la máquina. Uno está de guardia abajo; probablemente están todos dormidos.
Jordan se estiró a un lado.
—¿Qué clase de máquina es ésta?
—Tiene un nombre muy raro —dijo el gitano—; se me ha ido de la memoria hace un ratito. Es como una ametralladora.
«Será un fusil ametrallador», pensó Jordan.
—¿Cuánto pesa? —preguntó.
—Un hombre puede llevarla, pero es pesada. Tiene tres pies que se pliegan. La cogimos en la última expedición seria; la última, antes de la del vino.
—¿Cuántos cartuchos tiene?
—Una infinidad —contestó el gitano—. Una caja entera, que pesa lo suyo.
«Serán unos quinientos», pensó Jordan.
—¿Cómo la carga, con cinta o con platos?
—Con unos tachuelas redondas de hierro que se meten por la boca de la máquina.
«Diablo, es una Lewis», pensó Jordan.
—¿Sabe mucho ametralladoras? —le preguntó al viejo.
—Nada —contestó Anselmo—. Nada.
—¿Y tú? —le preguntó al gitano.
—Sé que disparan con mucha rapidez y que se ponen tan calientes que el cañón arde las manos si se toca —respondió el gitano orgullosamente.
—Eso lo sabe todo el mundo —dijo Anselmo con desprecio.
—Quizá lo sepa —dijo el gitano—. Pero me preguntó si sabía algo de la máquina y se lo he dicho. —Después añadió—: Además, en contra de lo que hacen los fusiles corrientes, siguen disparando mientras se aprieta el gatillo.
—Si no se encasquillan, que les falten municiones o que se pongan tan calientes que se fundan —dijo Jordan, en inglés.
—¿Qué dice usted? —preguntó Anselmo.
—Nada —contestó Jordan—. Estaba mirando el futuro en inglés.
—Eso sí es raro —dijo el gitano—. Mirando al futuro en inglés. ¿Sabe usted leer en la palma de su mano?
—No —dijo Roberto, y se sirvió otra taza de vino—. Pero si tú sabes, me gustaría que me leyeras la palma de la mano y me dijeras lo que va a pasar dentro de tres días.
—La mujer de Pablo sabe leer la palma de la mano —dijo el gitano—. Pero tiene un genio tan malo y es tan salvaje, que no sé si querrá hacerlo.
Robert Jordan se sentó y tomó un trago de vino.
—A ver cómo es esa mujer de Pablo —dijo—; si es tan mala como dices, mejor que la conozca lo antes posible.
—Yo no me atrevo a molestarla —dijo Rafael—; me odia a muerte.
—¿Por qué?
—Dice que soy un vago.
—¡Qué injusticia! —comentó Anselmo irónicamente.
-No le gustan los gitanos.
—Es un error —dijo Anselmo.
—Tiene sangre gitana —dijo Rafael—; sabe bien de qué habla —añadió sonriendo—. Pero tiene una lengua que cuece como un látigo. Con la lengua es capaz de quitarte la piel a tiras. Es una salvaje increíble.
—¿Cómo se lleva con la chica, con Maria? —preguntó Jordan.
—Bueno. Quiere la chica. Pero no deja que nadie se le acerque de verdad. —Movió la cabeza y su lengua charló.
—Es muy buena con la chica —dijo Anselmo—. Cuida mucho.
—Cuando cogimos a la chica, cuando lo del tren, era muy extraña —dijo Rafael—; no quería hablar; estaba llorando siempre, y si se la tocaba, se ponía a temblar como un perro mojado. Sólo más tarde empezó a marcharse mejor. Ahora va muy bien. Hace un rato cuando hablaba contigo se ha llevado muy bien. Por nosotros, lo habríamos dejado cuando lo del tren. No valía la pena perder tiempo por algo tan feo y tan triste que no valía nada. Pero la vieja le ató una cuerda alrededor del cuerpo, y cuando la chica decía que no, que no podía andar, la vieja le golpeaba con un extremo de la cuerda para obligarla a seguir adelante. Después, cuando la chica no pudo de verdad caminar por su pie, la vieja se la cargó a sus espaldas. Cuando la vieja no pudo seguir llevándola, fui yo quien tuvo que cargarla. Talábamos por esta montaña entre zarzas y malas hierbas hasta el pecho. Y cuando yo no pude traerla más, Pablo me reemplazó. ¡Pero las cosas que nos tuvo que llamar la vieja para que hiciéramos esto! —movió la cabeza, recordándose—. Es verdad que la chica no pesa, sólo tiene piernas. Es muy ligera de huesos y no pesa mucho. Pero pesaba su fuerte cuando había que llevarla sobre las espaldas, detenerse para disparar y volvírsela después a cargar, y la vieja que golpeaba a Pablo con la cuerda y le llevaba su fusil, y se lo ponía en la mano cuando quería dejar caer a la chica, y le obligaba a cogerla otra vez. sacaba los cartuchos de los bolsillos y cargaba el fusil y seguía llamándolo. Se hizo de noche, y con la oscuridad todo se arregló. Pero fue una suerte de que no tuvieran caballería.
—Debía de ser muy duro lo del tren —dijo Anselmo—. Yo no estuve en el tren —explicó a Jordan—. Estaba la banda de Pablo, la del Sordo, a quien veremos esta noche, y otras dos bandas de estas montañas. Yo me encontraba al otro lado de las líneas.
—Y además estaba el rubio del nombre extraño —dijo el gitano.
—Kashkin.
—Sí, es un nombre que nunca consigo recordar. Nosotros teníamos dos que llevaban ametralladora. Dos que nos había enviado al ejército. No pudieron cargar la ametralladora al final y se perdió. Seguramente no pesaba más que la chica, y si la vieja se hubiera ocupado de ella, habrían llevado la ametralladora. —Movió la cabeza al recordarle, y prosiguió—: En mi vida vi una explosión similar. El tren venía despacio. Se le veía llegar de lejos. Yo estaba tan exaltado, que no podría contarlo. Se vio la humareda y después se escuchó el silbato del silbato. Luego se acercó el tren haciendo chuchu chu-chu, cada vez más fuerte, y después, en el momento de la explosión, las ruedas delanteras de
la máquina se levantaron por los aires y la tierra rugió, y pareció como si se levantara todo en una nube negra, y la locomotora saltó al aire entre la nube negra; las travesías de madera saltaron a los aires como por encanto, y después la máquina quedó tumbada de lado, como un gran animal herido. Y después una explosión de vapor blanco antes de que el barro de la otra explosión hubiera terminado de caer. Entonces la máquina empezó a hacer ta ta ta ta —dijo exaltado, el gitano, agitando los puños cerrados, levantándolos y bajándolos, con los pulgares apoyados en una imaginaria ametralladora—. Ta ta ta —gritó, entusiasmado—. Nunca había visto nada parecido, con los soldados que saltaban del tren y la máquina que los disparaba a quemarropa, y los hombres cayendo; y fue entonces cuando puse la mano en la máquina, y estaba tan excitado, que no me di cuenta de que ardía. Y entonces la vieja me dio una bofetada y me dijo: «Dispara, idiota; dispara, o te aplasto los cerebros.» Entonces yo empecé a disparar, pero me costaba tener la máquina derecha, y los soldados huían a las montañas. Más tarde, cuando bajamos hasta el tren a ver lo que podíamos coger, un oficial, con la pistola en la mano, reunió a la fuerza a sus soldados contra nosotros. El oficial agitaba la pistola y les gritaba que vinieran detrás de nosotros, y nosotros disparamos contra él, pero no le llegamos. Entonces los soldados se echaron al suelo y empezaron a disparar, y el oficial iba de aquí para allá, pero no llegamos a alcanzarlo, y la máquina no podía dispararlo debido a la posición del tren. Este oficial mató a dos de sus hombres, que estaban tumbados en el suelo, y, sin embargo, los demás no querían levantarse, y él gritaba y acabó por hacerlos levantarse, y vinieron corriendo hacia nosotros y hacia el tren. Luego volvieron a estirar y dispararon. Luego escapamos con la máquina, que seguía disparando por encima de nuestras cabezas. Fue entonces cuando me encontré a la chica, que había escapado del tren y se había escondido en las rocas, y se vino con nosotros. Y fueron esos mismos soldados quienes nos persiguieron hasta la noche.
—Debía de ser un duro golpe —dijo Anselmo—. Pero de mucha emoción.
—Es lo único bueno que se ha hecho hasta ahora —dijo una voz grave—. ¿Qué haces, borracho repugnante, hijo de puta gitana? ¿Qué haces?
Robert Jordan vio a una mujer, como de unos cincuenta años, tan mayor como Pau, casi tan ancha como alta; vestía una falda negra de campesina y una blusa del mismo color, con medias negras de lana sobre sus gruesas piernas; llevaba alpargatas y tenía un rostro bronceado que podía servir de modelo para un monumento de granito. La mujer tenía manos grandes, aunque bien formadas, y un cabello negro y espeso, muy rizado, que se sujetaba sobre la nuca con un moño.
—Vamos, contesta —le dijo al gitano, sin darse cuenta de la presencia de los demás—. ¿Qué estabas haciendo?
—Estaba hablando con esos camaradas. Este que ves aquí es un dinamitero.
—Ya lo sé —respondió la mujer de Pablo—. Llégate de aquí y ve a reemplazar a Andreu, que está de guardia arriba.
—Me voy —dijo el gitano—. Me voy. —Se volvió hacia Robert Jordan—. Te veré a la hora de comer.
—Ni lo pienses —dijo la mujer—. Ya has comido tres veces, por la cuenta que llevo. Vete y envíame a Andrés enseguida.
—¡Hola! —le dijo a Robert Jordan, y le estiró la mano, sonriendo—. ¿Cómo van las cosas de la República?
—Bien —contestó Jordan, y volvió el estrecho apretón de manos—. La República y yo vamos bien.
—Me alegro —dijo ella. Lo miraba sin rebozado y Jordan observó que la mujer tenía bellos ojos grises—. ¿Ha venido para volar otro tren?
—No —contestó Jordan, y al momento vio que podría confiar en ella—. He venido para volar un puente.
—No es nada —dijo ella—; un puente no es nada. ¿Cuándo haremos volar otro tren, ahora que tenemos caballos?
—Más tarde. El puente es de gran calado.
—La chica me dijo que su amigo, el que estuvo en el tren con nosotros, ha muerto.
—Así es.
—¡Qué pena! Nunca vi semejante explosión. Era un hombre de mucho talento. Me gustaba mucho. ¿No sería posible volar ahora otro tren? Tenemos muchos hombres en las montañas, demasiado. Ya resulta difícil encontrar comida para todos. Sería mejor que nos fuéramos. Además tenemos caballos.
—Hay que volar un puente.
—¿Dónde está ese puente?
—Muy cerca de aquí.
—Mejor que mejor —dijo la mujer de Pablo—. Volaremos todos los puentes que haya por aquí y nos vamos. Estoy harta de este sitio. Hay aquí demasiada gente. No puede salir nada bueno. Estamos aquí parados, sin hacer nada, y esto es repugnante.
Vio pasar a Pablo entre los árboles.
—Borracho —gritó—. Borracho, condenado borracho. —Se volvió a Jordan jovialmente—: Se ha llevado una bota de vino para beber solo en el bosque —explicó—. Está todo el tiempo bebiendo. Esta vida termina con él. Joven, me alegro mucho de que haya venido —le golpeó en el hombro—. Vamos —dijo—, usted es más fuerte de lo que parece. —Y le pasó la mano por la espalda, palpándole los músculos debajo de la camisa de franela. — Bien, me alegro mucho de que haya venido.
—Le digo lo mismo.
—Nos entenderemos bien —aseguró ella—. Beba un trago.
—Hemos bebido unos cuantos —dijo Jordan—. ¿Quiere beber? —preguntó Jordan.
—No —contestó ella—, hasta la hora de cenar. Me da ardor de estómago. —Después volvió la cabeza y volvió a ver a Pablo. —Borracho —gritó—. Borracho. —Se volvió a Jordan y movió la cabeza. —Era un hombre muy bueno —dijo—; pero ahora está terminado. Y escuche, quiero decirle otra cosa. Sea bueno y muy cariñoso con la chica. Con María. Ha pasado una mala racha. ¿Comprende? —dijo tuteándolo repentinamente.
—Sí, ¿por qué me dice esto?
—Porque vi cómo estaba cuando entró en la cueva, después de haberte visto. Vi que te observaba antes de salir.
—Hemos bromeado un poco.
—Lo ha pasado muy mal —dijo la mujer de Pablo—. Ahora está mejor, y sería conveniente llevársela de aquí.
—Por supuesto; podemos enviarla al otro lado de las líneas con Anselm.
—Anselmo y usted pueden llevarla cuando se acabe esto —dijo dejando momentáneamente el tuteo.
Robert Jordan volvió a oír la opresión en la garganta y su voz se enroncó.
—Podríamos hacerlo —dijo.
La mujer de Pablo le miró y movió la cabeza.
—¡Ay, ay! —dijo—. ¿Son todos los hombres como usted?
—No he dicho nada —contestó él—; y es muy hermosa, como usted sabe.
—No, no es guapa. Pero comienza a serlo; ¿no es esto lo que quiere decir? —preguntó la mujer de Pablo—. Hombres. Es una vergüenza que nosotros, las mujeres, debamos hacerlos. No. ¿No hay casas sostenidas por la República para cuidar a estas chicas?
—Sí —contestó Jordan—. Hay casas muy buenas. En la costa, cerca de Valencia. Y en otros sitios. Cuidarán y enseñarán a cuidar a los niños. En estas casas se encuentran niños de los pueblos evacuados. Y le enseñarán a ella cómo debe cuidarles.
—Eso es lo que quiero para ella —dijo la mujer de Pablo—. Pablo se pone malo nada más verla. Es otra cosa que está terminando con él. Se pone malo cuando la ve. Lo mejor será que se vaya.
—Podemos ocuparnos cuando acabamos con lo otro.
—¿Y lo cuidará si yo se la confío a usted? Le hablo como si le conociera hace mucho tiempo.
—Y es como si fuera así —dijo Jordan—. Cuando la gente se entiende, es como si así fuera.
—Siéntate —dijo la mujer de Pablo—. No le he pedido que me promete nada, porque lo que tenga que pasar, va a pasar. Pero si usted no quiere ocuparse de ello, entonces le pediré que me promete algo.
—¿Por qué no voy a ocuparme?
—No quiero que se vuelva loca cuando se marche. La he tenido loca antes y ya he pasado bastante con ella.
—Me la llevaré conmigo después del puente —dijo Jordan—. Si estamos vivos después del puente, me la llevaré conmigo.
—No me gusta oírle hablar de esa manera. Esta forma de hablar no trae suerte.
—Le he hablado así sólo para hacerle una promesa —dijo Jordan—. No soy pesimista.
—Déjame ver tu mano —dijo la mujer, volviendo otra vez al tuteo.
Jordan extendió la mano y la mujer se la abrió, la retuvo, le pasó el pulgar por la palma con cuidado y se la volvió a encerrar. Se levantó. Jordan también se puso de pie y vio que ella le miraba sin sonreír.
—¿Qué ha visto? —preguntó Jordan—. No creo en estas cosas; no va a asustarme.
—Nada —dijo ella—; no he visto nada.
—Sí, usted ha visto algo, y tengo curiosidad por saberlo. Aunque no creo en estas cosas.
—¿En qué es lo que cree usted?
—En muchas cosas, pero no en eso.
—¿En qué?
—En mi trabajo.
—Ya lo he visto.
—Dígame qué ha visto.
—No he visto nada —dijo ella agriamente—. El puente es muy difícil, ¿no es así?
—No, yo sólo dije que es muy importante.
—Pero puede resultar difícil.
—Sí. Y ahora tendré que ir abajo a estudiarlo. ¿Cuántos hombres tienen aquí?
—Hay cinco que valgan la pena. El gitano no vale nada, aunque sus intenciones son buenas. Tiene un buen corazón. A Pablo no confío.
—¿Cuántos hombres tiene el Sordo que valgan la pena?
—Quizá tenga ocho. Veremos esta noche el Sordo. Vendrá por ahí. Es un hombre muy listo. Tiene también algo de dinamita. No mucho. Hablará con él.
—¿Ha enviado a buscarlo?
—Viene todas las noches. Es vecino nuestro. Es un buen amigo y camarada.
—¿Qué piensa usted?
—Es un hombre bueno. Muy listo. En el asunto del tren estuvo enorme.
—¿Y los de las demás bandas?
—Avisándoles con tiempo, podríamos reunir cincuenta fusiles de cierta confianza.
—¿De qué confianza?
—Depende de la gravedad de la situación.
—¿Cuántos cartuchos por cada fusil?
—Unos veinte. Depende de quienes quieran llevar para el trabajo. Si es que quieren venir para ese trabajo. Recuerde que en el puente no hay dinero ni botín y que, por la forma en que habla usted, es un asunto peligroso, y que después tendremos que irnos de estas montañas. Muchos se opondrán a esto del puente.
—Lo creo.
—Así es que lo mejor será no hablar más que cuando sea necesario.
—Estoy completamente de acuerdo.
—Cuando hayas estudiado lo del puente —dijo ella volviendo a frotar el tuteo—, hablaremos esta noche con el Sordo.
—A ver el puente con Anselmo.
—Despierte —dijo—. ¿Quiere una carabina?
—Gracias —contestó Jordan—. No es malo llevarla; pero, sin embargo, no la utilizaría. Sólo voy a ver; no a perturbar. Gracias por haberme dicho lo que me ha dicho. Me gusta mucho la forma de hablar.
—He querido hablar francamente.
—Entonces dígame lo que vio en mi mano.
—No —dijo ella, y movió la cabeza—. No he visto nada. Vete ahora a tu puente. Yo cuidaré de tu equipo.
—Tápalo con algo y procure que nadie lo toque. Es mejor aquí que dentro de la cueva.
—Lo taparé, y nadie se atreverá a tocarlo —dijo la mujer de Pablo—. Vete ahora a tu puente.
—Anselmo —dijo Jordan, apoyando una mano en el hombro del viejo, que estaba tumbado, durmiendo, con la cabeza oculta entre los brazos.
El viejo abrió los ojos.
—Sí —dijo—; por supuesto. Vamos.
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