15 noviembre 2024

Sobrevivir 9: ¿Pueden los animales cometer suicidio?

El 14 de diciembre de 1978, en las proximidades de la ciudad noritaliana de Reggio Emilia, se dio parte del «suicidio colectivo» de doscientas ovejas. Por razones que no pudieron ser puestas en claro, los animales salieron corriendo como si obedecieran a una misteriosa voz de mando y abandonaron la seguridad del prado en que pacían, para arrojarse a las aguas del río Crostoloque bajaban crecidas por las lluvias pasadas, y hallaron en ellas la muerte.


Algo semejante sucedió anteriormente, el 17 de mayo de 1965. En· esa ocasión fueron nada menos que quinientas ovejas las que en Chur (Suiza) dejaron el prado y se arrojaron a las aguas del Rin, también crecidas, y se ahogaron sin excepción.

A más de un millón asciende la cifra de los animales que, voluntariamente, buscaron la muerte en los meses de noviembre y diciembre de 1976 en las costas norteamericanas del Atlántico, en Cape Cold, cerca de Boston. Díatras día, la playa apareció llena de cadáveres de calamares de un tamaño de 30 centímetros.



La mayor parte de esos cefalópodos vivían algún tiempo más sobre la arena y, con lentos movimientos de sus tentáculos, se alejaban del agua en dirección a las dunas del interior de la playa. Allí se reunieron algunos amigos de los animales que, movidos por la compasión y con él lógico deseo de salvarlos, los cogieron y los volvieron a meter eh el agua. Pero, al encontrarse de nuevo en su elemento, volvían a tomar el rumbo de la playa y salían del mar, una vez más, en busca de la muerte.

Algunos zoólogos suponen que las aguas del mar, contaminadas por los vertidos de las industrias, impulsaron a esos animales a escapar del agua a millones, en busca de su propia muerte.

En la mañana del 8 de enero de 1979, los pescadores de la pequeña ciudad pesquera de Mulege, en la costa del golfo de la península mexicana de la Baja California, se quedaron con la boca abierta por la sorpresa. En su playa había nada. menos que cincuenta y seis cachalotes. Aquellos gigantescos «Moby Dick», de hasta veinte metros de largo y cincuenta toneladas de peso, se habían colocado en la playa uno al lado de otro. Parecía casi increible que aquellos mamíferos marinos, a los que se considera muy inteligentes, hubieran hecho lo que hicieron sin querer y se lanzaran inconscientemente, como gigantescos torpedos, hasta quedar varados en la playa.


Nada menos que ciento cincuenta ballenas, orcas y delfines, montañas de carne de hasta nueve metros de longitud, vararon el 14 de enero de 1970 en la costa de Florida. También allí se reprodujo la escena: amigos de los animales trataron de ayudar a regresar al agua a los que todavía no habían muerto, remolcándolos con lanchas. Pero en cuanto las orcas se hallaron de nuevo en el agua, volvieron a la playa en busca de una muerte cierta. ¿Se trataba de un suicidio colectivo de aquellos gigantes del mar?

¿Nos muestran estos ejemplos una real analogía con los casos, igualmente incomprensibles, «de suicidio colectivo» humano, como ocurrió en otoño de 1.978 con la secta de John, en Guayana? En esa ocasión novecientos miembros de la secta se suicidaron mediante veneno.

Cuando vemos que millones de leminges en grandes columnas se lanzan a las aguas heladas del Ártico; cuando un enjambre de millones de langostas sale. de las costas africanas y se aleja sobre el Atlántico, donde acaba ahogándose;cuando decenas de miles de impalas emprenden su tétrica marcha funeraria en el desierto, o cuando un simple perro, solitario e individual, se niega a comer después de la muerte de su dueño y acaba muriendo también él, ¿se trata de auténticos casos de suicidio?

· ¿Podemos sacar consecuencias del aparente paralelismo entre el terrorífico auge de suicidios humanos, en las grandes ciudades sobre todo, y la cifra creciente de esos, enigmáticos «suicidios» de los animales en un medio ambiente excesivamente afectado por la civilización?

Desde hace mucho tiempo tenemos informes, de los cazadores de alta montaña, que se refieren a la actitud de las cabras monteses de los Alpes. Cuando esos animales se ven perseguidos por los cazadores y llegan hasta el borde de un precipicio, prefieren arrojarse al abismo y suicidarse antes de caer en manos de sus perseguidores.

En este caso, parece existir una explicación más clara que la del suicidio:

el miedo que los cazadores causan a la cabra montés es mayor que la incertidumbre del salto en el vacío.


Pero ¿es qué no son muchos los suicidas humanos que eligen el camino sin regreso, precisamente porque tienen más temor a la vida en la tierra que a la del más allá? Quizá aquí se encierre el contenido de la famosa cuestión del príncipe Hamlet: "Ser o no ser..."

¿No se produce en el hombre una auténtica perversión del instinto del miedo al enfrentarse con sus impresiones de pánico, con un temor exagerado al fin del mundo, o a su ruina económica o social, a un amor desgraciado, a la perspectiva de una riña paterna, de un suspenso en los exámenes o a sus continuos fracasos en el trabajo?

Se trata de una perversión peligrosa que conduce a una falsa perspectiva

en la que los suicidas prefieren una muerte segura e inapelable a seguir viviendo, pese a que la vida podría ofrecerles la posibilidad de resolver sus problemas.

Precisamente por esa razón me parece dudoso que la cabra montés, en el momento justo en que va a lanzarse al abismo, tenga conciencia de lo que va a hacer. Actúa a impulso del terror y no tiene la menor idea de lo que significa la muerte. Y una plena conciencia y conocimiento de la muerte es lo que determina si puede hablarse o no de un auténtico caso de suicidio.

Muchos de los hombres que se suicidan saben exactamente lo que van a

hacer. Sus motivos son: depresiones profundas, justificadas o no; discrepancias, que consideran insalvables, entre sus ambiciones y la realidad; pérdida de los lazos que lo unen, como individuo, a la comunidad y la soledad consecuente a ello; una enfermedad psíquica; cierta nostalgia por la posible salvación tras la muerte; la esperanza de una vida mejor en "la otra vida", etc.

¿Se puede encontrar siquiera uno de estos motivos entre los demás suicidas -no humanos- del reino animal? Ciertamente hay animales que no quieren seguir viviendo. El doctor Erich Baeumer, miembro  recientemente fallecido del Instituto Max Planck de Etología, informó de la tragedia sufrida por su gallo Audax tras el día en que fue vencido en una pelea por su propio hijo.


Cacareando como una gallina, se refugió en el rincón más oscuro y apartado.

Fue perdiendo el brillo y la belleza de su plumaje; adelgazó y pronto tuvo un aspecto miserable y sucio. El stress se adueñó de él. Dos semanas más tarde murió sin causa aparente.

Si un mirlo pierde el dominio de su territorio en el jardín y su hembra ante un rival mejor dotado y después fallece de abatimiento; si un ganso gris pierde a su compañera y muere; si un perro, dependiente de su dueño, se deja morir de hambre tras la muerte de éste... En cada caso, las penas y las preocupaciones afectaron psíquicamente al animal con tanta profundidad que no le quedaron fuerzas para continuar viviendo.

Aquí existe un paralelismo con esas personas mayores dignas de compasión, divorciadas o viudas, que en medio de la muchedumbre que puebla una gran ciudad se encuentran totalmente solas y abandonadas. Es en estos círculos donde se da el mayor número de auténticos suicidas.

Pero los animales que sufren de esa misma tristeza y abandono mueren lentamente. Nunca un perro deprimido se arroja, conscientemente, delante de un automóvil en marcha. Jamás un gallo cansado de vivir se acerca al perro furioso, encadenado, y se ofrece a él como víctima voluntaria. En el momento decisivo, el miedo natural de cada criatura ante el peligro es mayor que su depresión psíquica. Esto es lo que diferencia a los animales del hombre.

Puede ocurrir que un conejo de campo, que ha perdido todo su impulso vital, deje de prestar atención a la presencia del zorro, que no emplee toda su energía en la fuga y sea devorado por él. Es más: Podemos asegurar que ésa es la causa principal de la muerte de casi todos los animales. Esa actitud puede calificarse como una degradación de sus autodefensas, pero en ningún caso como suicidio.

Otra cosa muy distinta es el autosacrificio. Muchas madres, dentro del reino animal, están dispuestas a sacrificar sus vidas en defensa de sus hijos.

Ante sus poderosos enemigos, frente a los cuales normalmente se asustan y emprenden la fuga, si ven amenazados a sus hijos les hacen frente y luchan, aun a sabiendas de que eso puede costarles la vida.

Una gata con crías si ve que un gran perro se aproxima a su camada, se lanzará contra él, con la rapidez del rayo y transformará su trasero en una pelota informe de piel y sangre aun antes de que el perro se dé cuenta de lo que le ha pasado.


Un avefría, pese a su pequeñez, se pondrá con las alas abiertas frente a todo un rebañp de ovejas, a sus ojos algo así como monstruos gigantescos, si ve que se dirigen a su nido. Representa un espectáculo tan frenético y da muestras de estar tan decidida a seguir allí y ser atropellada antes que dejar el terreno, que las ovejas ceden y se desvían de su camino. Resulta sorprendente hasta qué extremo sus gestos de gran decisión son respetados por los animales. En ese hecho radica el valor que para la supervivencia tiene la disposición al autosacrificio.

En ocasiones, las cosas pueden adquirir peor aspecto. En Alaska fueron observados cuatro osos grises que se aproximaban a una cueva en la roca, ciertamente sin saber que allí una loba acababa de parir cuatro lobeznos.

Los padres de la pareja y otros dos miembros de la manada se aprestaron a defender la guarida. Cuatro animales del tamaño de un pequeño perro lobo dispuestos a enfrentarse a cuatro atletas de 2,50 metros de estatura y trescientos kilos de peso. La lucha duró tres horas, al cabo de las cuales los osos tuvieron que abandonar el terreno, ensangrentados y cojeando.

El lobo jefe de la manada, el padre de los cuatro lobez.nos, estaba tan gravemente herido que murió esa misma tarde. Pero sus hijos se salvaron y sobrevivieron. Consecuentemente, su sacrificio no fue inútil.

El vencejo común es igualmente decidido y valiente en defensa de sus polluelos. Pese a que estas aves llevan mucho tiempo viviendo en nuestras ciudades, y al parecer se encuentran a gusto en ellas, no dejan que el hombre se tome confianzas con ellas y son muy tímidas y escurridizas. Sin embargo en el último día que están echadas sobre los huevos, esperando que nazcan los polluelos, uno puede acariciarlos con las manos sin que escapen.

Esto es algo que los amigos de los animales interpretan erróneamente.

No se trata de que el vencejo, de repente, se haya transformado en un pájaro social y confiado. Lo que para nosotros es una caricia, puesto que la hacemos con esa intención, no es para ellos una señal de cariño o amistad. Por el contrario: la toman como una amenaza directa y si no escapan es porque están dispuestos a sacrificarse por sus polluelos. Y se dejarían devorar por un gato hambriento si supiesen que con ello «salvaban a sus hijos», que serían criados hasta la edad de dejar el nido por el cónyuge superviviente.

Lo mismo que los muchos animales que defienden a sus hijos con riesgo

de su vida, actúan los jefes de los grupos animales en defensa de sus congéneres puestos bajo su protección, aunque eso signifique para ellos, en algunos casos, el autosacrificio. Puedo citar el ejemplo del jefe de un rebaño de cebras de la estepa que defendió a sus compañeras con la bravura de un león y se

atrevió a luchar contra una manada de hienas que atacaron su harén. En otra ocasión, el jefe de una horda de babuinos se lanzó a atacar a un leopardo para defender a los componentes de su rebaño.

Estos ejemplos de la predisposición de algunos animales al sacrificio en

defensa de su especie, no tienen nada que ver con el suicidio. La decisión de luchar hasta el autosacrificio no nace del cansancio de la vida; de la soledad, de un masoquismo llevado al extremo, ni de ningún tipo de trastorno psíquico.

Por el contrario; es algo que se ofrece al servicio de la vida, quizá no de la vida individual pero sí, desde luego, de la vida de los hijos y de la supervivencia de la comunidad.

Los pilotos kamikaze japoneses que en el transcurso de la segunda guerra mundial se lanzaban suicidamente con su avión cargado de bombas sobre los buques de la flota norteamericana, eran considerados de antemano héroes y reverenciados como tales. En este caso es fácil que se confunda y se combinen -en juego diabólico- el motivo básico que impulsa al piloto al sacrificio por la patria con una autosugestión colectiva.

Fue nada menos que Friedrich Nietzsche quien supo valorizar el suicidio del individuo, realizado por motivos puramente egoístas y alabó «la muerte libremente elegida, que no llega deslizándose subrepticiamente, sino que se presenta porque yo lo quiero» y es muestra de un «alma heroica».


Un análisis básico de este comportamiento nos descubre una confusión lógica y peligrosa, aun cuando típica, entre el deber individual y el autosacrificio.

Esto es algo corriente en quienes, en esta moderna sociedad masiva, han perdido su sentido de identidad individual y su libertad espiritual y, por esa razón, ven en el suicidio la única y última posibilidad de ser libres. Es una especie de autorrealización dominante, propia de un alma conturbada por las exigencias radicales del comportamiento social, para ella irrealizables.

En términos generales, esa tendencia se presenta también en el reino animal. En los zoológicos mal organizados y peor dirigidos, en los cuales los aninlales son encerrados en jaulas demasiado pequeñas y en los cuales las crías crecen en circunstancias extremadamente antinaturales o en celdas aisladas, no queda otro remedio que clasificar a esas criaturas como víctimas de trastornos psíquicos de alto grado.


Se da el caso de que monos, osos, avestruces, papagayos y otros animales se atacan a sí mismos. No llegan al suicidio, pero sí a la automutilación. Se arañan, se muerden, se golpean de manera terrible, siempre en el mismo lugar del cuerpo, con una teoría estereotipada de movimientos enfermizos. Se arrancan la piel o las plumas. Ni el dolor más agudo ni la ·hemorragia continuada les hace cesar en su tormento y siguen autolesionándose ininterrumpidamente.

Esos animales pueden considerarse como el equivalente al suicida humano, en el ámbito de un medio alterado. Pero no tienen nada que ver con el lobo, anteriormente mencionado, que en lucha heroica da su vida por salvar la de su hijo.

Otro motivo a tener en cuenta es la venganza. Una rata que es cercada en un rincón por un perro de caza, sabe que no tiene escape y, al ver su muerte próxima, salta al cuello de su enemigo con un chillido horripilante. Con ello no hace más que precipitar su muerte, que hubiera tardado más en llegar si se sometiese pacientemente a su destino.

Sólo animales muy agresivos se comportan de ese modo. La mayor parte actúan pasivamente y se dejan matar como el cordero en el matadero.

Cuando consideramos cuántos seres humanos se dejan conducir al patíbulo, apáticos y sin resistencia, cuántos cientos de hombres han entrado en la cámara de gas sin rebelarse, hemos de llegar a la conclusión de que la mayor parte de nosotros pertenece a ese tipo de chivos expiatorios, de corderos del sacrificio. Las excepciones son pocas: Sansón, que prefirió que sobre él se derrumbara el templo antes de ser ejecutado y murió entre sus ruinas -cosa que ya entraba en sus cálculos-, pudo cumplir su venganza y morir matando. Pero, al mismo tiempo, nos ofreció un testimonio de suicidio intencionado. «llevándose con él al infierno a sus verdugos».

Sin embargo, en el puro sentido de la palabra, no se puede calificar de suicida a la rata que se lanza a la garganta del perro, despreciando su muerte.

Se deja arrastrar a un último acto desesperado y para ella el resultado, sea el que sea, no significa un suicidio consciente.

Un fenómeno de tipo distinto es el suicidio colectivo que hemos descrito al principio de este capítulo y que de modo tan terrible llevan a cabo algunas especies animales.

De manera exacta, hasta ahora sólo han podido ser aclarados muy pocos casos: por ejemplo el de las quinientas ovejas que en Chur (Suiza) dejaron su verde prado para precipitarse en las turbulentas aguas del Rin. Unos paseantes que, teniendo en cuenta la tranquilidad con que pacía el rebaño, no sujetaron a sus perros pastores, provocaron la catástrofe. Los perros corrieron hacia el rebaño, de modo casual y desafortunado, atacaron al jefe del rebaño y provocaron el pánico.

Es de sobra conocido que los componentes de un rebaño de ovejas siguen a su jefe doquiera que vaya, confirmando así el famoso proverbio. Esa conducta instintiva no tiene nada que ver con los sentidos, la razón, el valor o el miedo. «¡Caudillo, ordena, nosotros te seguimos!», fue en otros tiempos el compromiso aceptado (Por cierto tipo de hombres. Y de ese mismo" modo, la ciega obediencia a su Führer ·condujo a las ovejas a su propia muerte.

Los leminges y los grandes enjambres de langostas no tienen caudillos.

Viven en el anonimato de la muchedumbre. Pero en casos de superpoblación surge en ellos un impulso psicopático instintivo migratorio. Las filas y filas de millones y millones de animales deben partir, separarse del grupo original, para buscar nuevos espacios vitales.

La dirección en la que esos animales caminan en busca de su futuro, es algo así como el juego del bingo del destino. En los saltamontes o langostas es el viento quien lo determina. La langosta vuela a favor del viento y no en contra. Si por casualidad el viento sopla del Sabara hacia el Atlántico, eso puede significar la muerte de todo el grupo. Si entre África y América realmente existiera el continente de la Atlántida, el enjambre tendría suerte pues se posaría en él y se convertiría en uno más de sus. habitantes fijos.

Los leminges, que viven en la ladera del monte y tratan de trasladarse «a la tierra de promisión», al principio corren ladera abajo y mantienen la dirección inicial con tozudez aun cuando, poco después, se vean obligados a trepar colina arriba, a cruzar un río, a atravesar a nado un fiordo o dejar atrás una ciudad. Eso tiene una explicación de sentido común: evitar que los animales en su carrera no hagan otra cosa que correr en círculo, pasando una y otra vez por los mismos lugares. Con frecuencia esta conducta, tan terca, los lleva a descubrir nuevos espacios vitales en los que asentarse. Otros tienen peor suerte, llegan a las costas marinas, continúan corriendo como locos y se precipitan en las aguas. ¡En ese caso están perdidos!

Pero dentro de estos grandes logros de la creación, tanto en el caso de los leminges como en el de las langostas, hay un fallo, al que como máximo podríamos calificar de desgracia, pero que, en ningún caso, se trata de un suicidio colectivo.

Por otra parte, ese instinto de los leminges que los lleva a avanzar siempre en línea recta -hasta alcanzar una nueva «tierra de promisión» o ahogarse en el mar- es imposible que dominara a todas las ballenas, cachalotes y delfines que se precipitaron en las arenas de las playas en busca de su muerte. ¿Lo hicieron voluntariamente?

Algunos zoólogos han sospechado la posibilidad de que ciertos parásitos anidaran en el oído medio de los cetáceos y provocaran alteraciones en su sentido de orientación y del equilibrio.

Mas ¿es posible que todos esos animales que buscaron en la playa su cementerio fueran atacados simultáneamente por los mismos parásitos, después de tantos años sin que ocurriera algo similar? Aun en el caso de que su receptor horizontal de ecos, por error, les informara de la existencia de «mar profunda» en vez de avisarles la llegada a la playa, ¿es que las ballenas y cachalotes no tienen ojos en la cara? ¿No se dieron cuenta de que tocaban tierra?

¿Por qué razón esos animales a los que se considera altamente inteligentes continuaron, tozudamente, volviendo a la tierra cuando se los sacó de la playa y se los devolvió al mar?

¿Es posible, también, que sea solamente uno de los cetáceos, el jefe de la manada, el que pierde la razón, o enferma, y cae presa del pánico (¿asustado quizá por una raya gigante?), o trata, él solo, de suicidarse y los demás lo siguen como las célebres ovejas del Rin? ¿Nos enfrentamos aquí con un impulso semejante como el que llevaba la esposa de un hindú a entrar con su marido muerto en la pira funeraria? El que un grupo animal pueda ser arrastrado por su jefe a un estado de locura es un hecho conocido, pero que yo no quiero sacar a relucir aquí, en una fase tan hipotética del conocimiento ni exponerla con más detalle. Con ello reduciríamos el fenómeno a las intenciones suicidas de un individuo y seguiríamos tan ignorantes como antes. 

Una de las condiciones previas del suicidio, como ya hemos expuesto, es que el suicida sepa, exactamente, lo que está haciendo y se dé cuenta de

qué significa la muerte. Algo muy distinto al miedo. ¿Puede un animal llegar a un conocimiento psíquico lo suficientemente amplio como para comprender lo que es el suicidio?

El investigador norteamericano doctor A. R. Butler llevó a cabo, hace unos años, un experimento cruel y repugnante. Le cortó a. un macaco la cabeza, colgó el cuerpo en las rejas de la jaula, erguido como si estuviera vivo, y le colocó la cabeza entre las manos cruzadas sobre el estómago. ¿Cómo reaccionaron los demás monos?

A una pregunta concisa, una respuesta clara. ¡No reaccionaron en absoluto! El macabro espectáculo no pareció afectarlos en lo más mínimo, no hubo ninguna reacción de miedo, ni temor, ni compasión, ni pena por la muerte del camarada de juegos.

Casi todos los demás animales reaccionan del mismo modo. Un gallo decapitado no causa mayor impresión en una gallina que si fuera una piedra.

Un perro muerto es olido un momento por sus antiguos amigos y compañeros, o enemigos, y después abandonado sin que los demás congéneres den la menor muestra de tristeza o expresen algún otro sentimiento.

En los chimpancés las cosas son distintas. El zoólogo especializado en primates doctor Aadrian Kortlandt observó varias veces, en las selvas tropicales de África, que estos antropoides daban muestras qe sorpresa en el primer momento en que se encontraban con un compañero muerto y, seguidamentede una pena profunda. Basta con dejar una pierna o un brazo de un chimpancé sobre uno de los senderos de la selva transitados por estos monos para que el que lo descubre se marche de allí precipitadamente.

Aadrian Kortland informó: «Con las primeras horas de la mañana del siguiente día, la horda de chimpancés regresó junto al cadáver expuesto de su congénere. En un silencio mortal se reunieron formando un amplio círculo alrededor. Lentamente, algunos de los chimpancés se atrevieron a avanzar un poco. Finalmente, una madre -con su bebé colgado del vientre- abandonó el círculo silencioso y se adelantó aún más. Con precaución se aproximó al muerto y lo olió; después se volvió hacia los congregados y agitó la cabeza con desaliento. A continuación cada uno de los monos continuó su camino en silencio. Sólo uno de ellos, enfermo de poliomielitis (estos antropoides padecen también de parálisis infantil), se quedó un rato más junto al muerto, sin dejar de mirarlo. Era como si no fuera capaz de despedirse del difunto, como si no pudiera apartar la mirada de su rostro. ¿Presentía que la muerte le estaba próxima? 

Finalmente, él también se puso en camino. Se hizo el silencio. Durante la

mañana no oímos a un solo chimpancé, coino tampoco durante el resto del día.

El hecho que despertó en mí mayor interés fue aquel movimiento de cabeza de la chimpancé hembra al descubrir que su congénere estaba muerto. No podemos saber qué quería comunicar con ese gesto a los silenciosos espectadores del drama. Quizá algo así como: "No, desgraciadamente no vive". O es posible que significara: "No es uno de los nuestros." No lo sabremos nunca. Como tampoco el origen de ese estado de ánimo tétrico, auténticamente

funerario, que se apoderó de la horda. ¡Qué universo tan sorprendente e inesperado se oculta tras los rostros enigmáticos de los chimpancés!

Por lo que hasta ahora sabemos, junto a los chimpancés tan sólo los elefantes se dejan afectar sentimentalmente por la muerte de uno de los suyos.

Si en una manada de hembras muere una de ellas, a causa de la vejez

o una enfermedad inesperada, Ocurre que el cadáver es protegido, durante tres días, por los demás miembros del rebaño, contra las hienas, los chacales y los buitres e, incluso, llegan a cubrirlo con ramas, hojas y hierbajos. Una elefante cuyo bebé murió, lo llevó consigo muchos días, transportándolo con sus colmillos dondequiera que fuera.

George Adamson nos informa del caso de un elefante, herido de muerte por un agricultor cuyos campos eran devastados por la manada. Después que los trabajadores indígenas de la plantación tomaron la carne del animal, los huesos fueron arrojados a un muladar, situado a casi un kilómetro de distancia.

A la noche siguiente se presentaron los elefantes de la manada del muerto, dieron con el muladar, sin necesidad de buscar mucho, y con verdadero respeto tomaron los huesos con sus colmillos, que agitaban como en un conjuro fantasmagórico y, en ceremoniosa procesión, los trasladaron al sitio en el que murió unos días antes. ¡Como si el lugar de la muerte de su camarada tuviera para ellos un profundo significado!

Por una parte causaban la impresión de que no podían alejarse, sin más

ni más, de aquel escenario de un suceso para ellos trágico; por la otra, como si los supervivientes tuvieran que prestarse mutua ayuda contra la crueldad de la muerte.

Eso es lo que diferencia a los elefantes y a los chimpancés de los demás animales, que sólo tienen reacciones de temor automáticas e instintivas frente a los agentes que las provocan. Y precisamente son esos sentimientos los que en el alma de un ser vivo pueden despertar el deseo de la muerte y llevar a casos que podríamos calificar de auténticos suicidios.

Si este principio de consciencia de lo que es la muerte es suficiente para impulsar a un elefante o a un chimpancé al suicidio, es algo que no estamos en condiciones de afirmar todavía. Lo cierto es que hasta ahora no ha podido ser observado ni un solo caso que confirme esa posibilidad.

Hay otra especie animal que deberíamos incluir igualmente en la lista de los posibles suicidas animales: el delfín, cuya inteligencia se ha convertido ya en algo legendario que es posible supere a la del chimpancé y, desde luego, es superior a la del elefante.


En agosto de 1976 ocurrió lo siguiente en el Aquario Delfini, de la ciudad balneario italiana de Riccione. Al término de la alta temporada, la dirección decidió vender el delfín macho Speedy-Pele a otro zoológico, en contra de la opinión de la domadora, Linda Sodini. Hacía ya mucho tiempo que Speedy-Pele era el compañero del delfín hembra Mary «La separación -comentó Linda Sodini posteriormente- destrozó el corazón de Mary.»

En efecto, lo que Mary hizo a continuación puede ser calificado de auténtico suicidio. Ha sido el primer caso indiscutible de suicidio observado en el reino animal.

Tras· la separación, Mary estuvo quejándose a gritos durante varios días.

Se pasaba el tiempo dando grandes saltos en el aire, desde su estanque, posiblemente en un intento de descubrir si Speedy-Pele se encontraba en otro de los varios estanques próximos que existían en la instalación. Después pareció perder toda esperanza y, de repente, tomó carrerilla dentro del estanque y, nadando a toda velocidad, fue a estrellarse de cabeza contra una de las paredes de la piscina. El choque debió de resultar terriblemente doloroso, pero la delfín lo repitió una y otra vez hasta que acabó por romperse el cuello al golpear contra la pared y se hundió, muerta, en el fondo de la piscina.


Puedes ver todos los capíyulos de esta serie:

https://arcoatlantico.blogspot.com/search/label/Sobrevivir

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